Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano y Plaza del Redentor (Horas después de la revelación de Fiore)
Las palabras de Fiore habían caído sobre la multitud como una bomba atómica, destruyendo los cimientos de la fe que Elías había construido durante semanas, meses de trabajo cuidadoso, de manipulación hábil, de mentiras bien tejidas.
El silencio que siguió a su revelación fue absoluto, un silencio tan profundo que se podía oír el latido de los corazones, el susurro de las oraciones, el crujir de la ropa, el temblor de los labios. Miles de personas permanecieron inmóviles, sus rostros pálidos como la cera, sus ojos fijos en el lugar donde la imagen de Fiore había desaparecido, sus mentes tratando de procesar lo que acababan de escuchar, sus corazones tratando de encontrar un sentido en medio del caos. Las armas colgaban de sus manos, olvidadas, inútiles. Los heridos dejaron de gemir, como si el shock hubiera silenciado su dolor. Los moribundos dejaron de rezar, como si sus oraciones hubieran perdido todo significado.
Y entonces, el caos estalló como un volcán que había estado contenido durante demasiado tiempo.
—¡Es mentira! —gritó un seguidor de Elías, un hombre de rostro duro y mirada furiosa, con una cicatriz que cruzaba su mejilla, levantando su rifle hacia el cielo, sus dedos temblorosos sobre el gatillo—. ¡Fiore es un traidor! ¡Está mintiendo! ¡Está intentando dividirnos! ¡Está haciendo el trabajo de Pablo!
—¡No es mentira! —respondió otro, con voz temblorosa, un hombre más joven, con los ojos brillando de lágrimas y confusión—. ¡He visto las pruebas! ¡He visto los documentos! ¡He visto los archivos que Fiore mostró! ¡Elías nos ha estado engañando! ¡Nos ha estado usando! ¡Nos ha estado mintiendo!
—¡Blasfemia! —gritó un tercero, una mujer de cabello gris y rostro marcado por el dolor—. ¡Elías es el verdadero profeta! ¡Fiore es un hereje! ¡Un instrumento del diablo!
—¡Fiore ha dicho la verdad! —gritó un cuarto, un hombre con el rostro manchado de polvo y sangre—. ¡Siempre supe que Elías era un impostor! ¡Siempre supe que algo no encajaba! ¡Siempre supe que era demasiado perfecto para ser verdad!
Los gritos se mezclaban en un caos ensordecedor, una sinfonía de odio y confusión que resonaba en las calles vacías. Los seguidores de Elías se enfrentaban entre sí, unos defendiendo al profeta con la furia de los que han sido engañados y no pueden aceptarlo, otros aceptando la revelación de Fiore con la desesperación de los que han perdido todo en lo que creían. Los puños volaban, los rifles se levantaban, y la violencia que había estado dirigida contra el enemigo ahora se volvía hacia el interior, devorando a los que una vez habían sido hermanos en la fe.
En el centro de la confusión, Elías observaba la escena con una expresión que nadie podía interpretar, una expresión que oscilaba entre el miedo y la ira, entre el desconcierto y la determinación. Estaba de pie sobre la fuente de mármol blanco, el mismo lugar donde había predicado, el mismo lugar donde había realizado sus milagros, el mismo lugar donde había sido aclamado como profeta, el mismo lugar donde ahora se enfrentaba a su propia destrucción. Su rostro estaba pálido, y sus manos temblaban ligeramente, pero sus ojos brillaban con una luz fría, una luz que no había mostrado antes, una luz que revelaba algo que había estado oculto: el miedo de un hombre que está a punto de perderlo todo.
—"Silencio" —dijo, y su voz resonó con una claridad sobrenatural, una autoridad que trascendía las palabras, una autoridad que había usado para controlar a la multitud durante semanas, pero que ahora parecía frágil, quebradiza—. "Silencio, os lo ordeno. En nombre de Dios, os lo ordeno."
La multitud enmudeció. El silencio era absoluto.
—"Fiore es un traidor" —dijo Elías, con voz firme, aunque sus ojos se movían rápidamente, evaluando la situación, buscando una salida—. "Un traidor que ha sido manipulado por Pablo. Un traidor que está intentando destruir nuestra fe. Un traidor que merece la muerte. No le creáis. No le hagáis caso. Es una mentira. Todo es una mentira."
—¡No! —gritó alguien desde la multitud, una voz que resonó con la fuerza de la convicción—. ¡Fiore ha dicho la verdad! ¡He visto las pruebas! ¡He visto los documentos! ¡He visto cómo Elías manipulaba a la gente! ¡He visto cómo engañaba a los inocentes!
—¡No has visto nada! —gritó Elías, su voz cortante como un cuchillo, sus dedos señalando al hombre con una furia que apenas podía contener—. ¡Has sido engañado! ¡Has sido manipulado! ¡Has sido cegado por la mentira! ¡No sabes lo que dices!
—¡Entonces muéstranos la verdad! —gritó otro, su voz cargada de ira y desesperación—. ¡Si eres el verdadero profeta, demuéstralo! ¡Haz un milagro! ¡Resucita a un muerto! ¡Sana a un leproso! ¡Haz algo que demuestre que eres quien dices ser! ¡Haz algo que no pueda ser falsificado!
Elías guardó silencio. Sus ojos se movieron rápidamente, evaluando la situación, buscando una salida, buscando una mentira que pudiera salvarle. Por primera vez desde su aparición, parecía inseguro, vulnerable, humano.
—"No necesito demostrar nada" —dijo finalmente, su voz más débil que antes—. "Mi fe habla por sí misma. Mis milagros hablan por sí mismos. Mi verdad habla por sí misma."
—¡Entonces habla! —gritó alguien—. ¡Dinos la verdad! ¡Dinos quién eres realmente! ¡Dinos de dónde vienes! ¡Dinos qué quieres!
Elías guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—"Soy quien digo ser. El profeta de Dios. El que ha sido enviado para preparar el camino."
—¡Mentirosa! —gritó un hombre, abriéndose paso entre la multitud con la fuerza de la desesperación. Era un seguidor de Elías, un hombre de rostro duro y mirada furiosa, pero ahora sus ojos estaban llenos de lágrimas, de dolor, de traición. Había sido uno de los primeros en creer en Elías, uno de los que habían abandonado a Pablo para seguir al nuevo profeta, uno de los que habían dado todo por él. Y ahora, se enfrentaba a la verdad—. ¡Yo estaba allí! ¡Yo vi los documentos! ¡Yo vi las pruebas! ¡Eres un impostor! ¡Un engañador! ¡Un mentiroso! ¡Un asesino!