Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (El mismo día del juicio de Pablo)
El caos en la Sala del Sínodo era absoluto.
Los cardenales se enfrentaban entre sí, gritando acusaciones y defendiendo posiciones con una ferocidad que nadie había visto antes. Los soldados no sabían a quién obedecer, sus rifles oscilando entre una facción y otra, sus rostros ocultos tras los cascos de visor completo mostrando solo confusión. Los periodistas transmitían la escena en vivo a millones de personas en toda la ciudad, sus voces temblorosas relatando el colapso de la institución más poderosa de la humanidad. Y en el centro de todo, Pablo estaba de pie, con las manos atadas, observando cómo el mundo que había conocido se desmoronaba ante sus ojos.
—¡Silencio! —gritó Martelli, golpeando el tribunal con el martillo de madera con tanta fuerza que éste se partió—. ¡Silencio! ¡Os ordeno que guardéis silencio!
Pero nadie lo escuchaba. La sala estaba fuera de control. Los cardenales se habían dividido en dos facciones: los leales a Martelli, que defendían la autoridad tradicional de la Iglesia, y los que apoyaban a Fiore, que creían que la Iglesia debía cambiar, debía adaptarse, debía escuchar la voz del pueblo. La Iglesia, que durante siglos había sido un símbolo de unidad y autoridad, se estaba desgarrando ante los ojos del mundo, y no había nada que nadie pudiera hacer para detenerlo.
—¡Esto es una locura! —gritó uno de los cardenales leales a Martelli, un hombre de rostro duro y mirada fría llamado Cardenal Vieri—. ¡No podemos permitir que un hereje dicte las reglas de la Iglesia! ¡No podemos permitir que un grupo de fanáticos destruya todo lo que hemos construido!
—¡No es un hereje! —gritó otro, del lado de Fiore, el Cardenal Rossi, un hombre de rostro amable y ojos compasivos—. ¡Es un hombre que busca la verdad! ¡Y la verdad no puede ser silenciada! ¡La verdad no puede ser encarcelada! ¡La verdad no puede ser asesinada!
—¡La verdad es que la Iglesia es la única autoridad! —gritó Vieri, su voz resonando en la sala—. ¡La verdad es que los herejes deben ser castigados!
—¡La verdad es que la Iglesia se ha equivocado! —respondió Rossi—. ¡La verdad es que hemos perseguido a inocentes! ¡La verdad es que hemos matado en nombre de Dios! ¡La verdad es que hemos traicionado el mensaje de Cristo!
—¡Blasfemia!
—¡Justicia!
—¡Herejía!
—¡Verdad!
Los gritos se mezclaban en un caos ensordecedor, un rugido de voces que sacudía las paredes de mármol de la Sala del Sínodo. Los cardenales se señalaban unos a otros, algunos con los puños levantados, otros con lágrimas en los ojos, otros con el rostro contraído por la ira y la desesperación. Los soldados se miraban entre sí, sin saber qué hacer, sin saber a quién obedecer. Los periodistas transmitían frenéticamente, sus voces apenas audibles sobre el tumulto.
Pablo observaba la escena en silencio, con el corazón latiéndole con fuerza y la mente llena de pensamientos. Había soñado con este momento, el momento en que la Iglesia despertaría, el momento en que la verdad brillaría, el momento en que el amor vencería al odio. Pero ahora que estaba sucediendo, no podía evitar sentir una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque veía que el cambio era posible. Miedo porque sabía que el cambio siempre tiene un precio.
—"Padre" —murmuró, con los labios apenas moviéndose—. "Padre, guía sus corazones. Ayúdalos a ver la verdad. Ayúdalos a encontrar el camino. Ayúdalos a recordar lo que significa ser tus hijos."
Y entonces, algo cambió en la sala.
Un silencio se extendió lentamente, comenzando en el fondo y avanzando hacia el frente como una ola que lamía la orilla. Los cardenales dejaron de gritar, sus voces apagándose una por una. Los soldados bajaron sus armas, sus posturas relajándose. Los periodistas dejaron de transmitir, sus dedos congelados sobre los teclados. Todos los ojos se volvieron hacia la puerta principal, donde una luz blanca comenzaba a brillar.
Jesua estaba allí.
Estaba de pie en el umbral, iluminado por una luz blanca que parecía emanar de su interior, una luz que no era de este mundo, una luz que parecía venir del mismo corazón de Dios. No llevaba esposas ni cadenas. No había soldados a su alrededor. Estaba solo, libre, y su rostro estaba radiante con una paz que trascendía cualquier comprensión humana, una paz que decía que había estado allí todo el tiempo, que nunca se había ido, que siempre había estado esperando este momento.
La sala enmudeció por completo. El silencio era tan absoluto que se podía oír el latido de los corazones, el susurro de la respiración, el crujido de las ropas.
—"He vuelto" —dijo, su voz resonando con una claridad sobrenatural, llenando cada rincón de la sala, llegando a cada corazón—. "He vuelto para estar con vosotros. He vuelto para traeros la verdad. He vuelto para mostraros el camino. He vuelto para recordaros lo que significa ser hijos de Dios."
—¡Es imposible! —gritó Martelli, con el rostro pálido como la cera, las manos temblorosas—. ¡Estás en una celda! ¡Estás encadenado! ¡Estás atrapado! ¡He visto las cadenas yo mismo! ¡He visto el campo de energía! ¡He visto cómo te mantenían prisionero!
—"Nada puede atraparme, Martelli" —respondió Jesua, con una sonrisa triste que contenía todo el dolor y toda la esperanza del mundo—. "Ni cadenas, ni paredes, ni campos de energía. Porque el Padre está conmigo. Y mientras el Padre esté conmigo, nada puede hacerme daño. Ni la prisión, ni la tortura, ni la muerte. Porque el amor del Padre es más fuerte que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer."
—¡Es un truco! —gritó Martelli, su voz temblorosa, sus ojos desorbitados—. ¡Un engaño! ¡Un acto de magia! ¡Un truco de ilusionista! ¡No es real! ¡No puede ser real!
—"No es magia, Martelli" —dijo Jesua, su voz calmada y firme—. "Es la verdad. La verdad que has estado tratando de silenciar. La verdad que has estado tratando de destruir. La verdad que siempre prevalece. La verdad que ningún hombre puede detener. La verdad que ningún poder puede aplastar."