Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Aposentos del Cardenal Fiore (Una semana después del discurso de Pablo)
El discurso de Pablo había cambiado el equilibrio de poder en la ciudad como un terremoto sacude la tierra, reconfigurando el paisaje político y espiritual de Nueva Jerusalén.
Los seguidores de Elías, que hasta entonces habían estado creciendo en número y fervor como una marea imparable, comenzaron a disminuir. Muchos de los que habían seguido al nuevo profeta por desesperación, por miedo a la guerra de Sangre, por la necesidad de encontrar un líder en tiempos de incertidumbre, ahora se sentían atraídos por el mensaje de unidad y amor que Pablo había proclamado desde la fuente de mármol blanco. Las palabras de Pablo habían resonado en sus corazones como una campana, despertando algo que habían olvidado, algo que habían enterrado bajo capas de miedo y duda. Los seguidores de Pablo, por otro lado, se sentían fortalecidos, renovados, llenos de una nueva energía que no habían sentido desde la muerte de Jesua, una energía que los impulsaba a seguir adelante, a creer, a esperar, a amar.
Pero no todos estaban contentos.
En el Vaticano, el Cardenal Fiore observaba los acontecimientos con una mezcla de esperanza y preocupación. Había apoyado a Pablo desde el principio, había creído en su mensaje, había confiado en su liderazgo. Había visto en él la misma luz que había visto en Jesua, la misma verdad, el mismo amor. Pero ahora, mientras veía cómo la influencia de Pablo crecía día a día, cómo la gente lo aclamaba, cómo los seguidores de Elías abandonaban al nuevo profeta para unirse a la causa de Pablo, comenzaba a sentir una punzada de celos, una sombra de duda que se instalaba en su corazón como una semilla venenosa.
No era un sentimiento nuevo. Había estado allí, enterrado, durante años. El deseo de ser reconocido, de ser valorado, de ser el líder que siempre había querido ser. Había servido a la Iglesia durante décadas, había visto cómo los menos merecedores ascendían mientras él permanecía en la sombra, había visto cómo sus ideas eran ignoradas mientras las de otros eran celebradas. Y ahora, veía a Pablo, un joven de apenas diecinueve años, recibir todo el reconocimiento que él siempre había deseado.
—Cardenal —dijo un asistente, entrando en sus aposentos con paso silencioso, interrumpiendo sus pensamientos—. Elías solicita una audiencia privada con usted. Dice que es urgente. Dice que no puede esperar.
Fiore levantó la cabeza, sorprendido. Sus ojos se entrecerraron con desconfianza.
—¿Elías? ¿El nuevo profeta? ¿El que ha estado causando tanto revuelo en la ciudad?
—Sí, Cardenal. Dice que tiene algo importante que discutir con usted. Algo que cambiará el curso de la historia. Algo que no puede esperar.
Fiore guardó silencio. La petición de Elías era inesperada. ¿Qué podía querer el nuevo profeta de él? ¿Qué podía tener que decirle que no pudiera decir en público? ¿Qué podía ofrecerle que no pudiera obtener de otra manera?
—Hágalo pasar —dijo finalmente, con voz cautelosa, sintiendo que algo importante estaba a punto de suceder.
Elías entró en la habitación con paso firme y seguro, como si fuera el dueño del lugar. Vestía ropas sencillas, una túnica blanca sin adornos, pero su presencia era magnética, como siempre, como la de un hombre que sabe exactamente quién es y qué quiere. Sus ojos azules brillaban con una luz que parecía ver más allá de las apariencias, que parecía conocer los secretos más profundos del corazón humano.
—"Cardenal Fiore" —dijo, con una sonrisa cálida que iluminó todo su rostro—. "Gracias por recibirme. Sé que mi visita es inesperada, pero confío en que entenderá su importancia. Confío en que comprenderá que lo que tengo que decirle cambiará todo lo que cree saber."
—¿Qué quieres, Elías? —preguntó Fiore, sin rodeos, su voz tensa y cautelosa—. ¿Qué es tan importante que no puede esperar?
Elías se sentó frente a él, con una elegancia que desmentía su apariencia humilde. Sus manos descansaron sobre sus rodillas, y sus ojos se fijaron en los de Fiore con una intensidad que lo hizo sentir incómodo.
—"He venido a hablarle de Pablo" —dijo—. "He venido a hablarle del futuro de la Iglesia. He venido a hablarle de la verdad. La verdad que ambos sabemos, pero que ninguno se atreve a pronunciar en voz alta."
—¿Qué verdad? —preguntó Fiore, con desconfianza, sintiendo que un nudo se formaba en su estómago.
—"La verdad es que Pablo no es el líder que la Iglesia necesita" —dijo Elías, con voz suave pero firme, como si estuviera pronunciando una sentencia—. "Pablo es un hombre bueno, sin duda. Un hombre de fe, un hombre de amor, un hombre de esperanza. Un hombre que ha hecho todo lo posible por guiar a los suyos. Pero no es un líder. No tiene la visión. No tiene la fuerza. No tiene la autoridad para guiar a la Iglesia en los tiempos que vienen. Los tiempos de la guerra de Sangre. Los tiempos de la prueba final. Los tiempos de la verdad definitiva."
—¿Y tú la tienes? —preguntó Fiore, con ironía, aunque en su corazón sentía que las palabras de Elías tocaban algo profundo—. ¿Tú tienes la visión? ¿Tú tienes la fuerza? ¿Tú tienes la autoridad?
—"Yo he sido enviado para preparar el camino" —respondió Elías, con una certeza que no admitía réplica—. "He sido enviado para guiar a la Iglesia en la guerra de Sangre. He sido enviado para cumplir la profecía. He sido enviado para hacer lo que Pablo no puede hacer. Y necesito tu ayuda, Fiore. Necesito tu apoyo. Necesito tu sabiduría. Necesito tu experiencia."
—¿Mi apoyo? —Fiore rió con amargura, una risa que no contenía alegría—. ¿Después de todo lo que has hecho? ¿Después de dividir a los fieles? ¿Después de causar una guerra civil religiosa? ¿Después de sembrar el caos en la ciudad?
—"No he causado la guerra civil" —dijo Elías, con calma, sin inmutarse—. "La guerra civil ha sido causada por el miedo. El miedo a lo desconocido. El miedo a la diferencia. El miedo a la verdad. Yo solo he venido a traer la verdad. Y la verdad, como sabes, a veces duele. La verdad, como sabes, a veces divide. La verdad, como sabes, a veces exige sacrificio."