God's False Prophets: La Guerra de Sangre

Capítulo XIII: El Sacrificio de Ximena

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas y Vaticano (Tres días después de la revelación de Elías)

La revelación había sido un arma de doble filo, una espada que cortaba en ambas direcciones, una verdad que liberaba y condenaba al mismo tiempo.

Por un lado, había despertado a millones de personas, había abierto sus ojos a la realidad que durante siglos había estado oculta, había encendido una llama de esperanza en sus corazones que ningún poder humano podría apagar. Las calles de Nueva Jerusalén se llenaron de manifestaciones pacíficas, de cánticos de libertad, de oraciones de gratitud. La gente ya no caminaba con la cabeza gacha, con la mirada perdida, con el alma vacía. Ahora caminaban con la frente en alto, con los ojos brillantes, con los corazones llenos de una certeza que no habían tenido antes: la certeza de que la verdad finalmente había salido a la luz, de que la mentira había sido derrotada, de que la oscuridad se estaba disipando.

Pero por otro lado, la revelación también había despertado a la bestia. Había sacado a la luz a los monstruos que se escondían en las sombras, había obligado a los depredadores a salir de sus guaridas, había desatado una furia que no se había visto en siglos.

Los Guardianes de la Profecía, que durante siglos habían operado en las sombras, tejiendo sus redes de mentira y manipulación, controlando los hilos del poder desde las profundidades de la oscuridad, habían decidido salir a la luz. Ya no se escondían. Ya no negaban su existencia. Ya no fingían que no existían. Ahora, actuaban abiertamente, con la fuerza y la crueldad de un depredador que ha sido acorralado y sabe que debe luchar por su supervivencia. Sus agentes se movían por las calles como sombras, sus soldados marchaban en formaciones perfectas, sus líderes pronunciaban discursos desde los púlpitos, declarando que la verdad era una mentira y que ellos eran los verdaderos guardianes de la fe.

Y su primer objetivo era Pablo.

Pablo lo sabía. Lo había sentido en el aire, en el silencio que precedía a la tormenta, en la mirada de los agentes que lo seguían por las calles, en el susurro de los nombres que se pronunciaban en voz baja en las esquinas oscuras. Los Guardianes de la Profecía querían su cabeza. Querían silenciarlo. Querían que la verdad muriera con él. Querían que su mensaje fuera borrado de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido.

Pero no iban a tener éxito. No iban a ganar. No iban a silenciar la verdad.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Pablo, en una reunión con los líderes de la resistencia en la cámara principal de las catacumbas. Su voz era firme, pero en sus ojos se veía el cansancio de un hombre que ha llevado demasiado peso durante demasiado tiempo. La cámara estaba llena de caras sombrías, de miradas cargadas de preocupación y determinación. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados—. Los Guardianes de la Profecía están buscándome. Han puesto una recompensa por mi cabeza. Están rastreando cada movimiento que hago, cada palabra que digo, cada persona con la que hablo. Si me encuentran, me matarán. Y si me matan, la resistencia morirá conmigo. La verdad morirá conmigo. La esperanza morirá conmigo.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Angélica, con voz preocupada, sus puños apretados sobre la mesa, sus ojos brillando con una mezcla de ira y miedo—. ¿Vamos a escondernos? ¿Vamos a huir? ¿Vamos a esperar a que nos encuentren?

—No —dijo Pablo, con voz firme, con una determinación que no se había apagado—. Vamos a atacar. Vamos a ir al Vaticano. Vamos a enfrentar a los Guardianes de la Profecía en su propio territorio. Vamos a mostrarles que no tenemos miedo. Vamos a mostrarles que la verdad no puede ser silenciada.

—¿Es una locura? —preguntó Daichar, con incredulidad, su voz ronca por el cansancio—. ¿Ir al Vaticano? ¿Enfrentarlos en su propio territorio? Están esperando que hagamos eso. Tienen trampas por todas partes. Han reforzado la seguridad. Han colocado francotiradores en cada tejado. Han minado las calles. Es una trampa mortal.

—Lo sé —dijo Pablo, con calma—. Pero no tenemos otra opción. Si no atacamos ahora, si no mostramos que no tenemos miedo, los Guardianes de la Profecía ganarán. Y si ganan, la humanidad estará perdida para siempre. La verdad será enterrada de nuevo. La mentira volverá a reinar.

—¿Y si morimos? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con lágrimas—. ¿Y si caemos en la trampa? ¿Y si todo esto es en vano?

—Entonces moriremos —dijo Pablo, con una sonrisa de paz—. Pero moriremos luchando. Moriremos por la verdad. Moriremos por el amor. Moriremos por la fe. Moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir.

—Estoy contigo —dijo Ximena, tomando su mano, sus ojos brillando con amor y determinación—. Donde vayas, iré. Pase lo que pase, estaré a tu lado. Hasta el final. Hasta la muerte. Hasta la eternidad.

Pablo la miró largamente. En sus ojos había una tristeza profunda, pero también una paz infinita, una paz que decía que todo estaba bien, que todo estaría bien, que todo era parte de un plan más grande.

—Gracias, Ximena —dijo—. Gracias por estar siempre a mi lado. Gracias por creer en mí. Gracias por amarme. No sé qué haría sin ti.

La noche antes del ataque, Pablo y Ximena estaban solos en su celda. La luz de una vela parpadeaba en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones. El silencio era profundo, roto solo por el goteo constante del agua de condensación y el susurro de sus respiraciones.

—Tengo miedo —admitió Ximena, su voz apenas un susurro, sus ojos fijos en los de Pablo—. Tengo miedo de perderte. Tengo miedo de no volver a verte. Tengo miedo de que mañana sea el último día que pasemos juntos.




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