God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo III: Las Primeras Gotas de Sangre

Año 20.260 - Colonia de Marte, Ciudad de Esperanza - Plaza de la Redención (Dos semanas después del milagro)

La Plaza de la Redención en Marte era muy diferente a la Plaza del Redentor en Nueva Jerusalén. Aquí, el cielo era de un tono rojizo permanente, y el aire era más delgado, más frío. Los edificios eran bajos y funcionales, construidos con materiales locales para resistir las tormentas de polvo que asolaban la superficie marciana.

Pero la multitud que se había congregado allí era igual a la de la Tierra. Miles de personas, hombres y mujeres de todas las edades, con los rostros iluminados por la fe y la esperanza. Habían llegado de todas las colonias marcianas, de los asentamientos mineros del cinturón de asteroides, de las estaciones de investigación en las lunas de Júpiter. Todos querían ver al profeta que había desafiado a la muerte. Todos querían creer en el milagro.

Pero Jesua no estaba allí.

En su lugar, un hombre llamado Marco, un ex minero de cuarenta y cinco años que había sido uno de los primeros en seguir a Jesua, se había convertido en el líder de los creyentes en Marte. Era un hombre de rostro duro y manos callosas, pero sus ojos brillaban con la misma luz que los de los demás.

—¡Hermanos y hermanas! —gritó Marco, subido a una plataforma improvisada en el centro de la plaza—. ¡Hemos sido perseguidos! ¡Hemos sido acusados! ¡Hemos sido condenados! Pero no hemos sido vencidos.

La multitud coreó sus palabras.

—¡La verdad! ¡La verdad! ¡La verdad!

—¡El Vaticano nos ha declarado enemigos! —continuó Marco—. ¡Han enviado a sus soldados para arrestarnos! ¡Pero no nos rendiremos! ¡Porque la verdad siempre prevalece!

—¡Amén! —gritó la multitud.

—¡Y aunque el profeta no esté aquí con nosotros, su espíritu está con nosotros! ¡Y mientras tengamos fe, no podemos ser vencidos!

—¡Amén!

Pero entonces, el ruido de los vehículos blindados interrumpió las palabras de Marco. Los soldados del Vaticano llegaron a la plaza, con sus armaduras blancas y sus cascos de visor completo. Sus rifles de aturdimiento brillaban con la luz del sol marciano.

—¡Por orden del Santo Sínodo! —gritó el comandante, una mujer de rostro duro y mirada fría—. ¡Disuelvan la multitud inmediatamente! ¡Cualquier resistencia será castigada!

La multitud se volvió hacia los soldados. Algunos retrocedieron asustados, otros se plantaron firmes, otros comenzaron a gritar insultos.

—¡No nos iremos! —gritó Marco.

—¡Este es nuestro derecho! —gritó otro.

—¡Váyanse!

El comandante levantó la mano. Los soldados levantaron sus rifles.

—¡Advertencia final! —gritó—. ¡Disuelvan la multitud o usaremos la fuerza!

—¡No nos rendiremos! —gritó Marco.

Y entonces, los soldados dispararon.

No eran balas. Eran proyectiles de aturdimiento, diseñados para incapacitar sin matar. Pero la multitud era densa, y los proyectiles golpearon a muchas personas. Gritos de dolor y confusión llenaron el aire.

—¡Retrocedan! —gritó Marco—. ¡Retrocedan! ¡No luchemos!

La multitud comenzó a dispersarse, pero algunos se quedaron, desafiando a los soldados.

—¡Luchen! —gritó un hombre joven—. ¡No podemos dejar que nos hagan esto!

—¡No! —gritó Marco—. ¡Jesua nos pidió que no usáramos la violencia! ¡Retrocedan!

Pero ya era demasiado tarde. Los soldados avanzaron, golpeando a la gente con sus escudos. La multitud se dispersó en todas direcciones, dejando atrás a los caídos.

Marco observó la escena con el corazón roto. Sabía que esto era solo el principio. Sabía que la guerra apenas comenzaba.

Pero también sabía que no podía rendirse.

Porque la verdad siempre prevalece.

Mientras la violencia estallaba en Marte, en Nueva Jerusalén, la situación también empeoraba.

Los seguidores de Jesua se habían organizado en grupos de resistencia. No usaban armas, pero estaban decididos a proteger a sus hermanos y hermanas de la persecución. Se reunían en secreto, compartían información, y planeaban sus movimientos.

Pablo estaba en el centro de todo. Había pasado las últimas dos semanas viajando entre los diferentes grupos, coordinando esfuerzos, asegurándose de que todos estuvieran preparados para lo que venía.

—He recibido noticias de Marte —dijo Cristian, entrando en la sala de reuniones en las catacumbas—. Los soldados del Vaticano han atacado. Hay heridos. No hay muertos, pero es solo cuestión de tiempo.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Angélica—. ¿Nos quedamos aquí esperando a que nos ataquen a nosotros?

—No —dijo Pablo—. Vamos a prepararnos. Vamos a fortalecer nuestras defensas. Y vamos a esperar el momento adecuado para actuar.

—¿Y cuándo será ese momento?

Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Cuando Jesua regrese.

—¿Y si no regresa? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa—. ¿Y si nos ha abandonado?

—No nos ha abandonado —dijo Pablo—. Solo está esperando. Esperando el momento adecuado.

—¿Y cómo sabemos que ese momento llegará?

—Porque confiamos en él. Porque tenemos fe.

Mientras Pablo y los suyos se preparaban en las catacumbas, en el Vaticano, Martelli celebraba la victoria en Marte.

—¡Al fin! —gritó, levantando una copa de vino—. ¡Los herejes han sido dispersados! ¡La autoridad de la Iglesia ha sido restaurada!

—Cardenal —dijo Fiore, con voz preocupada—. No hay muertos, pero hay muchos heridos. La gente está furiosa. Esto podría provocar una reacción violenta.

—Que provoque una reacción violenta —dijo Martelli—. Estamos preparados para ella.

—Pero Cardenal, si la gente se rebela...

—¡La gente no se rebelará! —gritó Martelli—. ¡La gente teme a la Iglesia! ¡La gente respeta a la Iglesia! ¡La gente obedece a la Iglesia!

—¿Y si no es así? —preguntó Benítez, que había estado en silencio hasta entonces—. ¿Y si la gente ya no teme a la Iglesia? ¿Y si la gente ya no respeta a la Iglesia? ¿Y si la gente ya no obedece a la Iglesia?



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 03.07.2026

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