Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas y Múltiples ubicaciones (Dos semanas después de la revelación de Elías)
La verdad había sido revelada, y la ciudad estaba sumida en el caos.
No era el caos de la guerra, con sus explosiones y sus disparos, con sus edificios derrumbándose y sus calles llenas de escombros. Era un caos más profundo, más insidioso, más peligroso. Era el caos de las almas que habían perdido su ancla, de los corazones que habían sido rotos, de las mentes que ya no sabían qué creer, de los ojos que ya no sabían a dónde mirar. Era el caos de la fe tambaleándose como un barco en medio de una tormenta, de la esperanza desvaneciéndose como la niebla al amanecer, del amor siendo puesto a prueba como nunca antes había sido puesto a prueba en la historia de la humanidad.
La revelación de que Jesua era el verdadero mesías, que los Guardianes de la Profecía lo habían asesinado y que Elías era un clon creado para manipular a la humanidad, había sacudido los cimientos de la fe de millones de personas en todo el sistema solar. Las noticias se habían extendido como un incendio forestal, consumiendo todo a su paso. En las plazas, en los mercados, en los hogares, en los lugares de trabajo, la gente discutía, debatía, lloraba, se enfurecía. Algunos se aferraban a la verdad como un náufrago a una tabla en medio del océano, sus manos temblorosas, sus corazones latiendo con la fuerza de la desesperación. Otros la rechazaban con violencia, prefiriendo la mentira cómoda a la verdad dolorosa, el engaño familiar a la realidad desconocida. Otros simplemente no sabían qué hacer, paralizados por la incredulidad, por el miedo, por la duda, sus mentes incapaces de procesar la magnitud de lo que habían escuchado.
Pablo estaba en el centro de todo, tratando de mantener la unidad entre los que aún creían, tratando de guiar a su pueblo a través de la tormenta, tratando de construir una resistencia contra los Guardianes de la Profecía que fuera lo suficientemente fuerte como para enfrentarlos. Pero el peso de la responsabilidad era casi insoportable, una montaña que se elevaba sobre sus hombros y amenazaba con aplastarlo. Las noches se volvían más largas y más oscuras, y las dudas se acumulaban en su corazón como piedras en una montaña, cada una más pesada que la anterior, cada una más difícil de llevar.
Las catacumbas, que habían sido su refugio durante tanto tiempo, ahora parecían más pequeñas, más oscuras, más opresivas. Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre él, y el silencio, que antes había sido un consuelo, ahora era un recordatorio constante de todo lo que había perdido, de todo lo que estaba en juego, de todo lo que podía perder. El goteo del agua de condensación sonaba como un reloj que contaba los segundos que le quedaban, y el viento que se filtraba por los conductos de ventilación traía el olor a tierra y a olvido, un olor que decía que el mundo seguía girando, que la vida seguía su curso, que la historia seguía escribiéndose sin él.
—No podemos permitir que los Guardianes de la Profecía sigan controlando la fe de la humanidad —dijo Pablo, en una reunión con los líderes de la Iglesia de la Verdad en la cámara principal de las catacumbas. Su voz era firme, pero en sus ojos se veía el cansancio de un hombre que ha llevado demasiado peso durante demasiado tiempo. La cámara estaba llena de caras sombrías, de miradas cargadas de preocupación y determinación. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados. Cristian estaba a su derecha, con el rostro marcado por las arrugas del esfuerzo; Daichar a su izquierda, con sus puños apretados sobre la mesa; Angélica al fondo, con los ojos brillantes de furia contenida; Zamtio junto a ella, con su juventud y su fe temblorosa; Teus en una esquina, con su inteligencia y su calma; Ximena a su lado, con su amor y su apoyo inquebrantables—. Han manipulado a la humanidad durante siglos. Han matado en nombre de Dios. Han creado falsos profetas para controlar a las masas. Han asesinado al verdadero mesías. Y debemos detenerlos. No podemos permitir que sigan destruyendo la fe de la humanidad.
—¿Y cómo vamos a detenerlos? —preguntó Angélica, con voz frustrada, sus puños golpeando la mesa con fuerza. Su rostro estaba pálido, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. Había perdido a amigos en la guerra civil religiosa, y el dolor de esas pérdidas aún estaba fresco en su corazón—. Son una organización antigua y poderosa. Tienen recursos, tienen influencia, tienen contactos en todos los niveles de la sociedad. No sabemos ni siquiera quiénes son realmente. No sabemos cuántos son. No sabemos dónde se esconden. No sabemos cómo operan.
—Tenemos a Elías —dijo Cristian, con voz grave, su rostro iluminado por la tenue luz de las velas—. Él ha visto los archivos. Él ha visto los documentos. Él conoce sus nombres, sus rostros, sus escondites. Puede ayudarnos. Puede darnos la información que necesitamos para enfrentarlos.
—¿Y si está mintiendo? —preguntó Daichar, con desconfianza, sus ojos entrecerrados. Su voz era ronca, y sus manos se movían inquietas sobre la mesa—. ¿Y si todo esto es parte de un plan más grande de los Guardianes de la Profecía? ¿Y si nos está utilizando para sus propios fines? ¿Y si estamos siendo manipulados de nuevo?
—No está mintiendo —dijo Pablo, con voz firme, su mirada fija en Daichar—. Lo he visto en sus ojos. Lo he sentido en su corazón. Elías ha cambiado. Ha encontrado la verdad. Ha encontrado el arrepentimiento. Y está dispuesto a ayudar. No podemos dejar que el miedo nos ciegue.
—¿Y si te equivocas? —insistió Daichar, su voz cargada de escepticismo—. ¿Y si estás siendo manipulado? ¿Y si todo esto es una trampa?
—Entonces confiaré en el Padre —dijo Pablo, con una calma que contrastaba con la furia de Daichar, una calma que venía de lo más profundo de su ser—. Y seguiré adelante. Porque la verdad siempre prevalece. Y el amor siempre vence. Y la fe siempre triunfa.