Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (Cinco días después de la aparición de Elías)
El Vaticano estaba en crisis.
La muerte de Jesua había dejado un vacío de poder que todos querían llenar, pero nadie podía. La división entre los cardenales se había profundizado hasta el punto de la ruptura, y ahora, con la aparición de Elías, la situación había alcanzado un punto crítico.
La Sala del Sínodo, que una vez había sido un símbolo de unidad y autoridad, ahora era un campo de batalla. Los cardenales gritaban unos contra otros, acusándose de herejía, de traición, de debilidad. Las palabras volaban como flechas, y el odio se respiraba en el aire.
—¡Este nuevo profeta es una amenaza! —gritó el Cardenal Vieri, golpeando la mesa con el puño—. ¡Es un impostor que está usando el nombre de Jesua para ganar poder! ¡Debemos detenerlo antes de que sea demasiado tarde!
—¿Y cómo piensas detenerlo? —preguntó el Cardenal Rossi, con voz cansada—. ¿Arrestándolo? ¿Ejecutándolo? ¿Como hicimos con Jesua? ¿No ves que eso solo fortalecerá su movimiento?
—¡Entonces qué sugieres! —gritó Vieri—. ¿Que nos arrodillemos ante él? ¿Que le entreguemos la Iglesia?
—Sugiero que escuchemos —dijo Rossi, con calma—. Sugiero que averigüemos quién es realmente. Sugiero que no cometamos los mismos errores que cometimos con Jesua.
—¿Errores? —Vieri rió con amargura—. ¿Llamas errores a eliminar a un hereje?
—Llamo errores a matar a un inocente —dijo Rossi, con voz firme—. Llamo errores a perseguir a los que buscan la verdad. Llamo errores a traicionar nuestra propia misión.
—¡Basta! —gritó Vieri—. ¡No voy a permitir que se hable de la Iglesia de esa manera!
—No se habla de la Iglesia —dijo Rossi—. Se habla de la verdad. Y la verdad es que la Iglesia se ha equivocado. La verdad es que la Iglesia ha perseguido a inocentes. La verdad es que la Iglesia ha matado en nombre de Dios.
—¡Blasfemia! —gritó Vieri.
—Verdad —dijo Rossi.
La sala estalló en un caos. Los cardenales se levantaron de sus asientos, gritando y señalándose unos a otros. Los soldados del Vaticano, que estaban apostados en las puertas, no sabían a quién obedecer. Algunos cardenales sacaron crucifijos y los blandieron como armas. Otros se arrodillaron y comenzaron a rezar en voz alta.
—¡Basta! —gritó una voz desde el fondo de la sala.
Todos los ojos se volvieron hacia la puerta. El Cardenal Fiore estaba allí, de pie, con el rostro pálido pero los ojos firmes.
—Cardenal Fiore —dijo Vieri, con desprecio—. ¿Has decidido unirte a nosotros? ¿O has venido a defender a los herejes?
—He venido a hablar de la verdad —dijo Fiore, caminando hacia el centro de la sala—. He venido a decir lo que nadie quiere escuchar.
—¿Y qué es eso?
Fiore se detuvo en el centro de la sala y miró a los cardenales uno por uno.
—La Iglesia está muriendo —dijo, su voz resonando en el silencio—. No por culpa de Jesua. No por culpa de Elías. Por culpa nuestra. Por nuestra intolerancia. Por nuestra violencia. Por nuestro miedo. Hemos traicionado nuestra misión. Hemos olvidado que la fe no es poder, sino amor. La fe no es autoridad, sino servicio. La fe no es condena, sino salvación.
—¿Y qué sugieres? —preguntó Rossi, con esperanza en la voz.
—Sugiero que cambiemos —dijo Fiore—. Sugiero que escuchemos. Sugiero que aprendamos de nuestros errores. Sugiero que sigamos el ejemplo de Jesua. Sugiero que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
—¡Eso es herejía! —gritó Vieri—. ¡Eso es traición! ¡Eso es...
—¡Verdad! —lo interrumpió Fiore—. Es la verdad. Y la verdad os hará libres.
Mientras los cardenales debatían en el Vaticano, en las calles de Nueva Jerusalén, la tensión seguía creciendo.
Los seguidores de Elías se habían multiplicado, y ahora eran decenas de miles. Marchaban por las calles, cantando himnos y alzando sus voces al cielo. Los seguidores de Pablo, que se habían quedado en las catacumbas, observaban con el corazón apretado.
—No podemos permitir que esto continúe —dijo Angélica, con voz firme—. Si Elías sigue ganando seguidores, pronto no quedará nadie que nos siga a nosotros.
—No podemos detenerlo —dijo Cristian—. No tenemos pruebas de que sea un impostor. Si lo acusamos sin pruebas, pareceremos celosos y mezquinos.
—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Daichar—. ¿Nos quedamos de brazos cruzados mientras él se lleva a todos nuestros seguidores?
—No —dijo Pablo, levantando la cabeza—. Vamos a hablar con él. Vamos a pedirle que se reúna con nosotros. Vamos a hacerle preguntas. Vamos a ver cómo responde. Y luego, decidiremos.
—¿Y si se niega? —preguntó Zamtio.
—Entonces sabremos que tiene algo que ocultar —dijo Pablo—. Y actuaremos en consecuencia.
La reunión se celebró en la Plaza del Redentor, en el lugar donde todo había comenzado.
Elías llegó acompañado por una multitud de seguidores, que se arrodillaron a su alrededor. Pablo llegó acompañado por los miembros de La Verdad del Libro, que se mantuvieron a distancia.
—"Pablo" —dijo Elías, con una sonrisa cálida—. "Has vuelto. Sabía que volverías."
—Necesito hablar contigo —dijo Pablo, con voz firme—. Necesito hacerte preguntas.
—"Pregunta" —dijo Elías—. "Estoy aquí para responder."
—¿Quién eres realmente? —preguntó Pablo—. ¿De dónde vienes? ¿Qué quieres?
Elías guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—"Soy Elías. El profeta que Jesua anunció. He venido para preparar el camino para el que ha de venir. He venido para continuar la obra que Jesua comenzó. He venido para traeros la verdad."
—¿Y cómo sé que eres real? —preguntó Pablo—. ¿Cómo sé que no eres un impostor que está usando el nombre de Jesua para ganar poder?
Elías sonrió con una tristeza que contenía todos los sufrimientos del mundo.
—"No puedes saberlo, Pablo. No hasta que veas. No hasta que creas. No hasta que tengas fe. La fe no es certeza. La fe es confianza. La fe es esperanza. La fe es amor."