God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo IV: La Guerra de los Santos

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Tres semanas después del regreso de Jesua)

La guerra había comenzado.

No era la guerra que Pablo había imaginado en sus peores pesadillas. No había ejércitos enfrentándose en campos de batalla, ni explosiones que iluminaban el cielo nocturno, ni el estruendo de la artillería resonando entre los edificios. Era una guerra más sutil, más profunda, más peligrosa. Era una guerra de ideas, de palabras, de corazones y mentes. Y se libraba en cada rincón de la ciudad, en cada hogar, en cada corazón.

Los seguidores de Jesua se habían extendido como una marea imparable. Predicaban en las calles, en las plazas, en los mercados, en los parques. Sanaban a los enfermos, consolaban a los afligidos, devolvían la esperanza a los que la habían perdido. Y cada día, miles de personas se unían a ellos. Las cifras eran asombrosas: en tres semanas, el movimiento había pasado de unos pocos miles a más de diez millones en toda la colonia terrestre. En Marte, en Venus, en las estaciones espaciales, la gente hablaba de Jesua. La gente creía en Jesua. La gente estaba dispuesta a morir por Jesua.

El Vaticano respondía con más represión. Los arrestos se multiplicaban. Los soldados patrullaban las calles con sus armas de aturdimiento, dispersando las reuniones y llevándose a los que se atrevían a desafiar la autoridad de la Iglesia. Pero cuanto más oprimían, más se extendía la fe. Era como intentar apagar un incendio con gasolina. Cada arresto generaba diez nuevos creyentes. Cada golpe generaba cien nuevos mártires. La violencia del Vaticano se estaba convirtiendo en el mejor reclutador del movimiento de Jesua.

Pablo estaba en el centro de todo. Había pasado las últimas tres semanas viajando entre los diferentes grupos de resistencia, coordinando esfuerzos, asegurándose de que todos estuvieran preparados para lo que venía. Dormía apenas tres o cuatro horas por noche, y comía cuando podía, a menudo en movimiento. Su rostro estaba cansado, surcado por las arrugas del esfuerzo y la falta de sueño. Sus ojos, antes brillantes con la luz de la certeza, ahora estaban enrojecidos y cargados de una fatiga que iba más allá de lo físico. Pero su determinación seguía intacta, alimentada por una fe que se había vuelto más fuerte en las pruebas.

—Tenemos que movernos —dijo Ximena, entrando en la sala de reuniones en las catacumbas. Su rostro también mostraba signos de agotamiento, pero había en sus ojos una luz que no se apagaba—. Los soldados están en el distrito norte. Están arrestando a todos los que encuentran.

—¿Cuántos? —preguntó Pablo, levantando la cabeza del mapa que estaba estudiando.

—Cientos. Tal vez miles. Están siendo despiadados. He oído que están usando rifles de aturdimiento de alta potencia, de los que dejan secuelas permanentes. Algunos de los arrestados han sufrido daños cerebrales.

Pablo sintió que el estómago se le revolvía. No era la primera vez que escuchaba noticias así, pero cada nueva historia le provocaba la misma mezcla de ira y tristeza.

—¿Y qué está haciendo Jesua? —preguntó, aunque temía la respuesta.

Ximena guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Está predicando. En la Plaza del Redentor. Está diciendo a la gente que no tenga miedo, que confíe en Dios, que la verdad siempre prevalece. Pero también está... diferente.

—¿Diferente? ¿Cómo?

—Está más intenso. Más apasionado. Habla de la guerra inminente como si ya la estuviera viendo. Dice que el Vaticano caerá, que los poderosos serán derribados, que los humildes serán exaltados. Y la gente... la gente lo escucha con una devoción que asusta.

Pablo cerró los ojos. El peso del mundo parecía caer sobre sus hombros, más pesado que nunca.

—No podemos dejar que el miedo nos detenga —dijo finalmente, abriendo los ojos—. Si el miedo nos detiene, el enemigo habrá ganado. Pero si seguimos adelante, si seguimos luchando, si seguimos creyendo... entonces tenemos una oportunidad.

—¿Entonces qué hacemos?

Pablo se levantó de la silla. Su cuerpo protestó por el movimiento, pero su espíritu estaba firme.

—Vamos a la Plaza del Redentor. Vamos a unirnos a Jesua. Vamos a mostrar al mundo que no tenemos miedo. Vamos a mostrarles que la fe es más fuerte que la violencia, que la verdad es más fuerte que la mentira, que el amor es más fuerte que el odio.

Ximena lo miró largamente. Luego, lentamente, sonrió.

—Eso es todo lo que necesito oír.

La Plaza del Redentor estaba llena cuando llegaron. Millones de personas se habían congregado allí, a pesar de la amenaza de arresto. Estaban de pie, hombro con hombro, con los rostros iluminados por la fe y la esperanza. No había miedo en sus ojos, solo determinación. No había duda en sus corazones, solo certeza.

Jesua estaba en el centro, subido a la fuente de mármol blanco. Su voz resonaba en el aire con una claridad que parecía sobrenatural. No usaba amplificadores, pero cada palabra llegaba a todos los rincones de la plaza, como si el viento mismo la llevara.

—"No tengáis miedo de los que matan el cuerpo" —gritaba, sus brazos extendidos hacia la multitud—. "Temed a los que pueden destruir el alma. No tengáis miedo de la persecución. No tengáis miedo del sufrimiento. No tengáis miedo de la muerte. Porque el Padre está con vosotros. Y el Padre nunca os abandonará."

La multitud coreaba sus palabras, un rugido ensordecedor que parecía sacudir los cimientos de la ciudad.

—"El Vaticano nos ha declarado enemigos. Nos ha perseguido, nos ha arrestado, nos ha golpeado. Pero no nos ha vencido. Y no nos vencerá. Porque la verdad es más fuerte que la mentira. La luz es más fuerte que la oscuridad. El amor es más fuerte que el odio."

—¡Amén! —gritó la multitud, un coro de millones de voces.

—"Hoy, estamos aquí. Millones de personas, unidas por la fe, unidas por la esperanza, unidas por el amor. Y mientras estemos unidos, no podemos ser vencidos. No importa cuántos soldados envíen, no importa cuántas armas usen, no importa cuánto intenten silenciarnos. No podemos ser vencidos porque la verdad no puede ser vencida."



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 07.07.2026

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