Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Subterráneos del Vaticano (Tres días después de la caída de Elías)
La ciudad había vuelto a la calma, pero era una calma tensa, frágil, como la superficie de un lago que podía romperse en cualquier momento, como el silencio que precede a una tormenta, como la respiración contenida antes de un grito.
Los seguidores de Elías se habían dispersado como hojas arrastradas por el viento, cada una en una dirección diferente, cada una buscando su propio camino, su propia verdad, su propia salvación. Algunos se habían unido a Pablo y a la Iglesia de la Verdad, sus corazones rotos pero sus almas aún sedientas de fe. Otros se habían escondido en las sombras, esperando el momento adecuado para regresar, para vengar la traición, para restaurar el nombre de su profeta caído. Otros habían abandonado la fe por completo, sus corazones destrozados por la traición, sus almas devastadas por el engaño, sus mentes cerradas para siempre a la posibilidad de creer.
Pero Elías seguía desaparecido.
Nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía si había muerto, si había escapado de la ciudad, si estaba planeando su venganza desde las sombras. Su ausencia era un misterio, una sombra que se cernía sobre la ciudad como una nube negra, una pregunta sin respuesta que atormentaba a todos los que habían sido engañados. Los rumores se extendían como un incendio: algunos decían que había sido asesinado por sus propios seguidores, otros que había huido a las colonias espaciales, otros que se había suicidado al ser descubierto. Pero nadie sabía la verdad. Nadie podía confirmar nada.
Pablo estaba en las catacumbas, reunido con los líderes de la Iglesia de la Verdad. La cámara principal estaba iluminada por la tenue luz de las velas, que parpadeaban en la oscuridad creando sombras danzantes en las paredes de piedra. Los rostros de los presentes estaban sombríos, marcados por el cansancio y la preocupación. La victoria sobre Elías había sido agridulce, y el futuro era incierto, un territorio desconocido que nadie sabía cómo navegar.
—No podemos bajar la guardia —dijo Cristian, con voz grave, sus ojos brillando con la preocupación de un estratega que sabe que la batalla no ha terminado—. Elías sigue desaparecido. Y mientras esté desaparecido, sigue siendo una amenaza. No sabemos qué está planeando. No sabemos si tiene aliados. No sabemos si está esperando el momento adecuado para atacar.
—¿Y si está muerto? —preguntó Zamtio, con esperanza en la voz, sus ojos buscando una respuesta que le diera paz—. ¿Y si ya no es una amenaza? ¿Y si podemos dejar todo esto atrás?
—No lo sabemos —dijo Daichar, con voz seria, su rostro marcado por la desconfianza—. Y mientras no lo sepamos, debemos actuar como si estuviera vivo. No podemos permitirnos el lujo de la complacencia. No podemos permitirnos el lujo de la esperanza falsa.
—¿Y cómo actuamos? —preguntó Angélica, con frustración en la voz, sus puños apretados sobre la mesa—. ¿Cómo nos preparamos para algo que no sabemos si va a suceder? ¿Cómo nos preparamos para un enemigo que no sabemos si existe?
Pablo levantó la cabeza. En sus ojos había una determinación que no se había apagado, una luz que había sobrevivido a todas las tormentas, a todas las dudas, a todas las pérdidas.
—Actuamos como siempre hemos actuado —dijo, su voz firme y clara—. Buscamos la verdad. Nos mantenemos unidos. Confiamos en el Padre. Y no nos rendimos. No importa lo que pase. No importa lo que enfrentemos. No importa lo que perdamos. No nos rendimos.
—Pero ¿y si la verdad es que Elías ha desaparecido para siempre? —preguntó Ximena, con voz suave, tomando la mano de Pablo—. ¿Y si nunca volvemos a saber de él? ¿Y si todo esto ha terminado?
—Entonces habremos ganado —dijo Pablo, con una sonrisa triste—. Pero no podemos asumirlo. Debemos estar preparados para lo peor. Y debemos esperar lo mejor. Esa es la esencia de la fe: esperar lo mejor mientras nos preparamos para lo peor.
Esa noche, Pablo estaba solo en su celda, arrodillado en el suelo de piedra, con las manos juntas y los ojos cerrados. La luz de una vela parpadeaba a su lado, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus pensamientos. Había pasado los últimos días tratando de reconstruir lo que se había perdido, tratando de sanar las heridas de la guerra, tratando de encontrar un sentido a todo el sufrimiento, a toda la muerte, a toda la pérdida.
—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro en la oscuridad—. "Padre, ¿dónde está Elías? ¿Qué ha sido de él? ¿Es una amenaza? ¿O ha desaparecido para siempre? ¿Debo buscarlo? ¿Debo olvidarlo? ¿Debo temerle?"
El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto.
Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido.
—"Padre" —dijo de nuevo, y su voz era más fuerte ahora, como si hubiera encontrado una nueva reserva de fuerza en lo más profundo de su ser—. "Padre, necesito tu guía. Necesito tu luz. Necesito tu amor. No puedo hacer esto solo. No puedo liderar a tu pueblo sin tu ayuda."
El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada, una paz que envolvía a Pablo como una manta cálida en una noche fría, que le decía que no estaba solo, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría.
Y entonces, una voz sonó en su mente. No era una voz audible, sino una certeza, una convicción, una fe. Una certeza que nacía en lo más profundo de su ser, una certeza que decía que la respuesta estaba más cerca de lo que imaginaba.
—"Ve a los subterráneos del Vaticano" —susurró—. "Allí encontrarás lo que buscas. Allí encontrarás la verdad. Allí encontrarás la respuesta."
Pablo abrió los ojos. Sabía lo que tenía que hacer. No entendía por qué, no entendía cómo, pero sabía que debía ir.