Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Vaticano - Sala del Sínodo (Cuatro semanas después del regreso de Jesua)
El Cardenal Benítez había sido excomulgado.
La noticia había caído como un rayo en el Vaticano, provocando ondas de choque que se extendieron por cada pasillo, cada oficina, cada corazón. Benítez no era un cardenal cualquiera. Era un hombre de profunda fe, de sabiduría y de compasión. Había servido a la Iglesia durante más de cuarenta años, y su excomunión era un golpe devastador para muchos. Pero para Martelli, era una victoria.
Ahora, en la Sala del Sínodo, los cardenales se reunían para discutir las consecuencias. Las caras estaban pálidas, los ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. La crisis que había comenzado con la aparición de Jesua había alcanzado un punto crítico. La división que se había estado gestando durante semanas finalmente había estallado.
—¡Por fin! —gritó Martelli, levantando una copa de vino en su oficina privada, con los ojos brillando de satisfacción—. ¡El traidor ha sido eliminado!
—Cardenal —dijo Fiore, con voz preocupada—. La excomunión de Benítez ha causado un gran revuelo. Muchos fieles están indignados. Dicen que ha sido injusto.
—¿Injusto? —Martelli rió con amargura—. ¿Injusto? Benítez se ha alineado con el enemigo. Se ha negado a condenar a Jesua. Ha sembrado la duda entre los fieles. Era un peligro para la Iglesia. Y los peligros deben ser eliminados.
—Pero Cardenal, si los fieles se rebelan... —Fiore no terminó la frase. No necesitaba hacerlo. El miedo en sus ojos era suficiente.
—¡Los fieles no se rebelarán! —gritó Martelli, golpeando la mesa con el puño—. ¡Los fieles obedecerán! ¡Los fieles respetarán la autoridad de la Iglesia! ¡Y los que no lo hagan, serán tratados como Benítez!
—Pero Cardenal, la gente está viendo a Benítez como un mártir. Cuanto más lo perseguimos, más crece su influencia. Estamos haciendo exactamente lo que Jesua quiere: estamos demostrando que la Iglesia tiene miedo de la verdad.
Martelli se levantó lentamente. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una luz peligrosa.
—¿Tengo miedo de la verdad? —dijo, su voz baja y amenazante—. ¿Tengo miedo de la verdad? La verdad es que este es mi momento. Mi momento de demostrar quién es realmente el que tiene el poder. No Jesua, no Benítez, no esos herejes que se esconden en las catacumbas. Yo. El Cardenal Martelli. El guardián de la fe. El defensor de la Iglesia.
Fiore guardó silencio. Sabía que no podía discutir con Martelli cuando estaba en ese estado. Pero algo en su interior le decía que estaban cometiendo un error. Un error terrible que costaría vidas. Quizás incluso la Iglesia misma.
—¿Y qué hacemos con los seguidores de Benítez? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro—. Hay muchos cardenales y sacerdotes que lo apoyan. Si también los excomulgamos, la Iglesia se dividirá.
—¡Que se divida! —dijo Martelli, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. La división es necesaria. La división purifica. La división separa a los fieles de los herejes. Y cuando todo termine, la Iglesia será más fuerte. Más pura. Más verdadera.
—¿Y si no es más fuerte? —preguntó Fiore, reuniendo el valor que no había tenido antes—. ¿Y si la división la destruye? ¿Y si estamos cavando nuestra propia tumba?
Martelli lo miró con desprecio.
—Entonces la Iglesia no merecía sobrevivir. Y nosotros no merecíamos ser sus guardianes.
Mientras Martelli celebraba su victoria en el Vaticano, en las catacumbas, Benítez estaba siendo recibido por los miembros de La Verdad del Libro. Pablo, Ximena, Cristian, Daichar, Zamtio, Angélica, Teus y los demás estaban reunidos en la cámara principal, esperando al hombre que había sido uno de los cardenales más poderosos del mundo.
—Cardenal —dijo Pablo, con respeto—. No esperaba verlo aquí.
—Ya no soy cardenal, Pablo —respondió Benítez, con una sonrisa triste que surcaba su rostro cansado—. Soy solo un hombre. Un hombre que ha perdido su lugar en la Iglesia. Un hombre que ha sido despojado de todo lo que tenía.
—Pero su fe sigue intacta —dijo Ximena, con admiración.
—Mi fe sigue intacta —confirmó Benítez, y en sus ojos brilló una luz que no se había apagado—. Y eso es lo único que importa. He perdido mi título, he perdido mi posición, he perdido mi estatus. Pero no he perdido mi fe. Y mientras tenga fe, tengo todo.
—¿Qué lo trae aquí? —preguntó Cristian, su voz grave y cautelosa.
Benítez guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—He visto la verdad. He visto lo que Jesua está haciendo. He visto cómo la gente cambia a su alrededor. He visto cómo los enfermos sanan, cómo los pecadores se arrepienten, cómo los desesperados encuentran esperanza. Y he comprendido que el Vaticano está equivocado. Que la Iglesia se ha desviado del camino. Que hemos sido nosotros, los guardianes de la fe, quienes hemos traicionado la fe.
—¿Y ahora qué? —preguntó Pablo.
—Ahora, quiero ayudar. Quiero unirme a ustedes. Quiero luchar por la verdad. He dedicado mi vida a la Iglesia, pero la Iglesia ya no es lo que era. Ya no es el cuerpo de Cristo. Es una institución corrupta que ha perdido de vista su misión. Y quiero restaurar esa misión.
Pablo lo miró largamente. En los ojos de Benítez, vio una luz que no había visto en muchos de los miembros de La Verdad del Libro. Una luz de convicción y determinación. Una luz que decía que este hombre estaba dispuesto a darlo todo por lo que creía.
—Bienvenido —dijo Pablo, extendiendo la mano—. Su ayuda es bienvenida. Su sabiduría es bienvenida. Su fe es bienvenida.
Benítez estrechó la mano de Pablo con gratitud. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su apretón era firme.
—Gracias, Pablo. No sé qué va a pasar. No sé si sobreviviremos a esta guerra. Pero sé una cosa: estamos haciendo lo correcto. Y al final, eso es lo único que importa.
En el monasterio, Jesua también había recibido la noticia de la excomunión de Benítez. Estaba sentado en su silla de madera, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en las rodillas. La luz de las velas parpadeaba en su rostro, creando sombras danzantes que parecían moverse al ritmo de su respiración.