God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo VI: La Guerra de los Pecadores

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Dos meses después del regreso de Jesua)

La guerra de los Santos había terminado. La guerra de los Pecadores había comenzado.

Ya no era una guerra de palabras, de ideas, de corazones y mentes. Ahora era una guerra de sangre. Una guerra de violencia. Una guerra de muerte. Los soldados del Vaticano habían sido reemplazados por ejércitos. Las protestas habían sido reemplazadas por batallas. Y la ciudad de Nueva Jerusalén se había convertido en un campo de batalla, un infierno de fuego, humo y muerte que se extendía por cada distrito, cada calle, cada hogar.

Pablo observaba la escena desde una azotea en el distrito central, con el corazón latiéndole con fuerza y los ojos fijos en el horizonte. El cielo estaba teñido de rojo, no por el amanecer, sino por el fuego. Los edificios ardían, las calles estaban llenas de escombros, y el humo se elevaba como una nube oscura que cubría la ciudad, ocultando el sol y tiñendo todo de un tono sepulcral. El olor a sangre, a ceniza y a muerte flotaba en el aire, mezclándose con el sonido lejano de los disparos y los gritos.

—Esto es peor de lo que imaginaba —dijo Ximena, a su lado, con la voz temblorosa. Su rostro estaba pálido, surcado por el polvo y el cansancio—. Mucho peor. Nunca pensé que llegaría a esto. Nunca pensé que vería nuestra ciudad arder.

—Lo sé —respondió Pablo, su voz apenas un susurro, ronca por el humo que había inhalado durante días—. Pero no podemos rendirnos. No ahora. No cuando estamos tan cerca.

—¿Cómo podemos seguir luchando cuando todo está ardiendo? —preguntó Ximena, con lágrimas en los ojos—. ¿Cómo podemos seguir viendo a la gente morir? Anoche vi a una madre abrazar a su hijo muerto. Vi a un anciano que había sobrevivido a tres guerras morir en la calle. Vi a jóvenes que apenas habían comenzado a vivir ser destrozados por las balas. ¿Cómo podemos seguir?

Pablo la miró directamente a los ojos. En su mirada había una determinación que Ximena no había visto antes, una luz que parecía haber nacido en las profundidades del sufrimiento.

—Porque si nos rendimos, todo esto habrá sido en vano. Todas las vidas perdidas. Todo el sufrimiento. Todo el dolor. Los sacrificios de los que han caído no habrán servido para nada. Si nos rendimos, el enemigo habrá ganado, y todo lo que hemos construido se habrá perdido para siempre.

—¿Y si no podemos ganar? —preguntó Ximena, su voz quebrada—. ¿Y si el enemigo es demasiado fuerte? Acabo de recibir noticias de los distritos del este. Han caído. Los soldados del Vaticano están arrasando todo a su paso. No dejan supervivientes.

Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Entonces moriremos luchando. Y eso es mejor que vivir sabiendo que no hicimos nada. Mejor morir de pie que vivir de rodillas. Mejor morir con la verdad en los labios que vivir con una mentira en el corazón.

Ximena lo miró largamente. Luego, lentamente, asintió. En sus ojos, la desesperación comenzó a transformarse en determinación.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora?

—Ahora, vamos a la Plaza del Redentor. Vamos a unirnos a Jesua. Vamos a luchar. Vamos a dar todo lo que tenemos, y cuando no tengamos nada más, daremos nuestra vida.

La Plaza del Redentor había sido transformada en una fortaleza.

Los seguidores de Jesua habían trabajado día y noche, construyendo barricadas con los escombros de los edificios cercanos. Habían cavado trincheras profundas y colocado trampas para los soldados del Vaticano. Habían instalado puestos de vigilancia en los tejados y sistemas de comunicación improvisados. Era un bastión de la fe en medio de un mar de destrucción.

Y en el centro, Jesua estaba de pie, con los brazos extendidos y el rostro iluminado por una luz que parecía venir de otro mundo. No había cambiado desde el principio de la guerra. Su rostro seguía siendo sereno, sus ojos seguían brillando con esa paz que trascendía cualquier comprensión humana. Era como si la guerra, la muerte, el sufrimiento, no pudieran tocarlo, como si estuviera en otro lugar, viendo lo que los demás no podían ver.

—"Hermanos y hermanas" —gritó, y su voz resonó sobre el campo de batalla, clara y firme a pesar del caos—. "La guerra ha llegado a nuestras puertas. La guerra de los Pecadores. La guerra de la sangre. La guerra que cambiará el mundo para siempre. No es una guerra que hayamos buscado, pero es una guerra que debemos librar. Porque si no la libramos, la oscuridad nos consumirá."

La multitud coreó sus palabras. No eran las mismas personas que se habían congregado en la plaza meses antes, llenas de esperanza y asombro. Eran guerreros, hombres y mujeres que habían empuñado armas por primera vez en sus vidas, que habían visto a sus seres queridos caer a su lado, que habían sentido el sabor del miedo y la muerte en sus labios. Eran personas que habían cambiado, que se habían endurecido, que habían aprendido a sobrevivir.

—"El Vaticano nos ha declarado enemigos. Nos ha perseguido, nos ha arrestado, nos ha golpeado. Nos ha quemado nuestras casas, ha matado a nuestros hijos, ha violado a nuestras mujeres. Han hecho todo lo posible por destruirnos. Pero no nos han vencido. Y no nos vencerán. Porque la verdad es más fuerte que la mentira. La luz es más fuerte que la oscuridad. El amor es más fuerte que el odio."

—¡Amén! —gritó la multitud, un rugido que sacudió los cimientos de la ciudad.

—"Hoy, estamos aquí. Millones de personas, unidas por la fe, unidas por la esperanza, unidas por el amor. Y mientras estemos unidos, no podemos ser vencidos. No importa cuántos soldados envíen, no importa cuántas armas usen, no importa cuánto intenten destruirnos. No podemos ser vencidos porque lo que nos une es más fuerte que lo que nos divide."

—¡Amén!

—"Así que no temáis. No os rindáis. No os escondáis. Seguid adelante. Seguid luchando. Seguid creyendo. Porque la verdad siempre prevalece. La verdad siempre gana. La verdad siempre es la única que queda al final."



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 07.07.2026

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