Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Una semana después del encuentro con Elías)
La confesión de Elías en los subterráneos del Vaticano había sido como un terremoto que sacudió los cimientos de la fe de millones de personas, un temblor que se sintió en cada hogar, en cada corazón, en cada alma de la ciudad. Pero Pablo sabía que la verdad completa aún no había sido revelada. Había más. Siempre había más. La verdad era como una cebolla, con capas y capas que debían ser desprendidas una por una, cada una revelando algo nuevo, algo más profundo, algo más oscuro, algo más terrible.
Había pasado una semana desde el encuentro en los subterráneos del Vaticano. Una semana desde que Elías se había entregado voluntariamente a la justicia, entregando su cuerpo y su alma a las autoridades que lo habían creado, aceptando su destino con la humildad de un hombre que finalmente había encontrado la verdad. Una semana desde que Pablo había comenzado a investigar la facción secreta que había dado vida al impostor, sumergiéndose en archivos olvidados, documentos prohibidos, testimonios silenciados durante siglos, en una búsqueda obsesiva que lo había consumido por completo.
Lo que había descubierto era más terrible de lo que jamás había imaginado.
Los Guardianes de la Profecía no eran una organización reciente. No eran un grupo de cardenales corruptos que habían surgido en los últimos años, ni una secta marginal que operaba en las sombras de la Iglesia. Eran una institución ancestral, una hermandad que había existido desde los primeros días de la Iglesia, desde los tiempos de los apóstoles, desde los tiempos en que la fe era perseguida y los creyentes se escondían en las catacumbas, temiendo por sus vidas. Habían manipulado la fe de la humanidad durante siglos, guiando su evolución espiritual con mano firme, asegurándose de que nunca despertaran del todo, de que siempre estuvieran controlados, de que siempre estuvieran sumisos, de que siempre estuvieran ciegos.
Habían creado falsos profetas, habían manipulado las Escrituras, habían asesinado a los que se atrevían a desafiar su autoridad. Habían controlado la narrativa de la fe, decidiendo qué era verdad y qué era mentira, qué era ortodoxo y qué era herejía, qué era sagrado y qué era profano. Habían convertido la fe en un instrumento de poder, en una herramienta de control, en un arma de opresión. Y lo habían hecho durante siglos, durante milenios, durante toda la historia de la humanidad.
Ahora, de pie sobre la fuente de mármol blanco en la Plaza del Redentor, Pablo observaba a la multitud que se había congregado para escucharlo. Miles de rostros, miles de corazones, miles de almas esperaban sus palabras, sus ojos brillando con una mezcla de esperanza y miedo, de curiosidad y desconfianza, de fe y desesperación. La plaza estaba tan llena como el día en que Jesua había predicado por primera vez, tan llena como el día en que había sido aclamado como mesías, tan llena como el día en que Elías había sido aclamado como profeta. Pero la atmósfera era diferente. No había euforia. No había celebración. No había alegría. Solo una tensión palpable, un silencio cargado de preguntas, una espera que parecía no tener fin, un momento de verdad que cambiaría todo.
La diferencia era que ahora, la verdad estaba a punto de ser revelada. La verdad completa. La verdad que cambiaría todo. La verdad que haría que el mundo nunca volviera a ser el mismo.
Pablo respiró hondo, sintiendo el peso del momento en sus hombros. Recordó las palabras de Jesua en la Última Cena: "La verdad os hará libres." Y supo que era hora de liberar a la humanidad. Era hora de romper las cadenas de la mentira. Era hora de abrir los ojos de los ciegos. Era hora de dejar que la luz entrara en la oscuridad.
—"Hermanos y hermanas" —comenzó Pablo, y su voz resonó con una claridad que parecía venir de otro mundo, una claridad que llenó cada rincón de la plaza, que llegó a cada corazón, que tocó cada alma. El viento se detuvo, como si la naturaleza misma estuviera escuchando. El sol pareció brillar más intensamente, como si el cielo estuviera bendiciendo sus palabras—. "He venido hoy para deciros la verdad. La verdad completa. La verdad que ha estado oculta durante décadas, durante siglos, durante milenios. La verdad que los poderosos han tratado de ocultar. La verdad que los Guardianes de la Profecía han tratado de enterrar."
La multitud enmudeció. El silencio era absoluto, tan profundo que se podía oír el latido de los corazones, el susurro de las oraciones, el crujir de la ropa, el temblor de los labios, el parpadeo de los ojos. Miles de personas contenían el aliento, esperando lo que iba a venir, sabiendo que nada volvería a ser igual.
—"Elías no era un profeta" —continuó Pablo, su voz llena de emoción, sus ojos brillando con lágrimas que no podía contener. Recordó la imagen de Elías arrodillado, confesando todo, y sintió una mezcla de compasión y dolor—. "Era un clon. Un clon de Jesua. Creado por una facción secreta dentro del Vaticano. Una facción que quería controlar el movimiento religioso. Una facción que quería manipular a la gente. Una facción que quería mantener el poder. Una facción que había estado operando durante siglos."
Un murmullo recorrió la multitud como una ola, un susurro que crecía y se intensificaba, llenando el aire de preguntas y dudas. Algunos lloraban, sus lágrimas corriendo por sus mejillas como ríos de dolor. Otros gritaban, sus voces desgarradas por la ira y la confusión. Otros se arrodillaban y rezaban, sus manos levantadas hacia el cielo, sus labios moviéndose en oraciones silenciosas. La fe de muchos se tambaleaba, y el miedo se extendía como un virus.
—"Pero hay más" —dijo Pablo, y su voz se volvió más grave, más seria, más profunda. Sintió que las palabras salían de lo más profundo de su ser, guiadas por el Espíritu que habitaba en él—. "La facción no era solo un grupo de cardenales corruptos. Era una organización más antigua. Una organización que ha existido desde el principio de la Iglesia. Una organización que ha manipulado la fe de la humanidad durante siglos. Una organización que ha matado en nombre de Dios para mantener su poder. Una organización que ha creado falsos profetas, que ha manipulado las Escrituras, que ha asesinado a los que se atrevían a desafiar su autoridad."