Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Tres días después de la infiltración de Fiore)
La guerra civil religiosa había llegado a su punto más crítico, un momento de inflexión que definiría el destino de la humanidad para las generaciones venideras.
Lo que había comenzado como enfrentamientos aislados entre grupos de seguidores, como chispas que saltaban de una hoguera a otra, se había transformado en una batalla abierta por el control de la ciudad. Los seguidores de Elías, ahora liderados por comandantes militares que se habían unido a su causa atraídos por su carisma y sus promesas de un nuevo orden, habían lanzado una ofensiva masiva contra los distritos controlados por Pablo y sus aliados. Las calles de Nueva Jerusalén, que una vez habían sido el orgullo de la humanidad, un símbolo de su grandeza y su progreso, se habían convertido en un campo de batalla, un infierno de fuego, humo y muerte. Los rascacielos que habían tocado el cielo ahora yacían derruidos, sus estructuras de acero retorciéndose como dedos de una mano muerta. Los parques que habían sido refugios de paz ahora estaban llenos de trincheras y barricadas. Los hospitales, que habían sido templos de sanación, ahora estaban abarrotados de heridos y moribundos.
El cielo estaba oscurecido por el humo de los edificios en llamas, un manto negro y denso que ocultaba el sol y teñía todo de un tono sepulcral, como si la misma luz se hubiera retirado de la ciudad. El olor a sangre, a ceniza y a muerte flotaba en el aire, una mezcla nauseabunda que se pegaba a la ropa y a la piel, que se filtraba en los pulmones y envenenaba el alma. El ruido era ensordecedor: el tableteo de los rifles de combate, el estruendo de las explosiones, el rugido de los vehículos blindados avanzando por las calles, los gritos de los heridos, los lamentos de los moribundos, los alaridos de los que perdían a sus seres queridos. Los edificios que habían sobrevivido a la guerra anterior ahora se derrumbaban bajo el embate de la artillería, sus fachadas de vidrio y acero estallando en millones de fragmentos que llovían sobre las calles como una tormenta de cuchillos. Las calles estaban llenas de escombros y cadáveres, un paisaje dantesco que parecía sacado de los peores infiernos de la imaginación humana.
Pablo estaba en el centro de comando improvisado en las catacumbas, una antigua estación de metro que había sido convertida en búnker. El lugar era un laberinto de túneles oscuros y húmedos, iluminados por la tenue luz de las lámparas de emergencia que parpadeaban constantemente, amenazando con apagarse en cualquier momento. El aire era pesado, cargado de humedad y del olor a sudor, a miedo y a desesperación. Las paredes vibraban con las explosiones que sacudían la superficie, y el polvo caía del techo en pequeñas cascadas. Pablo estaba rodeado por los líderes de La Verdad del Libro y los comandantes de la resistencia. Su rostro estaba pálido, surcado por el polvo y el sudor, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación, de una fatiga que iba más allá de lo físico.
—¿Cuál es la situación? —preguntó, con voz tensa, mientras sus dedos trazaban líneas invisibles sobre el mapa holográfico que flotaba sobre la mesa, un mapa que mostraba la ciudad en llamas.
—Los seguidores de Elías han tomado el distrito norte —respondió Cristian, señalando el mapa con un dedo tembloroso. Su rostro estaba pálido, y su voz era ronca por el cansancio—. Han avanzado por la autopista elevada y han rodeado el distrito financiero. Están utilizando artillería pesada. Han destruido el puente que conecta el norte con el centro. Están avanzando hacia el centro de la ciudad. Si toman la Plaza del Redentor, la ciudad estará perdida. No solo la ciudad, sino todo lo que hemos construido. El símbolo de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestra unidad.
—¿Y el Vaticano? —preguntó Pablo, su voz apenas un susurro.
—El Vaticano está sitiado —dijo Daichar, su rostro marcado por la preocupación, sus manos apretadas sobre la mesa—. Los seguidores de Elías lo han rodeado por completo. Han cortado los suministros de agua y electricidad. Han colocado francotiradores en los edificios cercanos. Los cardenales leales a Vieri han cerrado las puertas y se niegan a rendirse, pero no durarán mucho. Se están quedando sin comida, sin agua, sin municiones. Si no reciben ayuda pronto, tendrán que rendirse o morir.
—¿Y Fiore? —preguntó Ximena, con voz preocupada, tomando la mano de Pablo—. ¿Alguna noticia de Fiore? ¿Sabemos algo de él?
Pablo negó con la cabeza, sintiendo el peso de la incertidumbre.
—Nada —dijo—. Desde que se infiltró en el círculo de Elías, no hemos tenido noticias. No sé si está vivo o muerto. No sé si lo han descubierto. No sé si lo han torturado. Espero que esté bien. Espero que esté cumpliendo su misión.
—¿Y si lo han descubierto? —preguntó Angélica, con miedo en la voz, sus ojos brillando con lágrimas—. ¿Y si lo han matado? ¿Y si estamos esperando algo que nunca va a llegar?
—No lo sabemos —dijo Pablo, con voz firme, aunque su corazón latía con fuerza—. Pero tenemos que confiar en él. Y tenemos que seguir luchando. Esa es nuestra única opción.
En el distrito central, la batalla era feroz, salvaje, implacable.
Los seguidores de Elías habían lanzado un ataque masivo contra la Plaza del Redentor, el corazón simbólico de la ciudad, el lugar donde Jesua había predicado y donde había muerto, donde Pablo había pronunciado su discurso y donde la esperanza había renacido. Miles de combatientes avanzaban por las calles, armados con rifles de combate de última generación, lanzagranadas y vehículos blindados que surcaban las calles como bestias de acero. Sus rostros estaban ocultos tras cascos de combate, pero sus ojos brillaban con el fuego de la fe, una fe que Elías había encendido en sus corazones.
Los seguidores de Pablo, superados en número y en armamento, luchaban con desesperación, usando barricadas improvisadas con escombros y vehículos abandonados, trampas explosivas hechas con materiales caseros, y cualquier cosa que pudieran encontrar para detener el avance enemigo. No tenían armas de fuego, solo rifles de caza que habían sido escondidos durante años, cuchillos, palos y piedras. Pero su fe era su arma más poderosa. Su fe era lo que los mantenía en pie cuando todo parecía perdido.