Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Dos días después del ultimátum de Elías)
El amanecer del tercer día llegó con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta, como si el mismo cielo estuviera reflejando la tormenta que se gestaba en los corazones de los hombres. El aire era pesado, cargado de humedad y de la tensión que se respiraba en cada rincón de la ciudad, una tensión que se podía saborear en el paladar, que se podía sentir en la piel, que se podía escuchar en el silencio. Las calles, que durante las últimas semanas habían sido escenario de violencia y muerte, estaban en silencio, vacías, como si la ciudad misma contuviera el aliento, esperando lo que iba a suceder, esperando la palabra que cambiaría el destino de todos.
Pablo había pasado las últimas dos noches sin dormir, arrodillado en el suelo de piedra de su celda, con las manos juntas y los ojos cerrados, sintiendo el frío de la piedra penetrar en sus rodillas, sintiendo el peso de la responsabilidad en sus hombros. Había ayunado, sintiendo el hambre retorcer su estómago como un recordatorio constante de su humanidad. Había orado, sus palabras elevándose hacia el techo de piedra como incienso invisible. Había buscado la guía del Padre con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, con todas sus fuerzas. Y ahora, mientras el sol se elevaba lentamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos grises y plomizos, sintió que una respuesta llegaba a su alma. No era una voz audible que resonara en sus oídos. No era un destello de luz que cegara sus ojos. Era una certeza profunda, una convicción que nacía en lo más hondo de su ser, una paz que trascendía cualquier comprensión humana.
Sabía lo que tenía que hacer.
Salió de su celda y caminó por los pasillos de las catacumbas, sintiendo el eco de sus pasos en las paredes de piedra. Cada paso era firme, decidido, como si finalmente hubiera encontrado el rumbo después de haber estado perdido en la oscuridad durante tanto tiempo. Los pasillos estaban iluminados por la tenue luz de las antorchas, que creaban sombras danzantes en las paredes, sombras que parecían moverse al ritmo de su corazón. Los miembros de La Verdad del Libro y los seguidores de Jesua estaban reunidos en la cámara principal, con los rostros pálidos y las miradas cargadas de ansiedad. Habían oído los rumores. Sabían que el ultimátum de Elías estaba a punto de expirar. Sabían que algo importante iba a suceder, algo que cambiaría el curso de la historia.
—Pablo —dijo Ximena, acercándose a él, con los ojos brillantes de preocupación y amor, su mano extendida para tocar su brazo—. ¿Qué vas a hacer? ¿Qué has decidido?
Pablo la miró largamente, sintiendo el calor de su presencia, el consuelo de su amor. En sus ojos había una paz que Ximena no había visto antes, una paz que decía que había encontrado la respuesta que buscaba.
—Voy a hablar —dijo, su voz firme y serena—. Voy a hablar a la gente. Voy a decirles la verdad. La verdad que he encontrado en mi corazón. La verdad que el Padre me ha revelado.
—¿Qué verdad? —preguntó Ximena, su voz apenas un susurro.
Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—La verdad de que la unidad es el único camino. La verdad de que el amor es la única fuerza. La verdad de que la fe es la única guía. La verdad de que no podemos dejar que el miedo nos divida. La verdad de que no podemos dejar que el odio nos consuma. La verdad de que no podemos dejar que la duda nos paralice.
—¿Y Elías? —preguntó Ximena, con voz temblorosa—. ¿Qué vas a hacer con Elías?
Pablo la miró con una tristeza profunda, con una tristeza que contenía todos los sufrimientos del mundo.
—Elías será parte de esa verdad —dijo—. O no lo será. Pero eso no lo decido yo. Eso lo decide el Padre. Mi misión es hablar la verdad. Mi misión es amar a mi prójimo. Mi misión es tener fe. El resto está en manos de Dios.
—¿Y si la gente no te escucha? —preguntó Ximena, con lágrimas en los ojos—. ¿Y si la gente rechaza tu mensaje? ¿Y si la violencia continúa?
Pablo sonrió con una ternura que contenía todos los amores del universo, una ternura que decía que todo estaba bien, que todo estaría bien, que todo era parte de un plan más grande.
—Entonces habré hecho lo que tenía que hacer —dijo—. Habré dicho lo que tenía que decir. Habré sido fiel a mi misión. Habré amado como Jesua amó. Habré tenido fe como Jesua tuvo fe. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir.
La Plaza del Redentor estaba llena cuando Pablo llegó, más llena de lo que había estado desde la muerte de Jesua, más llena de lo que nadie podía recordar. Miles de personas se habían congregado allí, una marea humana que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, que se derramaba por las calles adyacentes, que llenaba cada rincón de la plaza. No eran solo los seguidores de La Verdad del Libro, con sus rostros familiares y sus miradas de esperanza. También había seguidores de Elías, con sus túnicas blancas y sus ojos brillantes de devoción. También había indecisos, que no sabían a quién seguir, que buscaban una respuesta, que necesitaban una guía. También había curiosos, que habían oído los rumores y querían ver con sus propios ojos lo que iba a suceder. También había soldados del Vaticano, que observaban desde las sombras, esperando el momento adecuado para actuar. Todos habían oído que Pablo iba a hablar. Todos querían escuchar lo que tenía que decir.
Pablo se subió a la fuente de mármol blanco, el mismo lugar donde Jesua había predicado tantas veces, el mismo lugar donde había sanado a los enfermos y consolado a los afligidos, el mismo lugar donde había pronunciado sus últimas palabras antes de ser ejecutado. Sintió el peso de la mirada de la multitud sobre él, miles de ojos que lo observaban con expectación, con esperanza, con miedo, con odio, con amor. Sintió el peso de la responsabilidad en sus hombros, un peso que amenazaba con aplastarlo, un peso que solo podía ser sostenido por la fe. Sintió el peso del momento en su corazón, un momento que quedaría grabado en la historia para siempre, un momento que definiría el futuro de la humanidad.