God's False Prophets: La Guerra de Sangre

Capítulo V: La Guerra Religiosa

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Una semana después de la muerte del Cardenal Rossi)

La muerte del Cardenal Rossi había sido la chispa que encendió la mecha de la guerra civil religiosa.

Lo que había comenzado como una división ideológica, un conflicto de palabras y creencias que se debatía en los pasillos del Vaticano y en las plazas de la ciudad, se había transformado en violencia abierta. Las calles de Nueva Jerusalén, que aún no se habían recuperado completamente de la guerra de los Pecadores, se convirtieron en campos de batalla una vez más. Los seguidores de Elías y los seguidores de Pablo se enfrentaban en enfrentamientos cada vez más violentos, y el número de muertos comenzó a aumentar rápidamente, como una cuenta que no dejaba de crecer, como una herida que no dejaba de sangrar.

La ciudad, que había comenzado a reconstruirse lentamente después de la muerte de Jesua, volvió a sumirse en el caos. Los edificios que habían sido reparados con tanto esfuerzo, ladrillo por ladrillo, fueron destruidos nuevamente por el fuego y la furia. Las calles que habían vuelto a llenarse de vida, de risas de niños y voces de mercaderes, quedaron desiertas, vacías, como si la vida misma se hubiera retirado. Los mercados que habían reabierto con esperanza cerraron sus puertas de nuevo, y los puestos quedaron abandonados, sus productos pudriéndose al sol. La esperanza que había comenzado a florecer en los corazones de la gente se marchitó, reemplazada por el miedo y la desesperación, por la duda y la ira.

En el distrito norte, un grupo de seguidores de Elías había rodeado una pequeña iglesia donde se reunían los seguidores de Pablo. La iglesia era un edificio modesto, de piedra gris, con una pequeña cruz en el tejado y ventanas de vidrio coloreado que habían sobrevivido a la guerra anterior. Ahora, su fachada estaba manchada de sangre y sus puertas estaban atrancadas desde el interior. Los dos grupos se enfrentaban con palos y piedras, gritándose insultos y amenazas que se mezclaban con el ruido de los vidrios rotos y los golpes sordos.

—¡Elías es el verdadero profeta! —gritaban los seguidores de Elías, sus voces roncas por la ira.

—¡Pablo es el verdadero líder! —respondían los seguidores de Pablo, desde el interior de la iglesia, sus voces temblorosas pero firmes.

—¡Elías es un impostor!

—¡Pablo es un hereje!

—¡Elías ha sanado a los enfermos!

—¡Pablo ha guiado a los fieles!

—¡Elías ha resucitado a los muertos!

—¡Pablo ha mantenido viva la fe!

Los gritos se mezclaban en un caos ensordecedor, una sinfonía de odio que resonaba en las calles vacías. La violencia era inevitable, un destino que parecía escrito en las estrellas. Un hombre lanzó una piedra que golpeó a una mujer en la cabeza. Ella cayó al suelo, sangrando profusamente, su cabello oscuro teñido de rojo. Los seguidores de Pablo respondieron con más piedras, y la batalla se intensificó, convirtiéndose en una lucha cuerpo a cuerpo que no conocía piedad.

En medio del caos, un hombre de mediana edad, con el rostro ensangrentado y los ojos brillantes de furia, se abrió paso entre la multitud. Era un seguidor de Elías, un hombre que había perdido a su familia en la guerra de los Pecadores, que había visto a su esposa y a sus hijos morir en sus brazos, y que había encontrado en Elías una nueva esperanza, una nueva razón para vivir, una nueva fe que lo sostenía.

—¡Mueran, herejes! —gritó, blandiendo un palo, su voz desgarrada por el dolor—. ¡Mueran en nombre de Elías! ¡Mueran por todo lo que han hecho!

Los seguidores de Pablo retrocedieron, pero no se rindieron. Respondieron con la misma violencia, y la batalla continuó, implacable, sin cuartel, sin piedad. Los cuerpos caían al suelo, unos sobre otros, y la sangre se mezclaba con el polvo de las calles.

Mientras la violencia estallaba en las calles, en las catacumbas, Pablo estaba reunido con los líderes de La Verdad del Libro. La cámara principal estaba llena de caras sombrías, de miradas cargadas de preocupación y desesperación. Todos tenían los rostros pálidos, surcados por las arrugas del esfuerzo y la falta de sueño. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados.

—La violencia está empeorando —dijo Cristian, con voz grave, su rostro marcado por el cansancio—. Los seguidores de Elías están atacando a los nuestros en todos los distritos. He recibido informes de enfrentamientos en el norte, en el sur, en el este. Ya hay más de cien muertos confirmados, y los heridos se cuentan por cientos. Los hospitales están desbordados, y los médicos no dan abasto.

—No podemos permitir que esto continúe —dijo Angélica, su voz firme pero temblorosa, sus puños apretados sobre la mesa—. Si no hacemos algo, la guerra civil religiosa destruirá todo lo que hemos construido. Todo el esfuerzo, todos los sacrificios, todas las vidas perdidas, todo habrá sido en vano.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Daichar, con voz ronca, sus ojos enrojecidos por la falta de sueño—. No podemos detener a los seguidores de Elías. No podemos obligarlos a que nos escuchen. No podemos...

—Podemos hablar —interrumpió Pablo, levantando la cabeza con los ojos cansados pero brillantes—. Podemos hablar con Elías. Podemos pedirle que detenga a sus seguidores. Podemos buscar una solución pacífica, una que no implique más sangre, más muerte, más dolor.

—¿Y si se niega? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con lágrimas—. ¿Y si no quiere escuchar? ¿Y si prefiere la violencia?

—Entonces tendremos que encontrar otra manera —dijo Pablo, con voz firme—. Pero primero, intentaremos la paz. Siempre la paz. Porque la paz es el camino de Jesua. La paz es el camino del amor. La paz es el camino de la verdad.

La reunión con Elías se celebró en la Plaza del Redentor, el lugar donde todo había comenzado. El sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos, como si el mismo cielo estuviera llorando sangre. Pablo llegó acompañado por Cristian, Daichar y Ximena. Elías estaba rodeado por una multitud de seguidores, que cantaban himnos y alzaban sus voces al cielo.




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