Esteban
Me acomodé el pants por quinta vez en menos de un minuto, porque estaba nervioso y eso era raro.
Llevaba años jugando en estadios llenos, con miles de personas gritándome desde las tribunas y millones viéndome por televisión. Disputé a finales de liga, clásicos y hasta una Champions. En teoría, ya debería estar acostumbrado a la presión, pero esto era distinto.
Era mi primer Mundial y no cualquier partido. Los dieciseisavos de final contra Inglaterra. Respiré con profundidad mientras observaba mi reflejo en el espejo de la habitación del hotel.
—No la vayas a regar, compadre —murmuré para mí mismo.
Mi lobo resopló dentro de mí, fastidiado, él no entendía de nervios. Solo quería correr, competir y ganar. Sonreí de lado.
Si alguien me escuchará hablar solo, pensaría que ya perdí la cabeza y tal vez no estaría tan equivocado. Tomé la cadena de plata que siempre llevaba debajo de la camiseta y la apreté entre los dedos.
Era un regalo de mi mamá, no tenía ningún poder especial, pero cada vez que la sostenía recordaba por qué estaba ahí, para mi familia. Y por el niño que, con apenas ocho años, corría descalzo detrás de un balón mientras todos los demás cachorros de la manada entrenaban para pelear.
Nunca quise ser alfa.
Mientras los ancianos hablaban de liderazgo, territorio y guerras, solo pensaba en el siguiente partido de fútbol, era el raro de la familia, pues prefería unos tachones antes que unas garras.
Mi padre tardó años en aceptarlo, pero el resto de la manada... Bueno, ellos no lo aceptaron del todo, pero Erik sí.
Mi hermano siempre lo entendió. Recuerdo a la perfección el día en que le entregué el brazalete del heredero.
—¿Es neta? —me preguntó.
—Más que nunca.
—Si haces esto ya no hay vuelta atrás.
—Eso espero. —Me reí.
Erik me abrazó tan fuerte que casi me rompe una costilla.
—Entonces déjame cuidar de la manada mientras tú haces lo que mejor sabes hacer.
—¿Jugar fútbol?
—Ser feliz, idiota.
Todavía puedo escuchar su risa. Fue la mejor decisión de mi vida. Él nació para ser alfa mientras que yo nací para jugar fútbol, así de sencillo y nunca me arrepentí.
—¿Torres?
Levanté la cabeza.
Diego, uno de los defensas de la selección, asomó la cabeza por la puerta.
—¿Vienes o qué onda? Ya casi bajamos.
—Ya voy.
Entró sin pedir permiso y se dejó caer sobre el sillón.
—Traes la cara de que viste un fantasma.
—Nomás ando pensando.
—Pues deja de pensar tanto. —Me lanzó una botella de agua.
—Si piensas mucho, la cagas. —La atrapé en el aire.
—Gracias por el consejo, Diego.
Solté una carcajada, ese idiota tenía un talento especial para hacerme reír incluso antes de los partidos más importantes.
—¿Cómo anda la raza abajo?
—Uf… —Silbó—. Está hasta la madre, lo de siempre.
Asentí mientras me ponía la chamarra del uniforme, era normal, pues México entero estaba viviendo el Mundial como si fuera una fiesta nacional y la verdad lo era.
Diego se levantó del sillón y abrió la puerta.
—Ah, por cierto.
—¿Qué?
—El entrenador dijo que ya está toda la prensa afuera.
—Qué sorpresa. —Rodé los ojos con estrés.
—Pero solo nos dejó responder una pregunta por cabeza, ya sabes que después del partido es lo mismo. Dice que no quiere que nos entretengamos porque tenemos que llegar temprano al estadio.
—Perfecto.
Menos tiempo para que me pregunten si le voy a meter tres goles a Inglaterra. Diego soltó una risa.
—Acostúmbrate. Eres la estrella del equipo, el que mete goles.
Negué con la cabeza, pues nunca me gustó ese título, porque el fútbol no se jugará solo. Los once jugadores no se partieron la madre durante noventa minutos.
Aquí nadie ganaba solo.
Salimos de la habitación y caminamos por el pasillo. Algunos compañeros iban bromeando y otros traían audífonos. Cada quien lidiaba con los nervios como podía, podía olerlos.
Prefería escuchar el ruido, las conversaciones, las risas. Me recordaban que seguía siendo humano.
Las puertas del elevador se abrieron y entramos varios jugadores al mismo tiempo.
—¿Listo para romperla, goleador? —preguntó uno de los staff.
—Primero Dios.
—Estamos seguros de que los ingleses tienen miedo de ustedes.
Hice una mueca.
—¿Miedo?
Las carcajadas llenaron el elevador y las necesitábamos, porque en menos de tres horas estaríamos frente a más de ochenta mil personas en el Estadio Azteca. Cuando las puertas volvieron a abrirse en el lobby, el ruido nos golpeó de inmediato.
Había cámaras por todos lados, periodistas gritando preguntas, aficionados intentando colarse entre los guardias y un montón de flashes explotando frente a nosotros. Apenas dimos un paso fuera del elevador, la prensa se nos vino encima.
—¡Torres, una foto!
—¡Esteban, por acá!
—¿Cómo se sienten para enfrentar a Inglaterra?
—¿Crees que México puede llegar a cuartos?
Diego me dio un codazo mientras avanzábamos entre la multitud.
—Te toca, lobo —pronunció mi apodo y solo porque me gustaba admirar la luna en todas sus fases.
—Cállate.
Él soltó una carcajada y siguió caminando junto al resto del equipo.
Los de seguridad intentaban abrirnos paso, pero aquello era un caos. Algunos compañeros se detenían unos segundos, otros levantaban la mano a modo de saludo y los más veteranos seguían de largo, acostumbrados al circo que acompañaba cada partido.
Respiré hondo y me repetí en la cabeza las palabras del técnico: Una pregunta y nos largábamos. Me acerqué a la zona acordonada mientras varios micrófonos se estiraban hacia mí.
—Esteban, ¿qué significa jugar tu primer Mundial en casa?
Sonreí apenas.
—Es un sueño, la neta. Desde morrito quería vestir esta camiseta y ahora nos toca defenderla en un partido importantísimo.
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Editado: 11.07.2026