Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (Tres semanas después de la captura de Jesua)
La noticia se extendió como un incendio forestal por toda Nueva Jerusalén, consumiendo cada rincón de la ciudad en cuestión de horas. Pablo había sido capturado.
Los soldados del Vaticano lo habían encontrado en un refugio en el distrito sur, una vieja fábrica abandonada donde se escondían junto con otros miembros de La Verdad del Libro. Habían sido traicionados por uno de los suyos, un hombre llamado Mateo que había roto bajo tortura después de tres días de interrogatorios brutales. Mateo había revelado la ubicación del refugio, los nombres de los líderes, los planes de la resistencia. Todo.
Ahora, Pablo estaba en las mazmorras del Vaticano, esperando su juicio. Y en las catacumbas, la desesperación era total. Sin Pablo, sin Jesua, sin líderes, los seguidores de La Verdad del Libro estaban perdidos. No sabían qué hacer, no sabían adónde ir, no sabían cómo seguir adelante. La esperanza, que había sido su única arma, se estaba desvaneciendo como la niebla al amanecer.
El refugio en las catacumbas estaba en silencio cuando Ximena entró. Los miembros de La Verdad del Libro estaban sentados en círculo, con los rostros pálidos y las miradas vacías. Nadie hablaba. Nadie se movía. Solo el goteo constante del agua de condensación rompía el silencio, un sonido que parecía contar los segundos que les quedaban.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Angélica, con voz quebrada, rompiendo el silencio—. Pablo está en el Vaticano. Está atrapado. No podemos liberarlo. No tenemos los recursos, no tenemos los hombres, no tenemos la fuerza. ¿Qué sentido tiene seguir luchando si todo está perdido?
—No podemos rendirnos —dijo Cristian, su voz grave pero firme, aunque sus ojos mostraban signos de cansancio y desesperación—. Pablo nos dijo que siguiéramos luchando. Nos dijo que, incluso cuando él no estuviera, nosotros debíamos continuar. Nos dijo que la verdad siempre prevalece. No podemos abandonarlo ahora. No podemos abandonar su misión.
—Pero ¿cómo podemos luchar sin él? —preguntó Zamtio, con lágrimas en los ojos—. Él era nuestra fuerza. Nuestra esperanza. Nuestra guía. Sin él, no somos nada. Somos como un barco sin timón, como un ejército sin general, como una fe sin profeta.
—No somos nada sin él —dijo Ximena, con lágrimas en los ojos—. Pero somos todo con él. Y él sigue con nosotros. Aunque esté en una celda, sigue con nosotros. Aunque esté encadenado, sigue con nosotros. Aunque esté en silencio, sigue con nosotros. Su espíritu no puede ser encarcelado. Su verdad no puede ser encadenada. Su amor no puede ser apagado.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó Daichar, con voz cargada de duda—. ¿Cómo puedes saber que sigue con nosotros? ¿Cómo puedes estar tan segura de que no nos ha abandonado? ¿Cómo puedes tener tanta fe cuando todo parece perdido?
Ximena lo miró directamente a los ojos. En su mirada había una luz que Daichar no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.
—Porque lo siento —dijo, su voz firme y clara—. En mi corazón. En mi alma. En lo más profundo de mi ser. Lo siento. Y sé que, mientras lo sienta, no estamos perdidos. Mientras su amor viva en nosotros, mientras su verdad nos guíe, mientras su esperanza nos sostenga, no estamos perdidos. No importa lo que pase. No importa lo que suframos. No importa lo que perdamos. Mientras tengamos su amor, tenemos todo.
En la celda, Pablo estaba sentado en el suelo, con las manos atadas a la espalda con esposas de energía que emitían un leve chisporroteo y los pies encadenados al suelo con grilletes de metal que pesaban más de lo que parecían. Su rostro estaba pálido, y sus ojos, antes brillantes con la luz de la certeza, ahora estaban apagados, como si la luz se hubiera extinguido lentamente.
Pero no estaba derrotado.
A pesar de todo, a pesar del dolor que sentía en sus muñecas y tobillos, a pesar del zumbido constante que le taladraba la cabeza, a pesar del frío que se filtraba en sus huesos, a pesar del silencio que lo envolvía como una mortaja, había una paz en su rostro que desafiaba cualquier explicación. Una paz que decía que, incluso en la oscuridad más profunda, la luz seguía presente. Una paz que decía que, incluso cuando todo parecía perdido, la esperanza seguía viva.
—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro ronco, gastado por horas de oración—. "Padre, ¿por qué me has abandonado?"
El silencio fue su única respuesta. Un silencio tan profundo que podía sentirlo, tan pesado que podía tocarlo, tan absoluto que parecía no tener fin. Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido.
—"Padre" —dijo de nuevo, y su voz era más fuerte ahora, como si hubiera encontrado una nueva reserva de fuerza en lo más profundo de su ser—. "Padre, sé que estás conmigo. Sé que nunca me has abandonado. Sé que, aunque todo parezca oscuro, tu luz sigue brillando. Aunque no pueda verla, la siento. Aunque no pueda tocarla, la conozco. Aunque no pueda entenderla, confío en ella."
El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada, una paz que envolvía a Pablo como una manta cálida en una noche fría, que le decía que no estaba solo, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría.
—"Gracias, Padre" —susurró—. "Gracias por estar conmigo. Gracias por no abandonarme. Gracias por amarme. Incluso ahora. Incluso aquí. Incluso en la oscuridad más profunda."
En el Vaticano, Martelli estaba planeando el juicio de Pablo con la precisión de un cirujano y la frialdad de un asesino. La oficina del cardenal estaba iluminada por la luz tenue de las lámparas de plasma, creando sombras danzantes en las paredes de mármol.
—Este es el líder de la rebelión —dijo, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. El que ha estado organizando a los seguidores de Jesua. El que ha estado coordinando los ataques. El que ha estado desafiando la autoridad de la Iglesia. Sin él, la rebelión se desmoronará. Sin él, los herejes no tendrán líder. Sin él, la Iglesia será restaurada.