Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Tres días después de la aparición de Elías)
La llegada de Elías había dividido a los seguidores de Jesua como un cuchillo afilado corta un tejido tenso.
Lo que había sido una comunidad unida por el dolor y la esperanza, por la fe y el amor, ahora se estaba desgarrando en dos facciones irreconciliables. Los que creían que Elías era el profeta anunciado por Jesua, el que prepararía el camino para el verdadero mesías, se reunían en torno a él con devoción absoluta. Los que creían que era un impostor, un engañador que estaba explotando el nombre de Jesua para su propio beneficio, lo rechazaban con la misma vehemencia.
Y en el medio, Pablo intentaba mantener la unidad, intentaba encontrar un camino que no llevara a la destrucción, intentaba ser el líder que todos necesitaban que fuera.
Pero el peso de la responsabilidad era casi insoportable.
Las catacumbas, que una vez habían sido un refugio de paz y unidad, ahora estaban divididas.
La cámara principal estaba llena de seguidores de Jesua, pero ya no estaban sentados juntos como antes. Ahora estaban agrupados en dos bandos, separados por una línea invisible que parecía más ancha que cualquier distancia física.
—No podemos confiar en él —dijo Angélica, su voz firme y cortante, sus puños apretados sobre la mesa de madera—. No sabemos quién es. No sabemos de dónde viene. No sabemos qué quiere. Aparece de la nada, dice ser el profeta anunciado por Jesua, y la gente lo sigue ciegamente. ¿No ven lo peligroso que es esto?
—¿Peligroso? —respondió Emilio, su voz teñida de incredulidad—. ¿Peligroso es devolver la esperanza a los que la han perdido? ¿Peligroso es sanar a los enfermos? ¿Peligroso es consolar a los afligidos? ¿Eso es peligroso para ti?
—Es peligroso porque no sabemos si es real —insistió Angélica—. ¿Y si es un impostor? ¿Y si está manipulando a la gente? ¿Y si está usando el nombre de Jesua para ganar poder?
—¿Y si es real? —contraatacó Emilio—. ¿Y si realmente es el que Jesua anunció? ¿Y si lo estamos rechazando por miedo y orgullo? ¿Y si estamos cometiendo el mismo error que el Vaticano cometió con Jesua?
La sala estalló en murmullos. Las palabras de Emilio habían tocado una fibra sensible. Todos recordaban cómo el Vaticano había rechazado a Jesua, cómo lo había perseguido, cómo lo había ejecutado. Todos recordaban el dolor de haber sido rechazados, de haber sido perseguidos, de haber sido condenados.
—Emilio tiene razón —dijo Milenca, levantándose de su asiento con Daniel en brazos—. Yo vi a Jesua. Yo creí en Jesua. Y Elías... Elías me recuerda a él. Tiene la misma luz en los ojos. La misma paz en el rostro. La misma autoridad en la voz. No puedo explicarlo, pero lo siento. Y si lo siento, entonces es real.
—No puedes basar tu fe en sentimientos —dijo Daichar, su voz grave y seria—. Los sentimientos son engañosos. Los sentimientos pueden ser manipulados. Necesitamos pruebas. Necesitamos evidencias. Necesitamos saber quién es realmente antes de seguirle.
—¿Y cómo vamos a obtener esas pruebas? —preguntó Emilio—. ¿Cómo vamos a saber quién es realmente si no le damos una oportunidad? ¿Cómo vamos a conocer la verdad si no estamos dispuestos a buscarla?
—Buscando —dijo Teus, que había estado en silencio hasta entonces, su voz calmada y medida—. Investigando. Preguntando. Observando. No podemos aceptarlo ciegamente, pero tampoco podemos rechazarlo sin saber. Debemos ser como Pablo: buscar la verdad con todo nuestro corazón, pero no dejar que el miedo nos ciegue.
—¿Y qué dice Pablo? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa—. ¿Qué piensa Pablo de todo esto?
Todos los ojos se volvieron hacia Pablo, que había estado en silencio durante toda la discusión. Estaba sentado en una esquina, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha, como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.
—Pablo —dijo Ximena, tocándole suavemente el brazo—. ¿Qué piensas? Necesitamos tu guía.
Pablo levantó lentamente la cabeza. Su rostro estaba cansado, surcado por las arrugas del esfuerzo y la falta de sueño. Sus ojos estaban enrojecidos, pero en ellos brillaba una luz que no se había apagado.
—No sé qué pensar —admitió, su voz ronca y cansada—. He visto a Elías. He hablado con él. Y no sé si es real o un impostor. Hay algo en él que me recuerda a Jesua, pero también hay algo diferente. Algo que no puedo explicar.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Angélica, su voz cargada de frustración.
Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—Hacemos lo que siempre hemos hecho. Buscamos la verdad. Investigamos. Preguntamos. Observamos. No aceptamos ciegamente, pero tampoco rechazamos sin saber. Damos a Elías la oportunidad de demostrar quién es. Y si es un impostor, lo expondremos. Si es real, lo seguiremos.
—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Daichar.
—Vamos a enviar a algunos de los nuestros a seguirle —dijo Pablo—. A observar sus milagros. A escuchar sus palabras. A hablar con la gente que lo sigue. Vamos a recopilar información. Y luego, decidiremos.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Zamtio—. ¿Qué hacemos con los que ya lo siguen?
—Los dejamos —dijo Pablo—. No podemos forzar a nadie a creer lo que no quiere creer. No podemos obligar a nadie a seguir un camino que no quiere seguir. La fe es libre. El amor es libre. La verdad es libre. Y si Elías es real, entonces la verdad nos guiará a él.
Mientras Pablo y los suyos debatían en las catacumbas, en la Plaza del Redentor, Elías estaba rodeado por una multitud que crecía cada hora.
La gente llegaba de todas partes de la ciudad, de las colonias espaciales, de los mundos lejanos. Habían oído los rumores, habían visto las transmisiones, habían sentido la esperanza que emanaba de Elías como el calor del sol. Y ahora estaban allí, arrodillados a sus pies, extendiendo las manos para tocarlo, para sentir su presencia, para recibir su bendición.