God's False Prophets: Los Pecadores

Capítulo XIII: El Sueño de Pablo

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas, Cámara de Pablo (Dos semanas después del despertar de la Iglesia)

La noche era tranquila en las catacumbas.

El silencio, que durante la guerra había estado cargado de miedo y tensión, ahora era suave, casi reconfortante, como una caricia en la oscuridad. El goteo constante del agua de condensación sonaba como un susurro lejano, una canción de cuna que la tierra cantaba a sus habitantes. El viento que se filtraba por los conductos de ventilación traía el olor de la tierra y la humedad, un olor antiguo que hablaba de siglos de historia, de generaciones que habían vivido y muerto en aquellos túneles.

Pablo estaba en su pequeña celda, sentado en el borde de su cama de piedra, con los ojos cerrados y las manos apoyadas en las rodillas. La luz de una vela temblaba en la mesa junto a él, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Estaba cansado, más cansado de lo que podía recordar, pero no podía dormir. Su mente estaba llena de pensamientos, de preguntas, de dudas y esperanzas que se arremolinaban como un torbellino en su interior.

La guerra de los Pecadores había terminado. La Iglesia había despertado. Jesua estaba libre. Los soldados del Vaticano se habían unido a los seguidores de Jesua en las calles, ayudando a reconstruir la ciudad. Los cardenales que habían apoyado a Martelli habían sido reemplazados por otros más jóvenes, más abiertos, más dispuestos a escuchar. Parecía que la paz finalmente había llegado.

Pero Pablo sabía que esto no era el final. Era solo el principio. La guerra de Sangre estaba por venir, y nadie sabía cuándo ni cómo. Jesua había hablado de ella, pero no había dado detalles. Solo había dicho que debían estar preparados. Solo había dicho que la verdad siempre prevalece.

—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro en la oscuridad—. "Padre, ¿qué va a pasar? ¿Cuándo va a llegar la guerra de Sangre? ¿Cómo podemos prepararnos? ¿Cómo podemos estar listos para algo que no entendemos?"

El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto. Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido.

—"Padre" —dijo de nuevo, y su voz era más fuerte ahora, como si hubiera encontrado una nueva reserva de fuerza en lo más profundo de su ser—. "Padre, sé que estás conmigo. Sé que nunca me has abandonado. Pero necesito saber. Necesito entender. Necesito estar preparado. No puedo seguir así, en la incertidumbre. Necesito una señal. Necesito una guía. Necesito una respuesta."

El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada, una paz que envolvía a Pablo como una manta cálida en una noche fría, que le decía que no estaba solo, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría.

Y entonces, Pablo sintió que el sueño lo envolvía. No era un sueño normal, sino algo más profundo, más intenso, más real. Era como si el mundo se desvaneciera a su alrededor, como si fuera arrastrado a otro lugar, a otro tiempo, a otra realidad.

En el sueño, Pablo estaba en un lugar que nunca había visto.

Era un desierto interminable, con dunas de arena dorada que se extendían hasta el horizonte, ondeando suavemente bajo el viento como un océano de oro líquido. El sol brillaba en lo alto, caliente y cegador, un disco de fuego que parecía quemar el cielo. El viento soplaba suavemente, levantando pequeñas nubes de polvo que danzaban alrededor de sus pies como espíritus invisibles.

No había nadie a su alrededor. Solo él y el desierto. Solo el silencio y la inmensidad.

—¿Dónde estoy? —preguntó, su voz apenas un susurro que el viento se llevó.

Nadie respondió. Solo el silencio. Solo el viento. Solo el sol quemando su piel.

Comenzó a caminar. No sabía hacia dónde iba, pero sentía que algo lo llamaba, algo que lo guiaba, una fuerza invisible que tiraba de él hacia adelante. Caminó durante horas, sintiendo la arena caliente bajo sus pies, el sol quemando su piel, la sed quemando su garganta. Sus pies se hundían en la arena, y cada paso era un esfuerzo, pero no podía detenerse. Algo lo impulsaba. Algo lo llamaba.

Y entonces, lo vio.

En el horizonte, una figura. Una figura que se movía lentamente, como si estuviera caminando hacia él. Era pequeña al principio, apenas un punto en la inmensidad del desierto, pero crecía a medida que se acercaba.

Cuando la figura se acercó lo suficiente, Pablo reconoció el rostro.

Era Jesua.

Pero no era el Jesua que conocía. Este Jesua estaba iluminado por una luz blanca, una luz que parecía venir de su interior, una luz que no era de este mundo. Su rostro estaba radiante, lleno de paz y amor, una paz que trascendía cualquier comprensión humana, un amor que contenía todos los amores del universo.

—"Pablo" —dijo, su voz resonando con una claridad sobrenatural—. "Has venido. Sabía que vendrías. Sabía que me buscarías."

—¿Dónde estoy? —preguntó Pablo, con el corazón latiéndole con fuerza—. ¿Qué es este lugar? ¿Por qué estoy aquí?

—"Es el lugar de la verdad" —respondió Jesua, su voz suave pero firme—. "El lugar donde las respuestas se encuentran. El lugar donde el futuro se revela. El lugar donde el alma puede ver lo que los ojos no pueden."

—¿Qué futuro? —preguntó Pablo, con la voz temblorosa—. ¿Qué respuestas?

Jesua lo miró con sus ojos profundos, que parecían ver más allá del presente, más allá del futuro, hasta el final de los tiempos, hasta el mismo corazón de Dios.

—"El futuro de la humanidad" —dijo—. "El futuro de la guerra de Sangre. El futuro del mundo. El futuro que estáis construyendo con vuestras decisiones, vuestras acciones, vuestro amor."

—¿Qué va a pasar? —preguntó Pablo, su voz apenas un susurro—. ¿Cómo va a ser la guerra de Sangre? ¿Cuándo va a llegar? ¿Qué podemos hacer para prepararnos?



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En el texto hay: diosadelcielo, utopias, guerra espiritual

Editado: 07.07.2026

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