Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Monasterio Abandonado (Tres semanas después del despertar de la Iglesia)
El monasterio estaba en silencio cuando Pablo llegó.
No era el silencio de la guerra, cargado de miedo y tensión, ni el silencio de la muerte, vacío y frío. Era un silencio diferente, un silencio profundo, solemne, como el que precede a un acontecimiento trascendental. Un silencio que parecía contener la respiración del mundo.
Pablo había recibido un mensaje de Emilio al amanecer, un mensaje que llegó a través de los conductos de comunicación de las catacumbas, cifrado y urgente. Jesua quería verlo. Era importante. Debía venir solo, y debía venir pronto. No había más explicaciones. No hacían falta. Pablo había sentido en el tono de Emilio que algo grande estaba a punto de suceder.
Había dejado las catacumbas al amanecer, caminando a través de las calles reconstruidas de la ciudad. El sol se elevaba sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados, y el aire fresco de la mañana llevaba el olor a pan recién horneado y a café, olores que habían estado ausentes durante la guerra y que ahora comenzaban a regresar. Los edificios que habían sido destruidos por los bombardeos estaban siendo reconstruidos lentamente, y los andamios se alzaban como esqueletos de acero contra el cielo. La gente caminaba por las calles con una nueva energía, una nueva esperanza, una nueva determinación.
El monasterio era el mismo que había visitado meses atrás, cuando la guerra apenas comenzaba y Jesua se escondía de los soldados del Vaticano. Las paredes de piedra seguían en pie, aunque algunas estaban agrietadas por los bombardeos, con grandes grietas que atravesaban la mampostería como cicatrices profundas. El techo tenía varios agujeros, por los que se filtraba la luz del sol, creando patrones de luz y sombra en el suelo de piedra, como un mosaico celestial. El jardín que una vez había estado lleno de flores ahora estaba cubierto de maleza, pero entre las malas hierbas, pequeños brotes verdes comenzaban a asomar, anunciando un nuevo ciclo de vida.
Pero había algo diferente en el aire. Algo que Pablo no podía explicar con palabras. Una sensación de paz, de calma, de certeza absoluta. Como si el monasterio mismo estuviera esperando algo. Como si el tiempo mismo se hubiera detenido.
Jesua estaba en el centro del monasterio, sentado en una silla de madera que había sido colocada en el lugar donde una vez había estado el altar. La luz del sol que se filtraba por los agujeros del techo caía sobre él, creando un halo a su alrededor. Su rostro estaba radiante, iluminado por una luz que parecía venir de su interior, una luz que no era de este mundo.
A su alrededor, una docena de personas estaban reunidas: Emilio, que había sido el mensajero; Milenca, con su hijo Daniel sentado en sus piernas; Elizabeth la enfermera, que había cuidado de Jesua en los primeros días; Kevin el trabajador, que había sido uno de los primeros en creer; Sebastián, el sacerdote anciano que había arriesgado su vida para defender a Jesua; y otros que Pablo conocía bien, rostros que se habían vuelto familiares a lo largo de los meses de guerra.
Todos tenían los rostros serios, como si estuvieran esperando algo importante, como si supieran que aquel momento era sagrado. No había conversaciones. No había risas. Solo el silencio solemne que envolvía el lugar.
—"Pablo" —dijo Jesua, con una sonrisa cálida que iluminó todo su rostro—. "Has llegado. Sabía que vendrías. Sabía que no me fallarías."
—Recibí tu mensaje —dijo Pablo, acercándose con pasos lentos, sintiendo el peso del momento—. Dijiste que era importante. Dijiste que debía venir. Y vine.
—"Lo es" —respondió Jesua, su voz suave pero firme—. "Siéntate. Hay algo que debo deciros a todos. Algo que he estado esperando el momento adecuado para compartir."
Pablo tomó asiento en el suelo, junto a los demás, sintiendo la piedra fría bajo sus piernas. El corazón le latía con fuerza, y sus manos temblaban ligeramente. Algo en el tono de Jesua, en la solemnidad del momento, le decía que esto no era una reunión cualquiera.
—"Hermanos y hermanas" —comenzó Jesua, su voz resonando en el silencio del monasterio, llenando cada rincón con su claridad—. "Os he reunido aquí porque ha llegado el momento. El momento de la despedida."
La sala estalló en murmullos. Algunos se levantaron de sus asientos, sus rostros pálidos por el shock. Otros comenzaron a llorar, las lágrimas corriendo por sus mejillas sin control. Otros se quedaron paralizados, incapaces de procesar lo que acababan de escuchar.
—¡No! —gritó Milenca, levantándose de su asiento con Daniel en brazos—. ¡No puedes irte! ¡Te necesitamos! ¡Todos te necesitamos! ¡No podemos hacer esto sin ti!
—"No os estoy abandonando" —dijo Jesua, con voz suave pero firme, una voz que contenía todo el amor del universo—. "Solo me estoy preparando para lo que viene. La guerra de Sangre está cerca. Está a la vuelta de la esquina, y yo debo cumplir mi misión. La misión para la que fui enviado. La misión que me ha sido encomendada desde antes del principio."
—¿Cuál es tu misión? —preguntó Emilio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con lágrimas que no podía contener.
Jesua lo miró largamente, con una mirada que contenía toda la sabiduría de los siglos.
—"Mi misión es preparar el camino para el que ha de venir" —dijo—. "Y para eso, debo morir. Mi muerte será la señal. Mi muerte será el principio. Mi muerte será la semilla que dará fruto."
—¡No! —gritó Pablo, levantándose de su asiento con el corazón latiéndole con fuerza—. ¡No puedes morir! ¡Te hemos salvado una vez! ¡Te hemos rescatado de las mazmorras del Vaticano! ¡Podemos salvarte de nuevo! ¡Lucharemos por ti!
—"No puedes salvarme, Pablo" —dijo Jesua, con una sonrisa triste que contenía todos los dolores del mundo—. "Porque esta muerte no es una derrota. Es una victoria. Es el cumplimiento de la profecía. Es el principio de algo nuevo. Es el momento para el que he estado preparado toda mi vida."