Julia
Siempre dije que el fútbol se disfruta mejor desde las gradas o desde el sillón de la sala, con una coca bien fría, unas papitas y mi papá gritando frente a la televisión como si los jugadores pudieran escucharlo desde cualquier estadio del mundo.
Él fue quien tuvo la culpa de todo esto, de que aprendiera a diferenciar un fuera de lugar antes que una ecuación de segundo grado, de que supiera de memoria las alineaciones de la Selección Mexicana y de que llorara cuando México quedaba eliminado y festejará como loca cuando al ganarun simple amistoso.
—El fútbol no se entiende con los ojos, Juli —me repetía cada fin de semana—. Se entiende con el corazón.
Tenía razón, aunque, siendo sincera, nunca soñé con estar metida en una cancha. Me gustaba verlo de lejos. Escuchar, contar historias y por eso estudié periodismo.
No porque quisiera entrevistar a futbolistas guapos o aparecer en televisión con un micrófono en la mano. Lo hice porque descubrí que detrás de cada partido existían cientos de historias que se contaba muy poco: las derrotas, las familias, los sacrificios, lesiones y sueños. Eso era lo que me apasionaba.
Lo malo era que convencer a mi jefa de eso fue otra historia para dejarme cubrir, aunque sea un partido.
—No tienes experiencia deportiva —afirmó con seriedad.
—Por eso la quiero —aseguré con firmeza.
—Tenemos periodistas con diez años cubriendo fútbol.
—Y yo puedo hacerlo mejor.
Sí, lo dije. Después, pasé tres días arrepintiéndome de haber abierto la boca, pero funcionó.
Después de semanas insistiendo, rogando y prácticamente acosando a la directora de contenidos cada vez que la veía salir de su oficina, por fin aceptó darme una oportunidad.
Solo una.
—No me hagas arrepentirme, Julia —bufó—. Va a haber consecuencias si no lo haces bien.
Esas fueron sus últimas palabras antes de entregarme mi acreditación. Desde entonces sentía un nudo permanente en el estómago, porque esta no es cualquier cobertura.
Era el Mundial de 2026 y México acababa de clasificarse para los dieciseisavos de final. Nada más y nada menos que contra Inglaterra. No había presión. Respiré hondo mientras el taxi se detiene frente al hotel donde está concentrada la Selección Mexicana.
El edificio parece un hormiguero con tantos aficionados detrás de las vallas metálicas sosteniendo camisetas, balones, fotografías y hasta peluches para conseguir una firma.
Las cámaras ocupan media banqueta. Había fotógrafos, influencers, reporteros, productores y guardias de seguridad. Todos hablaban al mismo tiempo.
—¡Voltea para acá!
—¡Ya salió el cuerpo técnico!
—¡¿Qué sabes de la alineación?!
—¡Dicen que Esteban va de titular!
Esteban Torres. Todo el mundo mantenía sus esperanzas en él. Era el delantero estrella y el hombre bonito del fútbol mexicano.
El que aparecía en comerciales de refrescos, bancos, ropa deportiva y hasta rastrillos. El que tenía millones de seguidores, el que siempre salía sonriendo como si jamás hubiera tenido un mal día en su vida, el consentido del país.
Pagué el taxi, acomodé mi mochila sobre un hombro y revisé por décima vez que la acreditación siguiera colgando de mi cuello. No pensaba perderla el primer día, sería el colmo.
—Respira, Julia —me consolé en voz baja—. Tú puedes.
No estaba muy convencida, crucé el primer filtro de seguridad. Luego el segundo. Un guardia revisó mi identificación con una seriedad que hace parecer que estoy intentando entrar al Pentágono y por fin me dejó pasar.
—Bienvenida.
—Gracias. —Mi voz suena mucho menos segura de lo que me gustaría.
El lobby está igual de caótico que el exterior, pues había productores corriendo de un lado a otro, personal del hotel cargando maletas, empleados de la federación hablando por radio. Una enorme pantalla transmitía los mejores momentos del partido anterior de México.
Cada vez que aparecía un gol, alguien aplaudía. Cada vez que Inglaterra sale en pantalla, los comentarios comienzan.
—Están cabrones.
—Pero los mexicanos se van a poner más chingones.
—No les llegan a los talones a Torres.
Saqué mi libreta y empecé a escribir algunas notas. Describí el ambiente, los cánticos de los aficionados que se alcanzan a escuchar desde afuera y la tensión previa al partido. Mi papá siempre decía que un Mundial se siente diferente y tenía razón. El aire era una mezcla de nervios, ilusión y miedo, parecía que todo un país estuviera conteniendo la respiración.
—¿Primera vez? —preguntó una voz masculina a mi lado.
Levanté la vista, un camarógrafo de unos cincuenta años me observaba con una sonrisa divertida mientras acomoda su enorme cámara sobre el hombro.
—¿Se nota mucho?
—Nomás tantito. —Se ríe.
—Estoy intentando disimular. — Me encogí de hombros.
—No lo hagas. —Sonrío— Todos estuvimos igual el primer día.
Eso me tranquilizaba un poco, pero donde la mayoría son hombres, me daba más trabajo para demostrar que también merecía estar ahí.
—Buena suerte, novata, porque la vas a necesitar.
No sabía si sentirme animada o más nerviosa después de escuchar eso. Mientras hablamos, las puertas del elevador se abren y de inmediato varios fotógrafos levantan las cámaras. Los reporteros acomodan sus micrófonos y el murmullo del lobby desaparece de golpe, porque algo estaba pasando.
—¿Qué ocurre? —pregunté, mirando entre el mar de cabezas.
El camarógrafo sonríe de lado.
—Prepárate.
Ahí viene la estrella.
Y, por alguna razón, el corazón me da un pequeño vuelco antes incluso de girar la cabeza.
Las puertas del elevador terminaron de abrirse y el lobby, que hace apenas unos segundos parecía un mercado en plena hora pico, se queda en silencio, solo dura un instante y después todo explota.
—¡Esteban!
—¡Torres, por acá!
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Editado: 11.07.2026