Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Una semana después de la captura de Jesua)
La guerra había cambiado.
Ya no era una guerra de ejércitos enfrentándose en campos de batalla, con estrategias militares y formaciones ordenadas. Era una guerra de guerrillas, de emboscadas, de ataques sorpresa. Los seguidores de Jesua se habían dispersado por toda la ciudad como semillas llevadas por el viento, escondiéndose en las sombras de los edificios derruidos, en los túneles olvidados de las catacumbas, en los sótanos oscuros de los distritos marginales. Atacaban cuando podían, con lo que tenían, y desaparecían cuando no podían, fundiéndose con la población civil como fantasmas en la noche. Eran invisibles e implacables, pero también estaban desesperados.
Pero también estaban muriendo.
Cada día, más y más seguidores de Jesua caían. Los soldados del Vaticano eran implacables, entrenados para no mostrar piedad, para no mostrar compasión, para no mostrar debilidad. Los arrestos se multiplicaban, y las ejecuciones se volvían rutinarias, tan comunes que la gente ya no se sorprendía al ver los cuerpos colgando de los puentes o apilados en las plazas. La ciudad se había convertido en un cementerio, un lugar donde la vida no valía nada y la muerte era la única certeza. La esperanza se desvanecía como la niebla al amanecer, y el miedo se había instalado en cada corazón.
Pablo estaba en una pequeña habitación en el distrito sur, escondido de los soldados que patrullaban las calles con sus armas de combate y sus perros rastreadores. La habitación era pequeña, apenas un armario, con paredes de hormigón agrietado y un suelo de tierra apisonada. No había ventanas, solo una puerta de metal oxidado que se cerraba con un cerrojo. El aire era pesado, cargado de humedad y del olor a sudor y miedo.
A su alrededor, los miembros de La Verdad del Libro estaban reunidos, con los rostros cansados y las miradas cargadas de desesperación. Angélica estaba sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y los ojos perdidos en el vacío. Zamtio estaba apoyado contra la pared, con la cabeza gacha y los hombros temblorosos. Daichar estaba de pie junto a la puerta, con las manos apretadas y el rostro pálido. Ximena estaba junto a Pablo, con la mano en su hombro, ofreciéndole el único consuelo que podía ofrecer.
—No podemos seguir así —dijo Angélica, con voz quebrada—. Estamos perdiendo. Cada día perdemos a más gente. Anoche cayeron otros treinta. Treinta de los nuestros, asesinados en las calles como animales. No tenemos armas, no tenemos comida, no tenemos esperanza. No tenemos nada.
—Tenemos fe —dijo Pablo, con voz firme—. Y mientras tengamos fe, no estamos perdidos. La fe es lo único que nos queda. La fe es lo único que no pueden quitarnos. La fe es lo único que nos mantiene vivos.
—¿Y si la fe no es suficiente? —preguntó Zamtio, levantando la cabeza con los ojos enrojecidos por el llanto—. ¿Y si estamos destinados a perder? ¿Y si Dios nos ha abandonado? ¿Y si todo esto es una prueba que no podemos superar?
Pablo lo miró largamente. En sus ojos había una luz que Zamtio no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.
—Entonces moriremos —dijo, su voz calmada pero firme—. Pero moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Moriremos sabiendo que luchamos por lo que creíamos. Moriremos sabiendo que amamos. Moriremos sabiendo que no nos rendimos. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede hacer. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede ser.
—¿Y eso es suficiente? —preguntó Angélica, con voz amarga—. ¿Morir sabiendo que no pudimos salvar a nuestro profeta? ¿Morir sabiendo que perdimos la guerra? ¿Morir sabiendo que todo fue en vano?
Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—Sí. Eso es suficiente. Porque la muerte no es el final. La muerte es solo el comienzo. Y si morimos por lo que creemos, si morimos por lo que amamos, si morimos por la verdad, entonces nuestra muerte no será en vano. Será una semilla que crecerá. Será una luz que brillará. Será un amor que vivirá para siempre. En nuestros hijos, en nuestros nietos, en todos los que vengan después de nosotros.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Daichar, con voz ronca—. ¿Cómo puedes tener tanta fe cuando todo parece perdido?
Pablo lo miró directamente a los ojos. En su mirada había una luz que Daichar no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.
—Porque lo siento —dijo, su voz firme y clara—. En mi corazón. En mi alma. En lo más profundo de mi ser. Lo siento. Y sé que, mientras lo sienta, no estamos perdidos. Mientras su amor viva en nosotros, mientras su verdad nos guíe, mientras su esperanza nos sostenga, no estamos perdidos. No importa lo que pase. No importa lo que suframos. No importa lo que perdamos. Mientras tengamos su amor, tenemos todo.
En el Vaticano, Martelli estaba planeando su próximo movimiento con la precisión de un cirujano y la frialdad de un asesino.
La oficina del cardenal era amplia y lujosa, decorada con obras de arte de incalculable valor y muebles de madera tallada que habían pertenecido a papas de siglos pasados. Pero Martelli no veía la belleza de su entorno. Solo veía el poder, solo veía la autoridad, solo veía la victoria.
—La rebelión está siendo aplastada —dijo, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. Los seguidores de Jesua están muriendo como moscas. Pronto, no quedará ninguno. Hemos reducido sus números a la mitad. En un mes, no quedará ni uno.
—Cardenal —dijo Fiore, con voz preocupada—. Los seguidores de Jesua no se están rindiendo. Están luchando con más ferocidad que nunca. Cada muerte que infligimos genera diez nuevos guerreros. Es un ciclo sin fin. Estamos creando más mártires de los que podemos matar.