God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo II: El Despertar de la Ira

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Vaticano - Sala del Sínodo (Una semana después del milagro)

El Cardenal Martelli estaba furioso.

Habían pasado siete días desde que Jesua había sobrevivido a la ejecución. Siete días desde que el milagro había sacudido los cimientos del Vaticano. Siete días desde que la autoridad de la Iglesia había sido desafiada como nunca antes.

Y en esos siete días, la situación había empeorado.

Los seguidores de Jesua se habían multiplicado como un incendio en un bosque seco. Ya no eran solo los habitantes de Nueva Jerusalén los que lo seguían. Ahora, las noticias del milagro se habían extendido por todo el sistema solar. En Marte, en Venus, en las colonias del cinturón de asteroides, en las estaciones espaciales que orbitaban Júpiter y Saturno, la gente hablaba de Jesua. La gente creía en Jesua. La gente estaba dispuesta a morir por Jesua.

Y en el Vaticano, la división era cada vez más profunda.

—Cardenal —dijo el Cardenal Fiore, con voz temblorosa—. Acabo de recibir noticias de la colonia de Marte. Miles de personas se han reunido en la Plaza de la Redención. Están exigiendo que el Vaticano reconozca a Jesua como el enviado de Dios.

—¡Es una insurrección! —gritó Martelli, golpeando la mesa—. ¡Una rebelión abierta contra la autoridad de la Iglesia!

—Cardenal, tal vez deberíamos considerar... —empezó Benítez.

—¿Considerar qué? —lo interrumpió Martelli, con los ojos brillando de ira—. ¿Considerar la posibilidad de que ese hereje tenga razón? ¿Considerar la posibilidad de que todo lo que hemos construido durante siglos sea una mentira?

—No, Cardenal. Solo digo que tal vez deberíamos ser más... diplomáticos.

—¿Diplomáticos? —Martelli rió con amargura—. ¿Diplomáticos con un hombre que está destruyendo la Iglesia? ¿Diplomáticos con un hombre que está llevando a la gente al pecado? ¿Diplomáticos con un hombre que se atreve a desafiar la autoridad del Vaticano?

—Pero Cardenal...

—¡Basta! —gritó Martelli, levantándose de su asiento—. No voy a ser diplomático. No voy a negociar con herejes. No voy a ceder ante un falso profeta.

Se volvió hacia la ventana y miró la Plaza de San Pedro, que permanecía vacía. La multitud que normalmente se congregaba allí se había desplazado a la Plaza del Redentor, donde seguían esperando el regreso de Jesua.

—He tomado una decisión —dijo—. Vamos a enviar a nuestros mejores soldados a Marte. Van a arrestar a todos los que estén protestando. Y si es necesario, van a usar la fuerza.

—Pero Cardenal, eso podría provocar una guerra —dijo Fiore.

—Que provoque una guerra —respondió Martelli—. La guerra es necesaria. La guerra purifica. La guerra destruye el mal.

—¿Y si la guerra no destruye el mal? ¿Y si la guerra solo lo fortalece?

Martelli se volvió para enfrentarlo. En sus ojos había una luz fría y peligrosa.

—Entonces haremos lo que siempre hemos hecho. Lucharemos hasta el final. Y cuando termine, la Iglesia seguirá en pie. Como siempre ha estado.

Mientras Martelli planeaba su respuesta en el Vaticano, en las catacumbas, Pablo y los suyos se preparaban para lo que sabían que iba a venir.

Habían pasado una semana desde que Pablo había visitado a Jesua en el monasterio. Una semana desde que el profeta le había pedido que reuniera a los creyentes y los preparara para la guerra. Una semana desde que la tensión entre el Vaticano y los seguidores de Jesua había alcanzado un punto crítico.

Y ahora, la guerra estaba a punto de estallar.

—He recibido noticias de Marte —dijo Cristian, con el rostro grave—. El Vaticano ha enviado soldados a la colonia. Están arrestando a los seguidores de Jesua. Están usando la fuerza.

—¿Hay víctimas? —preguntó Pablo.

—Todavía no. Pero si la situación sigue así, pronto las habrá.

—¿Y qué podemos hacer nosotros?

—No podemos hacer nada desde aquí —dijo Daichar—. Marte está a meses de distancia. Para cuando lleguemos, la situación ya se habrá resuelto.

—Pero podemos hacer algo aquí —dijo Angélica—. Podemos organizar protestas en Nueva Jerusalén. Podemos presionar al Vaticano para que detenga la violencia.

—¿Y si eso solo empeora las cosas? —preguntó Zamtio.

—No podemos quedarnos de brazos cruzados —dijo Ximena—. Si no hacemos nada, estamos permitiendo que la injusticia continúe.

Pablo levantó la mano para pedir silencio.

—Ximena tiene razón. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Pero tampoco podemos actuar sin pensar. Tenemos que ser estratégicos.

—¿Y cuál es tu estrategia? —preguntó Cristian.

Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Voy a hablar con Jesua. Voy a pedirle que regrese a la plaza. Que se dirija a la multitud. Que les diga lo que tiene que hacer.

—¿Crees que lo hará?

—No lo sé —admitió Pablo—. Pero tengo que intentarlo.

El monasterio estaba en silencio cuando Pablo llegó. Las velas parpadeaban en la oscuridad, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Jesua estaba sentado en la misma silla de madera, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en las rodillas.

—"Has vuelto" —dijo, sin abrir los ojos—. "Sabía que volverías."

—Necesito hablar contigo —dijo Pablo, acercándose—. La situación está empeorando. El Vaticano ha enviado soldados a Marte. Están arrestando a los seguidores. Van a empezar a matar gente si no hacemos algo.

Jesua abrió los ojos. Su mirada era serena, como la de un hombre que ya ha visto el final y no le teme.

—"Lo sé" —dijo—. "Lo sabía desde el principio."

—¿Y no te importa?

—"Me importa, Pablo. Me importa más de lo que puedes imaginar. Pero no puedo detenerlo."

—¿Por qué no?

Jesua se levantó lentamente y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche caía sobre el paisaje, tiñendo el cielo de tonos oscuros y profundos.

—"Porque esto es parte del plan, Pablo. La guerra que viene no puede ser evitada. Es necesaria. Es la única forma de que la humanidad despierte."



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 03.07.2026

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