Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Una semana después del despertar de la Iglesia)
La Iglesia había cambiado.
No había sido una transformación violenta, impuesta por la fuerza o decretada desde arriba. Fue una transformación pacífica, orgánica, que había surgido desde abajo, desde el corazón de los fieles que habían visto la verdad y no podían ignorarla. Los cardenales que habían apoyado a Martelli y su régimen de terror habían sido reemplazados por otros más jóvenes, más abiertos, más dispuestos a escuchar la voz del pueblo y la guía del Espíritu. Los soldados del Vaticano, que una vez habían patrullado las calles con rifles de combate y corazones de piedra, habían depuesto las armas y se habían unido a los seguidores de Jesua en las calles, ayudando a reconstruir lo que habían destruido. Y la ciudad, que había estado sumida en el caos y la violencia durante meses, comenzaba a respirar de nuevo, a sanar, a vivir.
Era un nuevo comienzo.
Jesua estaba en el centro de todo. Había pasado la última semana viajando por la ciudad, predicando en las plazas, sanando a los enfermos, consolando a los afligidos. Su presencia era como un bálsamo para las heridas de la guerra, y la gente acudía a él en masa, buscando consuelo, buscando esperanza, buscando la verdad. Dondequiera que iba, la gente se arrodillaba a su paso, extendiendo las manos para tocarlo, para sentir su presencia, para saber que no estaban solos.
—"La guerra ha terminado" —decía, su voz resonando en las plazas llenas de gente—. "La guerra de los Pecadores ha terminado. El sufrimiento ha cesado. La sangre ha dejado de fluir. Pero la guerra de Sangre está por venir. Y debemos estar preparados. No debemos bajar la guardia. No debemos olvidar lo que hemos aprendido. No debemos perder la fe."
La gente lo escuchaba con atención, pero también con miedo. La guerra de Sangre. La guerra final. La guerra que cambiaría el mundo para siempre. ¿Qué era exactamente? ¿Cuándo sucedería? ¿Cómo podrían prepararse para algo que no entendían completamente?
—Maestro —preguntó un hombre, su voz temblorosa—. ¿Qué es la guerra de Sangre? ¿Cuándo va a suceder? ¿Cómo podemos prepararnos?
Jesua lo miró con sus ojos profundos, que parecían ver más allá del presente, más allá del futuro, hasta el final de los tiempos.
—"La guerra de Sangre es la guerra definitiva" —dijo, su voz suave pero firme—. "La guerra que decidirá el destino de la humanidad. La guerra que enfrentará a la verdad contra la mentira, al amor contra el odio, a la fe contra el miedo. Será una guerra como ninguna otra, una guerra que pondrá a prueba todo lo que creemos, todo lo que amamos, todo lo que somos."
—¿Y cuándo sucederá? —preguntó una mujer, con los ojos brillantes de esperanza y miedo.
—"Sucederá cuando llegue el momento adecuado" —respondió Jesua—. "Cuando la humanidad esté lista. Cuando la fe sea lo suficientemente fuerte. Cuando el amor sea lo suficientemente grande. No puedo deciros cuándo será, porque ni yo lo sé. Solo el Padre lo sabe."
—¿Y cómo sabemos cuándo es el momento adecuado? —preguntó otro hombre.
—"Lo sabréis" —dijo Jesua, su voz llena de certeza—. "Porque el Espíritu os lo dirá. Porque vuestros corazones os lo dirán. Porque la verdad os lo dirá. Cuando llegue el momento, no habrá duda. Solo certeza. Solo fe. Solo amor."
La gente asintió, pero no entendía completamente. Solo confiaban en Jesua. Solo confiaban en que todo saldría bien. Solo confiaban en que la verdad siempre prevalece.
En las catacumbas, Pablo estaba reunido con los miembros de La Verdad del Libro. La cámara principal estaba llena, y todos los rostros reflejaban una mezcla de cansancio y esperanza. Habían sobrevivido a la guerra. Habían visto a amigos caer, a seres queridos morir, a familias destrozadas. Pero también habían visto el despertar de la Iglesia. También habían visto la verdad brillar. También habían visto el amor vencer al odio.
—La guerra de los Pecadores ha terminado —dijo Pablo, su voz firme pero cansada—. Pero la guerra de Sangre está por venir. Y debemos estar preparados. No podemos dormirnos en los laureles. No podemos olvidar lo que hemos aprendido. No podemos perder la fe.
—¿Cómo podemos prepararnos? —preguntó Angélica, con voz preocupada—. No tenemos armas. No tenemos ejércitos. No tenemos dinero. No tenemos poder. ¿Cómo podemos enfrentarnos a una guerra que no entendemos?
—Tenemos fe —dijo Pablo—. Tenemos amor. Tenemos esperanza. Y eso es suficiente. Es más que suficiente. Es todo lo que necesitamos.
—¿Y si no es suficiente? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa—. ¿Y si la guerra de Sangre es demasiado grande para nosotros? ¿Y si estamos destinados a perder?
Pablo lo miró largamente. En sus ojos había una luz que Zamtio no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.
—Entonces moriremos —dijo, su voz calmada pero firme—. Pero moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Moriremos sabiendo que luchamos por lo que creíamos. Moriremos sabiendo que amamos. Moriremos sabiendo que no nos rendimos. Y eso es suficiente. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir.
—¿Y eso es suficiente? —preguntó Angélica, con voz amarga—. ¿Morir sabiendo que no pudimos salvar a nuestro profeta? ¿Morir sabiendo que perdimos la guerra? ¿Morir sabiendo que todo fue en vano?
Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—Sí. Eso es suficiente. Porque la muerte no es el final. La muerte es solo el comienzo. Y si morimos por lo que creemos, si morimos por lo que amamos, si morimos por la verdad, entonces nuestra muerte no será en vano. Será una semilla que crecerá. Será una luz que brillará. Será un amor que vivirá para siempre.
En el Vaticano, Martelli estaba en su oficina, con el rostro pálido y los ojos perdidos en el vacío. Había sido despojado de su autoridad, y ahora era solo un hombre común. Un hombre que había cometido errores terribles. Un hombre que había causado un dolor inmenso. Un hombre que había matado en nombre de Dios.