Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Vaticano - Mazmorras de Máxima Seguridad (Tres días después de la captura de Jesua)
La celda de Jesua era diferente a la anterior.
No era una celda de piedra húmeda y oscura, como la que había ocupado durante su primer arresto, donde al menos podía sentir la humedad de las paredes y escuchar el goteo constante del agua de condensación. Esta era una celda de alta seguridad, diseñada específicamente para contenerlo, construida con los recursos más avanzados de la tecnología del Vaticano. Las paredes eran de un metal plateado que emitía un leve zumbido constante, una vibración casi imperceptible pero persistente que resonaba en los huesos y en los dientes, y en el centro había un campo de energía que vibraba sin cesar, creando una barrera invisible que lo mantenía atrapado. El campo no solo lo confinaba físicamente; también interfería con sus sentidos, con su capacidad de sentir el mundo más allá de los límites de la celda.
No había ventanas. No había luz natural. Solo la luz fría y artificial de los paneles de plasma en el techo, que nunca se apagaban, que nunca parpadeaban, que nunca cambiaban. Era una luz que no daba calor, que no daba esperanza, que solo recordaba a los prisioneros que estaban atrapados, que no había escape, que el tiempo se había detenido en aquella celda eterna. La luz era blanca, pero tenía un tono azulado que hacía que todo pareciera más frío, más estéril, más muerto.
El aire era filtrado, reciclado, sin ningún olor que pudiera dar pistas del mundo exterior. No había olor a tierra, a lluvia, a hierba, a vida. Solo el olor metálico del campo de energía y el leve aroma de los productos químicos utilizados para limpiar la celda. Era un olor que decía: "Estás solo. Estás aislado. No hay nadie aquí. Nunca ha habido nadie aquí."
Jesua estaba sentado en el centro de la celda, con las manos atadas a la espalda con esposas de energía que emitían un leve chisporroteo y los pies encadenados al suelo con grilletes de metal que pesaban más de lo que parecían. Su rostro estaba pálido, y sus ojos, antes brillantes con una luz que parecía venir de otro mundo, ahora estaban apagados, como si la luz se hubiera extinguido lentamente, como si el campo de energía estuviera drenando su fuerza, su esperanza, su vida misma.
Pero no estaba derrotado.
A pesar de todo, a pesar del dolor que sentía en sus muñecas y tobillos, a pesar del zumbido constante que le taladraba la cabeza, a pesar del frío que se filtraba en sus huesos, a pesar del silencio que lo envolvía como una mortaja, había una paz en su rostro que desafiaba cualquier explicación. Una paz que decía que, incluso en la oscuridad más profunda, la luz seguía presente. Una paz que decía que, incluso cuando todo parecía perdido, la esperanza seguía viva. Una paz que decía que, incluso cuando el mundo entero se había vuelto en su contra, el amor seguía siendo más fuerte.
—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro ronco, gastado por horas de oración—. "Padre, ¿por qué me has abandonado?"
El silencio fue su única respuesta. Un silencio tan profundo que podía sentirlo, tan pesado que podía tocarlo, tan absoluto que parecía no tener fin. Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido.
—"Padre" —dijo de nuevo, y su voz era más fuerte ahora, como si hubiera encontrado una nueva reserva de fuerza en lo más profundo de su ser—. "Padre, sé que estás conmigo. Sé que nunca me has abandonado. Sé que, aunque todo parezca oscuro, tu luz sigue brillando. Aunque no pueda verla, la siento. Aunque no pueda tocarla, la conozco. Aunque no pueda entenderla, confío en ella."
El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada, una paz que envolvía a Jesua como una manta cálida en una noche fría, que le decía que no estaba solo, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría.
—"Gracias, Padre" —susurró—. "Gracias por estar conmigo. Gracias por no abandonarme. Gracias por amarme. Incluso ahora. Incluso aquí. Incluso en la oscuridad más profunda."
Y mientras el silencio lo envolvía, Jesua sonrió. No era una sonrisa de alegría, sino de aceptación. Una sonrisa que decía que había aceptado su destino, que había aceptado su sufrimiento, que había aceptado la voluntad del Padre.
En las catacumbas, la noticia de la captura de Jesua había llegado como un golpe devastador, como un martillo que destruía la última esperanza que les quedaba.
Los miembros de La Verdad del Libro estaban reunidos en la cámara principal, con los rostros pálidos y las miradas cargadas de desesperación. La guerra había sido perdida. El profeta había sido capturado. Y ahora, no sabían qué hacer. No sabían si había esperanza. No sabían si había futuro. No sabían si había algo más que la derrota y la muerte.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Angélica, con voz quebrada, los ojos enrojecidos por el llanto—. Jesua está en el Vaticano. Está atrapado. No podemos liberarlo. No tenemos los recursos, no tenemos los hombres, no tenemos la fuerza.
—No podemos rendirnos —dijo Cristian, su voz grave y firme a pesar del cansancio que se reflejaba en su rostro—. Jesua nos dijo que siguiéramos adelante. Nos dijo que lucháramos. Nos dijo que, incluso cuando él no estuviera, nosotros debíamos continuar. No podemos abandonarlo ahora. No podemos abandonar su misión.
—Pero ¿cómo podemos luchar sin él? —preguntó Zamtio, con lágrimas en los ojos—. Él era nuestra fuerza. Nuestra esperanza. Nuestra guía. Sin él, no somos nada. Somos como un barco sin timón, como un ejército sin general, como una fe sin profeta.
—No somos nada sin él —dijo Pablo, levantándose lentamente de su asiento, con el rostro cansado pero los ojos brillando con una luz que no se había apagado—. Pero somos todo con él. Y él sigue con nosotros. Aunque esté en una celda, sigue con nosotros. Aunque esté encadenado, sigue con nosotros. Aunque esté en silencio, sigue con nosotros. Su espíritu no puede ser encarcelado. Su verdad no puede ser encadenada. Su amor no puede ser apagado.