Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (Horas después de la muerte de Ximena)
El dolor era un compañero constante, un peso que Pablo llevaba en el pecho como una losa de mármol, un fuego que ardía en su interior sin consumirse nunca, una herida abierta que sangraba con cada latido de su corazón. La muerte de Ximena había dejado un vacío que nada podía llenar, una ausencia que sentiría para siempre, un silencio que resonaba en su alma como un eco eterno. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro. Cada vez que escuchaba el viento, oía su voz. Cada vez que sentía el calor del sol, recordaba su abrazo. Pero no podía detenerse. No podía rendirse. No podía permitir que el dolor lo paralizara. Ximena había dado su vida por él, por la verdad, por el amor, por la fe. Debía honrar su sacrificio. Debía cumplir su misión. Debía terminar lo que habían comenzado juntos.
Los soldados de la resistencia habían logrado abrirse paso hasta el interior del Vaticano, pero el camino había sido sangriento, un infierno de fuego y acero que había dejado una estela de muerte a su paso. Más de la mitad de sus hombres habían caído, sus cuerpos esparcidos por los pasillos de mármol como hojas secas en otoño, sus almas partiendo hacia lo desconocido, sus vidas entregadas por una causa que trascendía cualquier comprensión humana. Los que quedaban estaban exhaustos, heridos, sus rostros pálidos y ensangrentados, sus ojos brillando con el cansancio de una batalla que parecía no tener fin. Pero su determinación era inquebrantable. Habían visto a Ximena caer. Habían visto el dolor de Pablo. Habían sentido el peso de la pérdida. Y eso los había unido más que nunca, transformando su dolor en fuerza, su miedo en valor, su desesperación en fe.
—La Sala del Sínodo está al final de este pasillo —dijo Cristian, su voz ronca por el cansancio y el esfuerzo, señalando hacia adelante con una mano ensangrentada. Su rostro estaba pálido, marcado por el polvo y el sudor, y sus ojos mostraban signos de una fatiga que iba más allá de lo físico. Había perdido a muchos amigos en aquella guerra, y su voz reflejaba el peso de todas esas pérdidas—. Los Guardianes de la Profecía se han atrincherado allí. Han barricado las puertas y colocado trampas en el pasillo. Es su último bastión. Si logramos derrotarlos, la guerra habrá terminado. Si logramos entrar, habremos ganado. Si logramos sobrevivir, habremos triunfado.
—¿Cuántos son? —preguntó Daichar, su voz tensa, sus manos apretando el rifle con fuerza. Su rostro estaba cubierto de sangre, pero su mirada seguía siendo firme, sus ojos brillando con la determinación de un guerrero que ha visto demasiada muerte para tener miedo.
—No lo sabemos —admitió Cristian, negando con la cabeza—. Pero no importa. Tenemos la verdad de nuestro lado. Tenemos el amor de nuestro lado. Tenemos la fe de nuestro lado. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que ellos tienen.
Pablo guardó silencio, sintiendo el peso de las palabras de Cristian en su corazón. Sabía que tenía razón. Sabía que la verdad, el amor y la fe eran más poderosos que cualquier ejército, que cualquier arma, que cualquier mentira. Pero también sabía que el camino sería difícil. Sabía que habría más muertes. Sabía que el costo sería alto. Sabía que algunos de los que estaban a su lado no verían el amanecer.
Caminó entre los soldados, tocando sus hombros, mirando sus ojos, sintiendo su fe. Cada uno de ellos había dado todo lo que tenía. Cada uno de ellos había sacrificado todo lo que amaba. Cada uno de ellos estaba dispuesto a morir por la verdad.
—"Hermanos y hermanas" —dijo, su voz resonando en el pasillo, llenando cada rincón con su claridad, llegando a cada corazón—. "Hemos llegado al final del camino. La última batalla está frente a nosotros. Los Guardianes de la Profecía nos esperan. Pero no debemos temer. Porque el Padre está con nosotros. Y mientras estemos unidos, no podemos ser vencidos. No importa cuántos sean. No importa cuántas armas tengan. No importa cuánto intenten destruirnos. Mientras estemos unidos, somos invencibles."
—¡Amén! —gritaron los soldados, sus voces unidas en un solo grito que resonó en los pasillos de mármol, que sacudió los cimientos del Vaticano.
—"Ximena dio su vida por nosotros" —continuó Pablo, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, sintiendo que el dolor se mezclaba con la determinación—. "Ximena dio su vida por la verdad. Ximena dio su vida por el amor. Ximena dio su vida por la fe. Ximena dio su vida para que nosotros pudiéramos estar aquí, en este momento, enfrentando a nuestros enemigos. Y no podemos dejar que su sacrificio sea en vano."
—¡No! —gritaron los soldados, sus voces llenas de emoción y determinación.
—"Así que avanzad" —dijo Pablo, su voz llena de autoridad y amor—. "Luchad. Y no os rindáis. Porque la verdad siempre prevalece. El amor siempre vence. La fe siempre triunfa. No importa lo que pase. No importa lo que suframos. No importa lo que perdamos. La verdad siempre prevalece."
—¡Amén!
Pablo levantó su espada, la misma espada que había llevado desde el principio, la misma espada que había sido testigo de tantas batallas, de tantas pérdidas, de tantas victorias, y señaló hacia las puertas de la Sala del Sínodo.
—"¡Por Ximena!" —gritó—. "¡Por la verdad! ¡Por el amor! ¡Por la fe!"
Los soldados respondieron con un grito de guerra, un rugido que parecía venir de lo más profundo de sus almas, y avanzaron hacia las puertas.
Las puertas de la Sala del Sínodo se abrieron de par en par, revelando el interior de la cámara donde todo había comenzado, donde Jesua había sido juzgado, donde Elías había sido aclamado, donde la historia de la humanidad había tomado giros inesperados. La sala estaba vacía, iluminada por la tenue luz de las lámparas de plasma que parpadeaban en el techo, creando sombras danzantes en las paredes de mármol. Pero en el centro, de pie sobre el tribunal que una vez había juzgado a Jesua, había una figura encapuchada.