God's False Prophets: Los Pecadores

Caoítulo IX: El Último Discípulo

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Distrito Sur, Refugio Secreto (Dos semanas después de la captura de Jesua)

La esperanza era un lujo que pocos podían permitirse en aquellos días.

Los seguidores de Jesua se habían reducido a la mitad. Los que quedaban estaban exhaustos, hambrientos, y desesperados. Se escondían en las sombras, moviéndose de un refugio a otro, siempre un paso por delante de los soldados del Vaticano que los cazaban como animales. La ciudad, que una vez había sido un símbolo de la grandeza humana, ahora era un campo de batalla en ruinas, un lugar donde la vida no valía nada y la muerte era la única certeza.

Pablo estaba en el centro de todo. Había pasado las últimas dos semanas viajando entre los diferentes grupos de resistencia, coordinando esfuerzos, asegurándose de que todos estuvieran preparados para lo que venía. Dormía apenas dos o tres horas por noche, y comía cuando podía, a menudo en movimiento. Su rostro estaba demacrado, surcado por las arrugas del esfuerzo y la falta de sueño. Sus ojos, antes brillantes con la luz de la certeza, ahora estaban hundidos y enrojecidos, cargados de una fatiga que iba más allá de lo físico. Pero su determinación seguía intacta, alimentada por una fe que se había vuelto más fuerte en las pruebas.

El refugio donde se encontraban era una antigua estación de metro abandonada, un laberinto de túneles oscuros y húmedos que olían a moho y desesperación. Las paredes estaban cubiertas de graffiti, algunos de ellos mensajes de esperanza escritos por los que habían pasado antes que ellos. "La verdad prevalece", decía uno. "Jesua vive", decía otro. "No os rindáis", decía un tercero.

Pablo estaba sentado en una esquina, con un mapa desplegado frente a él. El mapa mostraba los movimientos de los soldados del Vaticano, las rutas de suministro, los puntos débiles de la ciudad. Pero por más que lo estudiaba, no encontraba una respuesta. No encontraba una salida. No encontraba una esperanza.

—Tenemos que movernos —dijo Ximena, entrando en la pequeña habitación donde Pablo estaba reunido con los líderes de la resistencia. Su rostro estaba pálido, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. Llevaba el cabello recogido en un moño apretado, y su ropa estaba manchada de polvo y sudor—. Los soldados están en el distrito norte. Están arrestando a todos los que encuentran. Han encontrado uno de nuestros refugios. Cayeron treinta de los nuestros.

—¿Muertos o capturados? —preguntó Pablo, levantando la cabeza del mapa que estaba estudiando. Su voz era ronca, gastada por días de hablar, de dar órdenes, de mantener la moral.

—Ambos —respondió Ximena, con la voz temblorosa—. Algunos murieron luchando. Otros fueron capturados. Los están llevando al Vaticano para interrogarlos. He oído que están usando métodos brutales. Que están usando la tortura para obtener información.

Pablo cerró los ojos. El peso del mundo parecía caer sobre sus hombros, más pesado que nunca. Podía sentir el dolor de los que habían caído, el miedo de los que estaban siendo torturados, la desesperación de los que seguían luchando.

—¿Alguna noticia de Jesua? —preguntó, abriendo los ojos.

Ximena negó con la cabeza.

—Nada. Sigue en silencio. Pero... recibimos un mensaje de él hace dos días. Llegó a través de Emilio. Dijo que siguiéramos luchando. Dijo que la victoria sería nuestra. Dijo que no importa lo que pase, no importa lo que suframos, no importa lo que perdamos, mientras tengamos fe, mientras tengamos amor, mientras tengamos esperanza, no estamos perdidos.

—¿Cómo puede estar tan seguro? —preguntó Daichar, con voz ronca, desde el otro lado de la habitación. Su rostro estaba marcado por el cansancio, y sus ojos mostraban signos de una fatiga profunda—. Está en una celda, encadenado, solo. ¿Cómo puede tener tanta fe? ¿Cómo puede hablar de victoria cuando todo parece perdido?

Pablo lo miró largamente. En sus ojos había una luz que Daichar no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.

—Porque la fe no depende de las circunstancias —dijo, su voz firme y clara—. La fe depende de la verdad. Y la verdad es que Jesua es quien dice ser. La verdad es que el Padre está con nosotros. La verdad es que la victoria será nuestra. No importa lo que veamos. No importa lo que sintamos. No importa lo que creamos. La verdad es la verdad. Y la verdad siempre prevalece. No importa cuánto tiempo tarde. No importa cuánto suframos. No importa cuánto perdamos. La verdad siempre prevalece.

—Pero ¿y si la verdad es que estamos perdiendo? —preguntó Angélica, con voz quebrada, los ojos enrojecidos por el llanto—. ¿Y si la verdad es que Jesua no va a regresar? ¿Y si la verdad es que todo esto ha sido en vano? ¿Y si hemos dado nuestra vida, nuestra fe, nuestro amor por una mentira?

Pablo la miró largamente. En sus ojos había una compasión que Angélica no había visto antes, un amor que trascendía cualquier comprensión humana.

—Entonces habremos vivido por una mentira —dijo, su voz suave pero firme—. Pero al menos habremos vivido por algo en lo que creíamos. Al menos habremos amado. Al menos habremos luchado. Al menos habremos dado todo lo que teníamos. Y eso, para mí, es suficiente. Eso, para mí, vale más que cualquier verdad. Eso, para mí, es lo que significa ser humano.

En el Vaticano, Martelli estaba celebrando su victoria con la exuberancia de un conquistador.

La noticia de la captura de los treinta seguidores de Jesua lo había llenado de alegría. Estaba sentado en su oficina, con una copa de vino en la mano y una sonrisa de satisfacción en el rostro. La oficina era un monumento al poder, con sus paredes de mármol, sus muebles de madera tallada y sus cuadros de santos y mártires. Pero Martelli no veía la belleza de su entorno. Solo veía el poder, solo veía la autoridad, solo veía la victoria.

—La rebelión está siendo aplastada —dijo, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. Pronto, no quedará nadie que se atreva a desafiarnos. Hemos reducido sus números a menos de la mitad. En unas semanas, no quedará ni uno.



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 07.07.2026

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