God's False Prophets: La Guerra de Sangre

Capítulo XV: La Victoria de la Verdad

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (El amanecer después de la muerte de Fiore)

La noche había sido larga, interminable, como un abismo sin fondo del que parecía imposible escapar, como una pesadilla que se repetía una y otra vez sin tregua, sin descanso, sin esperanza. El peso de la batalla, el peso de las pérdidas, el peso de la responsabilidad habían caído sobre Pablo como una montaña que amenazaba con aplastarlo. Había visto morir a Ximena. Había visto morir a Fiore. Había visto caer a miles de soldados, sus cuerpos esparcidos por los pasillos de mármol, sus almas partiendo hacia lo desconocido. Y había sentido que una parte de él moría con cada uno de ellos.

Pero finalmente, el amanecer llegó.

El sol se elevó sobre el horizonte de Nueva Jerusalén, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados, como si el mismo cielo estuviera celebrando el fin de la oscuridad, como si la luz estuviera regresando después de una larga noche de invierno. La luz se filtró a través de las ventanas rotas del Vaticano, iluminando los pasillos de mármol manchados de sangre, los cuerpos de los caídos, los rostros de los sobrevivientes, las lágrimas de los que lloraban. La luz tocó cada rincón de la ciudad, cada herida abierta, cada corazón roto, cada alma cansada.

Pablo estaba en el centro de la Sala del Sínodo, arrodillado junto al cuerpo de Fiore, con el corazón dividido entre la compasión y la condena, con el alma desgarrada entre el perdón y la justicia, con la mente llena de preguntas que no tenían respuesta. La batalla había sido ganada, la verdad había prevalecido, el amor había vencido, la fe había triunfado. Pero el costo había sido inmenso, devastador, casi insoportable. Ximena había muerto. Fiore había muerto. Vieri había muerto. Rossi había muerto. Miles de personas habían muerto. La ciudad estaba en ruinas, y el futuro era incierto, un territorio desconocido que nadie sabía cómo navegar, un camino lleno de sombras y peligros.

Pero la verdad había prevalecido.

Se levantó lentamente, sintiendo el peso de la responsabilidad en sus hombros, sintiendo el peso del dolor en su corazón, sintiendo el peso de las pérdidas en su alma. Miró a los soldados que lo rodeaban, los sobrevivientes de la última batalla, los que habían logrado atravesar el infierno y llegar al otro lado. Vio en sus ojos la misma mezcla de dolor y esperanza que él sentía, la misma fatiga y determinación, la misma fe que no se había apagado a pesar de todo.

—"Hermanos y hermanas" —dijo, su voz resonando en el silencio de la sala, llenando cada rincón con su claridad, llegando a cada corazón—. "La batalla ha terminado. La guerra de Sangre ha terminado. La verdad ha prevalecido. El amor ha vencido. La fe ha triunfado. La oscuridad ha sido derrotada."

—¡Amén! —gritaron los soldados, sus voces unidas en un solo grito que resonó en los pasillos de mármol, que sacudió los cimientos del Vaticano, que se elevó hacia el cielo.

—"Pero el costo ha sido alto" —continuó Pablo, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, corriendo por sus mejillas como ríos de dolor y gratitud—. "Hemos perdido a muchos. Hemos perdido a amigos, a hermanos, a seres queridos. Hemos perdido a Ximena. Hemos perdido a Fiore. Hemos perdido a todos los que dieron su vida por la verdad. Hemos perdido a los que creyeron, a los que esperaron, a los que amaron."

—¡Amén!

—"Pero no debemos olvidarlos" —dijo Pablo, su voz llena de emoción y determinación—. "No debemos dejar que su sacrificio sea en vano. Debemos honrar su memoria. Debemos continuar su lucha. Debemos construir el mundo por el que dieron su vida. Debemos ser dignos de su sacrificio."

—¿Cómo vamos a hacer eso? —preguntó Cristian, dando un paso adelante, su rostro marcado por el cansancio y el dolor, sus ojos brillando con la luz de la esperanza—. ¿Cómo vamos a reconstruir lo que se ha perdido? ¿Cómo vamos a sanar las heridas que nos han dejado?

Pablo lo miró largamente. En sus ojos había una tristeza profunda, pero también una paz infinita, una paz que decía que todo estaba bien, que todo estaría bien, que todo era parte de un plan más grande.

—"Vamos a reconstruir" —dijo—. "Vamos a reconstruir la ciudad. Vamos a reconstruir la Iglesia. Vamos a reconstruir la fe. Vamos a construir un mundo donde la verdad siempre prevalezca. Un mundo donde el amor siempre venza. Un mundo donde la fe siempre triunfe. Un mundo donde la oscuridad nunca vuelva a reinar."

—¿Y la amenaza que Fiore mencionó? —preguntó Daichar, con voz tensa, sus puños apretados—. ¿La amenaza que viene de fuera del sistema solar? ¿Qué vamos a hacer cuando llegue?

Pablo guardó silencio. Las palabras de Fiore resonaban en su mente como un eco persistente, una advertencia que no podía ignorar: "Una amenaza que destruirá todo lo que has construido."

—"No lo sé" —admitió—. "Pero sea lo que sea, la enfrentaremos. Como hemos enfrentado todo lo demás. Con la verdad. Con el amor. Con la fe. Con la esperanza. Con la unidad."

—¿Y si es demasiado? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con miedo—. ¿Y si no podemos vencerla?

Pablo lo miró largamente. En sus ojos había una determinación que Zamtio no había visto antes, una luz que decía que nada podía detenerlo, que nada podía doblegarlo, que nada podía hacerlo rendirse.

—"Entonces moriremos" —dijo—. "Pero moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Moriremos sabiendo que luchamos por la verdad. Moriremos sabiendo que amamos. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir."

La reconstrucción de Nueva Jerusalén comenzó al amanecer, cuando los primeros rayos de sol tocaron las ruinas de la ciudad y la luz comenzó a disipar las sombras de la noche.

Los sobrevivientes de la guerra, los que habían luchado junto a Pablo, los que habían visto la verdad y habían creído, los que habían perdido todo y habían encontrado la esperanza, se unieron para reconstruir la ciudad. Trabajaron día y noche, sin descanso, sin tregua, sin rendirse. Levantaron los edificios que habían caído, ladrillo por ladrillo, piedra por piedra. Limpiaron las calles de escombros y cadáveres, devolviéndoles la vida que habían perdido. Enterraron a los muertos con el honor que merecían, con lágrimas en los ojos y oraciones en los labios. Y comenzaron a construir un futuro mejor, un futuro basado en la verdad, en el amor, en la fe.




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