Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Monasterio Abandonado (La noche después de la Última Cena)
La noche había caído sobre el monasterio, y con ella, un silencio que parecía contener el aliento del mundo entero.
Pablo no había dormido. No había podido. Las palabras de Jesua resonaban en su mente como un eco persistente, un eco que no podía apagar, que se repetía una y otra vez como una canción que no podía olvidar. "Debo morir." "Esta muerte no es una derrota, es una victoria." "El amor verdadero se demuestra dando la vida por los demás." "La fe verdadera se demuestra confiando en el Padre, incluso en la muerte."
Se levantó de la cama de paja donde había intentado descansar, sintiendo el crujido de las fibras bajo su peso, y caminó hacia la capilla. La luz de las velas parpadeaba en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra que se movían como espíritus invisibles. El aire era frío, y su aliento formaba pequeñas nubes blancas que se desvanecían lentamente. Jesua estaba allí, arrodillado frente al altar, con los brazos extendidos y los ojos cerrados, en una postura de profunda oración.
—"Sabía que vendrías" —dijo, sin volverse, su voz suave y serena en el silencio—. "Sabía que no podrías dormir. Sabía que las palabras que te he dicho te perseguirían como sombras. Sabía que necesitabas estar aquí."
—No puedo —admitió Pablo, su voz ronca por la falta de sueño—. No puedo dejar de pensar en lo que dijiste. No puedo aceptar que te vayas. No puedo imaginar un mundo sin ti. ¿Cómo voy a seguir adelante sabiendo que no estás?
Jesua se levantó lentamente, con la gracia de un hombre que ha aceptado su destino, y se volvió hacia él. En sus ojos, Pablo vio una mezcla de tristeza y paz, una combinación que parecía imposible pero que era real, tangible, como si el dolor y la alegría pudieran coexistir en un mismo corazón.
—"No es fácil, Pablo" —dijo, su voz llena de compasión—. "Nunca es fácil decir adiós. Nunca es fácil dejar a los que amas. Pero a veces, el adiós es necesario. A veces, la partida es parte del camino. A veces, el sacrificio es la única manera de alcanzar la victoria."
—¿Y cómo sé que es el camino correcto? —preguntó Pablo, con voz quebrada, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¿Cómo sé que no hay otra manera? ¿Cómo sé que no estás cometiendo un error? ¿Cómo sé que el Padre no te está pidiendo algo que no debes hacer?
Jesua caminó hacia él y puso una mano en su hombro. El calor de su toque recorrió el cuerpo de Pablo como una corriente de energía, dándole fuerza en medio de su debilidad.
—"Porque el Padre me lo ha mostrado" —dijo, su voz firme y segura—. "Porque el Espíritu me lo ha confirmado una y otra vez, en cada oración, en cada momento de silencio, en cada prueba que he enfrentado. Porque la verdad me lo ha revelado en lo más profundo de mi ser. Este es el camino, Pablo. El único camino. No hay otro. No hay atajo. No hay alternativa."
—Pero... —Pablo sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas, que su cuerpo temblaba, que su corazón se partía en pedazos—. Pero no quiero que te vayas. No quiero estar sin ti. No quiero perderte. Eres mi amigo, mi hermano, mi guía. No sé quién soy sin ti.
Jesua sonrió con ternura, con una ternura que contenía todo el amor del universo, todo el consuelo que Pablo necesitaba.
—"Yo tampoco quiero irme, Pablo" —dijo—. "Pero a veces, el amor exige sacrificio. A veces, la fe exige entrega. A veces, la verdad exige testimonio. Y este es mi testimonio. Este es mi sacrificio. Este es mi amor."
—¿Cómo puedo seguir sin ti? —preguntó Pablo, con voz apenas un susurro—. ¿Cómo puedo liderar a la gente sin tu guía? ¿Cómo puedo tomar decisiones sin tu sabiduría? ¿Cómo puedo ser fuerte sin tu fuerza?
Jesua lo miró largamente, con una mirada que parecía ver a través de su piel, hasta el fondo de su alma.
—"No estarás sin mí" —dijo—. "Porque yo estaré contigo siempre. En tu corazón. En tu alma. En cada pensamiento, en cada palabra, en cada acción. Cada vez que dudes, recordarás mi voz. Cada vez que tengas miedo, recordarás mi paz. Cada vez que te sientas solo, recordarás mi amor."
Hizo una pausa, y su mirada se suavizó.
—"Y además, no estarás solo. Tendrás a los demás. Tendrás a Ximena, que te ama. Tendrás a Cristian, que te respeta. Tendrás a Daichar, que te sigue. Tendrás a todos los que han luchado a tu lado, los que han compartido tu fe, los que han creído en la misma verdad. Tendrás al Padre, que nunca te abandonará. Y tendrás la verdad, que siempre te guiará."
Pablo guardó silencio, procesando las palabras de Jesua, sintiendo cómo cada una de ellas se hundía en su corazón como una semilla que comenzaba a germinar.
—"Ahora" —dijo Jesua, con voz firme—. "Debo irme. El momento ha llegado. No puedo esperar más. El Padre me llama."
—¿Adónde vas? —preguntó Pablo, con urgencia—. ¿Dónde vas a ir?
—"A la ciudad" —respondió Jesua—. "A la Plaza del Redentor. Donde todo comenzó. Donde todo terminará. Donde la profecía se cumplirá. Donde la verdad será revelada."
—¿Por qué? —preguntó Pablo, su voz temblorosa—. ¿Por qué tienes que ir allí? ¿Por qué no puedes ir a otro lugar?
Jesua sonrió con una luz que parecía iluminar toda la capilla, una luz que no era de este mundo.
—"Porque allí me esperan" —dijo—. "Porque allí debo cumplir mi misión. Porque allí la verdad será revelada a todos, no solo a unos pocos. Porque allí el mundo verá lo que significa el amor verdadero."
—¿Puedo ir contigo? —preguntó Pablo, con desesperación—. ¿Puedo estar a tu lado?
Jesua negó con la cabeza, suavemente pero con firmeza.
—"No, Pablo. Esto debo hacerlo solo. Es mi momento. Es mi camino. Es mi sacrificio. Pero recuerda lo que te he dicho. Recuerda que la verdad siempre prevalece. Recuerda que el amor siempre vence. Recuerda que la fe siempre triunfa. Y recuerda que siempre estaré contigo."
Y dicho esto, Jesua se volvió y caminó hacia la puerta. Sus pasos eran firmes, seguros, como los de un hombre que sabe adónde va y por qué va.