Gol de luna

Cuatro

Esteban

Siempre pensé que jugar un Mundial sería la experiencia más intensa de mi vida y en serio lo era. Solo que no de la forma en la que imaginé.

Corría detrás del balón mientras el Azteca rugía a mi alrededor, pero mi mente parecía estar en otro lugar. El estruendo de la multitud se mezclaba con las órdenes del entrenador, las voces de mis compañeros y el silbato del árbitro, creando un caos difícil de seguir. Aun así, había algo que conseguía abrirse paso entre todo aquel ruido, una sensación persistente que no lograba ignorar.

Aquel estúpido aroma a frutos rojos, era dulce y también imposible de ignorar.

Cada vez que intentaba concentrarme en el partido, mi lobo aprovechaba para recordármelo.

«Tenemos que volver.»

—Ni de broma —mascullé entre dientes mientras perseguía a un defensa inglés.

«La dejamos atrás.»

—Ya cállate. —Mordí el interior de la mejilla con frustración.

Por suerte, el estadio estaba tan escandaloso que nadie podía escucharme hablar solo o eso esperaba.

México estaba jugando bien. Incluso mejor que Inglaterra. La mayor parte del tiempo, nosotros teníamos ventaja y cada ataque conseguía acercarnos un poco más al área rival. Los ingleses empezaban a mostrar señales de agotamiento; podía verlo en la forma en que retrocedían, en la manera en que llegaban tarde a las marcas y en la desesperación con la que despejaban cada balón.

Sin embargo, mi mente estaba lejos de allí.

Fallé dos oportunidades claras. En cualquier otro partido, las habría aprovechado sin pensarlo mucho. Ahora, en cambio, cada vez que el balón llegaba a mis pies, una parte de mí seguía atrapada en el lobby del hotel.

Era el aroma de aquella mujer lo que se abría paso entre el caos, y eso era lo que más me irritaba. Ni siquiera me había detenido a mirarla con atención. No sabía quién era, desconocía su nombre y, hasta ese momento, no había tenido el menor interés en averiguarlo. Sin embargo, algo en ella se había quedado atrapado en mi mente, negándose a desaparecer.

Entonces, ¿por qué chingados mi lobo estaba actuando como si hubiera encontrado el sentido de su existencia?

«Porque lo encontré.»

Solté un bufido mientras regresaba trotando a mi posición.

—Qué dramático eres.

El problema era que tenía razón y eso me ponía de peor humor.

El árbitro marcó una falta a favor de Inglaterra y aproveché el momento para inclinarme sobre mis rodillas y recuperar el aire. El sudor me corría por la frente y el uniforme comenzaba a pegarse a mi espalda.

—¿Qué traes hoy, Torres?

Levanté la cabeza.

Diego había aparecido a mi lado con las manos en la cintura.

—¿De qué hablas? —pregunté, fingiendo la voz entrecortada.

Me miró como si acabara de preguntarle si el cielo era azul.

—No te hagas, te conozco.

—No es nada. —Solté una risa cansada.

—Ajá —respondió con sarcasmo, porque tuvimos unos breves segundos de cercanía.

—Nomás no me siento muy bien. —Negué con la cabeza mientras el árbitro acomodaba la barrera.

—¿Te enfermaste o qué? —Diego frunció el ceño.

—No, nada más ando medio raro.

Porque explicarle que mi lobo decidió volverse loco en pleno Mundial no era una opción.

—Necesitas ponerte vergas, lobo. Nos necesitan allá adelante.

—Sí, ya sé. —Asentí con la cabeza.

Diego me dio una palmada en el hombro antes de alejarse a la carrera. Lo observé reunirse con el resto del equipo mientras intentaba convencerme de que todavía estábamos a tiempo de cambiar el rumbo del partido, de recuperar el control y llevarnos la victoria.

Porque aún podíamos hacerlo, tenía que hacerlo.

El balón volvió a ponerse en movimiento y seguimos jugando hasta que el árbitro marcó una pausa para hidratarnos. Me acerqué a la banca, tomé una botella de agua y bebí un trago largo.

El líquido frío apenas me ayudó a despejarme.

«Todavía podemos volver.»

Cerré los ojos un segundo.

—No.

«La estamos perdiendo.»

—No estoy perdiendo nada.

Pero ni yo mismo me creí esa mentira.

Abrí la botella otra vez y me mojé la nuca. A unos metros, el entrenador hablaba con varios jugadores, señalando posiciones y movimientos. Inglaterra comenzaba a agotarse y todos lo sabíamos.

Solo existía un problema, también empezaba a sentirme agotado.

No físicamente, pues eso era imposible.

Sentía que estaba peleando dos partidos al mismo tiempo.

Uno en la cancha y otro dentro de mi propia cabeza.

El silbato anunció el final de la pausa y volví a mi posición. Respiré hondo, miré el estadio lleno de mar verde, porque la gente usaba la playera. Y al final, traté de recordar qué estaba haciendo ahí, porque, por primera vez desde que me puse la camiseta de la Selección, tenía la culera sensación de que estaba perdiendo algo mucho más importante que un partido.

Corrí con todas mis fuerzas por la banda derecha mientras el estadio entero rugía a mi alrededor. Sentía las piernas arder después de más de ochenta minutos de partido, pero la adrenalina podía más que el cansancio.

Apreté los dientes y aceleré.

El defensa inglés venía pegado a mí, intentando cerrarme el paso, aunque logré adelantarme un par de metros. Levanté la vista y vi a Mateo peleando el balón cerca del área. Por un segundo pensé que iba a perderlo, pero consiguió recuperarlo y tocó rápido hacia José.

En cuanto vi que levantaba la cabeza, supe con exactitud lo que iba a hacer.

Cambié de dirección y corrí hacia el centro del área, cerca de la portería contraria. Todo ocurrió en cuestión de segundos, el ruido de la tribuna desapareció.

Solo existían el balón y yo.

José mandó un centro perfecto, elevándolo por encima de los defensas. Calculé la trayectoria mientras seguía corriendo y, justo cuando uno de los ingleses intentó adelantarse, salté con fuerza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.