God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo I: Las Cenizas del Milagro

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central - Plaza del Redentor (Tres días después del milagro)

El milagro había ocurrido hacía tres días, pero la plaza seguía llena.

Millones de personas se habían congregado en el lugar donde Jesua había sobrevivido a la ejecución. Muchos no habían dormido desde entonces, alimentados por la emoción y la fe. Otros habían llegado de ciudades lejanas, de colonias espaciales, de mundos que apenas conocían la existencia de Nueva Jerusalén. Todos querían ver al profeta que había desafiado a la muerte.

Pero Jesua no estaba allí.

Desde aquel amanecer en que la soga se había roto y la luz blanca lo había envuelto, Jesua había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía cuándo volvería. Solo habían dejado un mensaje, transmitido a través de Emilio:

"Id a vuestras casas. Descansad. Rezad. Preparaos. Porque la guerra apenas comienza, y cuando regrese, será para librar la batalla final."

La multitud había obedecido, pero no se había dispersado. Se habían instalado en la plaza, en las calles adyacentes, en los parques cercanos. Habían formado una ciudad improvisada de tiendas de campaña y refugios temporales, esperando el regreso de su profeta.

Pablo observaba la escena desde una terraza elevada, con el rostro cansado y los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Había pasado los últimos tres días coordinando los esfuerzos de los seguidores de Jesua, asegurándose de que la multitud estuviera alimentada y protegida. Pero ahora, mientras observaba el mar de tiendas de campaña que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, sentía que el peso del mundo caía sobre sus hombros.

—¿Cómo estás? —preguntó Ximena, acercándose a él con dos tazas de café sintético.

—Cansado —admitió Pablo, tomando una de las tazas—. Pero no puedo dormir. Hay demasiado que hacer.

—Tienes que descansar, Pablo. No puedes hacerlo todo solo.

—Lo sé. Pero no puedo parar. No ahora. No cuando todo está tan frágil.

Ximena lo miró con preocupación.

—¿Qué quieres decir con "frágil"?

Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—La gente está emocionada. Está eufórica. Creen que el milagro significa que todo va a salir bien. Pero no entienden lo que realmente está pasando.

—¿Y qué está pasando?

Pablo se volvió hacia ella. Sus ojos estaban llenos de una preocupación que no había mostrado antes.

—El Vaticano no se ha rendido. Martelli sigue en el poder, y está más furioso que nunca. Ha ordenado una investigación sobre lo que pasó en la plaza. Dice que fue un truco, un engaño, una manipulación tecnológica.

—¿Y la gente le cree?

—Algunos sí. Los que quieren creer en la autoridad del Vaticano. Los que tienen miedo de que todo lo que han creído sea una mentira. Pero la mayoría... la mayoría ha visto el milagro con sus propios ojos. No pueden negarlo.

—Entonces, ¿por qué estás preocupado?

Pablo bajó la mirada.

—Porque el milagro no es el final. Es solo el principio. Y lo que viene después... será peor. Mucho peor.

Ximena lo tomó de la mano.

—Pase lo que pase, estaremos juntos. ¿De acuerdo?

Pablo levantó la mirada y sonrió débilmente.

—De acuerdo.

En el Vaticano, la tensión era palpable.

El Cardenal Martelli estaba reunido con los cardenales más leales en la Sala del Sínodo. Sus rostros estaban pálidos y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. La crisis que había comenzado con la aparición de Jesua había alcanzado un punto crítico.

—Tenemos que hacer algo —dijo Martelli, golpeando la mesa con el puño—. No podemos permitir que este hereje siga engañando a la gente.

—Pero ¿cómo? —preguntó el Cardenal Fiore—. La gente lo ha visto sobrevivir a la ejecución. Lo consideran un milagro. Si intentamos detenerlo, habrá una revuelta.

—No me importa —dijo Martelli—. La revuelta será sofocada.

—¿Y si la revuelta no puede ser sofocada? —preguntó Benítez, que había estado en silencio hasta entonces—. ¿Y si la gente se levanta en masa? ¿Y si la Iglesia se desmorona?

Martelli lo miró con desprecio.

—La Iglesia no se desmoronará. Ha sobrevivido a persecuciones peores. Sobrevivirá a esta también.

—Pero Cardenal...

—¡Basta! —gritó Martelli—. No vamos a discutir esto. He tomado una decisión. Vamos a declarar a Jesua un enemigo público. Vamos a ofrecer una recompensa por su captura. Y vamos a enviar a nuestros mejores soldados para que lo encuentren y lo maten.

—¿Matarlo? —preguntó Fiore, con incredulidad—. Pero Cardenal, si lo matamos...

—Si lo matamos, el problema se acabará —dijo Martelli—. La gente olvidará. Encontrarán a otro líder, a otra distracción. Y la Iglesia sobrevivirá.

—Pero ¿y si la gente no olvida? ¿Y si la gente se rebela?

Martelli se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana. Abajo, la Plaza de San Pedro estaba vacía. La multitud que normalmente se congregaba allí se había desplazado a la Plaza del Redentor.

—Entonces tendremos que usar la fuerza —dijo, con voz fría—. La fuerza que siempre hemos usado. La fuerza que nos ha mantenido en el poder durante siglos.

—¿Está seguro de que es lo correcto?

Martelli se volvió para enfrentarlo. En sus ojos había una luz fría y peligrosa.

—No importa si es lo correcto. Importa si es necesario. Y créeme, Benítez: es necesario.

En las catacumbas, los miembros de La Verdad del Libro estaban reunidos en la cámara principal. Cristian había convocado una reunión de emergencia después de recibir información de sus contactos en el Vaticano.

—He recibido noticias —dijo Cristian, con el rostro grave—. Martelli ha declarado a Jesua un enemigo público. Ha ofrecido una recompensa por su captura. Y ha enviado a sus mejores soldados para que lo encuentren y lo maten.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Angélica—. ¿Nos escondemos? ¿Luchamos?

—No podemos escondernos —dijo Daichar—. Si nos escondemos, ellos ganan.



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 03.07.2026

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