Julia
Todavía no entendía cómo terminé ahí.
Bueno, sí lo entendía. Mandé correos, insistí hasta el cansancio y prácticamente le rogué a mi jefa para que me diera una oportunidad. Pero, aun así, mientras acomodaba la cámara sobre la mesa improvisada de la zona de prensa del Estadio Azteca, una parte de mí seguía convencida de que, en cualquier momento, alguien se acercaría a decirme que había habido un error.
—¿Lista, Julia? —preguntó uno de los técnicos de la televisora antes de desaparecer entre la multitud.
—Listísima.
Mentira, pues no estaba lista ni tantito.
La zona para periodistas se encontraba en una especie de sala enorme debajo de las gradas. Habían colocado varias pantallas gigantes para seguir el partido, mesas largas llenas de computadoras, cámaras, cables y vasos de café que podrían llevar ahí desde la mañana.
La neta, imaginé otra cosa. Creí que estaría viendo el partido desde un palco bonito, pero no. Los periodistas de medios pequeños y locales nos tocaban verlo por televisión mientras escribíamos notas como locos.
Aun así, me sentía afortunada, porque estaba ahí, cubriendo el Mundial y a la Selección Mexicana.
Mi papá se habría burlado muchísimo si me hubiera visto en ese momento, sentada frente a una pantalla y tratando de aparentar que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Acomodé la cámara por tercera vez y revisé la batería. Cien por ciento, estaba perfecto. Luego chequé mi libreta, apunté un montón de preguntas posibles para los jugadores después del partido:
"¿Cómo se prepararon para enfrentar a Inglaterra?"
"¿Qué significa representar a México en casa?"
"¿Cómo manejan la presión?"
Todas me parecían aburridísimas y estaba segura de que los colegas también preguntarían lo mismo, pero era difícil pensar en preguntas inteligentes cuando mi lado fanático quería olvidarse del trabajo y ponerse a sufrir por noventa minutos.
A mi alrededor, los demás periodistas discutían alineaciones, estadísticas y probabilidades.
—Los ingleses vienen fuertes, pero van a probar el chile nacional.
—Sí, pero México trae mejor ritmo.
—Mientras Esteban ande al tiro, hay partido.
Le di un trago a mi café justo cuando el árbitro dio el silbatazo inicial. Y, Dios santo, creía que el corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento.
Aunque estaba viendo el partido por una pantalla, podía sentir la energía del Azteca colándose hasta la sala de prensa. Los gritos de la afición retumbaban en las paredes y, por momentos, hasta se escuchaban las porras.
— ¡Vamos, México! —Ni siquiera me di cuenta de que lo grité.
Los primeros minutos fueron una locura. Inglaterra intentó imponer condiciones desde el inicio, pero México no se dejó intimidar. Y qué bueno, porque si algo nos sobra como mexicanos es huevos.
El balón pasó la mayor parte del tiempo del lado mexicano. Cada ataque ingles levantaba a medio salón de prensa y yo tenía que recordarme que estaba ahí para trabajar, no para gritarle a la televisión, aunque ganas no me faltaban.
Tomé algunas fotos de la sala, anoté un par de jugadas importantes y traté de formular preguntas para la zona mixta.
"¿Qué sentiste al escuchar el himno?"
No, era muy cursi.
"¿Crees que el cansancio del rival influyó?"
Mejor, pero no estaba convencida.
Le di vueltas a la pluma entre los dedos mientras seguía el partido porque, incluso yo, que no entendía demasiado de fútbol, podía darme cuenta de que los ingleses comenzaban a quedarse sin energía. Corrían menos, llegaban tarde a las marcas y cada movimiento parecía exigirles un esfuerzo mayor. Siempre que México recuperaba el balón, tardaban unos segundos más en reacomodarse sobre el campo.
—Ya están agotados los ingleses—comentó un periodista a mi lado.
—Yo también creo —respondí.
Lo frustrante era que la Selección parecía darse cuenta de ello. Se notaba en la forma en que tocaban el balón, en la velocidad con la que recuperaban la posesión y en la confianza con la que se acercaban al área rival. Por momentos, daba la impresión de que el gol estaba a unos cuantos pases de distancia.
Pero el fútbol tiene esa mala costumbre de ilusionarte antes de darte un golpe de realidad. Porque, aunque los ingleses se veían agotados, seguían resistiendo, y cada minuto que pasaba hacía que la tensión en el estadio y en la sala de prensa creciera un poquito más.
Llegó el segundo tiempo y el ambiente en la sala de prensa se volvió insoportable. Nadie hablaba de otra cosa.
—Nomás falta el gol.
—Hay que meterla antes de que se compliquen las cosas.
—No vayan a salir con una tontería.
Y, como si el universo hubiera escuchado aquello y hubiera decidido burlarse de nosotros, pasó. Todo ocurrió rapidísimo con un mal pase que llevó a una recuperación inglesa y un contragolpe.
—No, no, no...
Vi que el delantero arrancaba con espacio y sentí que el estómago se me iba hasta el piso.
—¡Marquen, pinche madre!
Demasiado tarde, porque el disparo terminó en la red y la sala entera explotó, pero no de felicidad.
—¡No mames!
—¡¿Qué fue esa mamada?!
—¡No puede ser!
Alguien aventó un bolígrafo contra la mesa, otro se levantó para caminar de un lado a otro mientras que me quedé inmóvil, viendo la repetición en la pantalla como si, al verla una segunda vez, el resultado fuera a cambiar.
Sentí una frustración ridícula, porque México estaba jugado mejor, así como Inglaterra llevaba varios minutos arrastrando los pies y aquello era injusto.
—Qué coraje traigo atorado—murmuré.
Tomé el celular para escribirle a mi papá, pero él fue más rápido.
Papá: "No inventes, Juli. Nos agarraron en la pendeja."
Suspiré y me dejé caer sobre el respaldo de la silla, quedaban varios minutos por delante, así que había esperanza y todavía podía pasar cualquier cosa. Pero, por primera vez desde que llegué al estadio, dejé de pensar en preguntas, entrevistas y notas para la televisora, porque en ese momento solo era una mexicana más, sentada frente a una pantalla, sufriendo como si me fuera la vida en ello.
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Editado: 27.07.2026