Gol de luna

Cinco

Julia

Mi papá siempre decía que los partidos importantes no se veían, se sufrían. Nunca entendí del todo aquella frase hasta ese momento, porque ahí estaba yo, sentada en una sala improvisada para periodistas, con la libreta abierta frente a mí, aunque llevaba varios minutos sin escribir una sola palabra. La cámara descansaba a un lado y yo me mordía las uñas con nerviosismo, como si ese gesto pudiera alterar de alguna manera lo que estaba ocurriendo en la pantalla.

A mi alrededor, las conversaciones desaparecieron casi por completo. Algunos periodistas permanecían de pie, otros seguían el partido con los brazos cruzados y la mirada fija en el televisor. Nadie quería apartar los ojos del encuentro, porque todos sabíamos que cualquier jugada podía cambiarlo todo.

Era imposible mantener la calma, no cuando todo un país estaba conteniendo la respiración.

No cuando México se estaba jugando el pase a los octavos de final del Mundial, faltando apenas unos minutos y el marcador seguía tan apretado que sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.

A mi alrededor, la sala de prensa parecía cualquier cosa eso.

Los periodistas que minutos antes estaban escribiendo análisis, revisando estadísticas y hablando, parecía que eran entrenadores profesionales ahora estaban pegados a las pantallas.

Algunos tenían los brazos cruzados mientras que otros caminaban de un lado a otro.

—No puede acabar así, estoy con los nervios de punta —murmuró un reportero veterano sentado cerca de mí.

—Todavía falta —respondió otro—. O sea, tenemos oportunidades.

Todos sabíamos que, en el fútbol, un minuto podía cambiarlo todo y México estaba a punto de descubrirlo.

Respiré profundo mientras veía la pantalla. El partido estaba siendo una locura, porque Inglaterra llegó fuerte, pero México no se dejó intimidar. Corrieron detrás del balón como si fuera el último, pelearon cada espacio y, aunque las piernas ya pesaban, nadie quería bajar los brazos.

Hasta que apareció Esteban Torres, el número 13.

Hasta ese momento, había sido uno de los jugadores más vigilados del partido. Cada vez que tocaba el balón, dos defensas ingleses se lanzaban sobre él sin dudarlo, cerrándole los espacios y obligándolo a jugar bajo presión. Pero, aun así, seguía intentándolo. Seguía corriendo, buscando un hueco entre las líneas rivales, negándose a rendirse.

Y cuando el balón llegó a sus pies en aquel instante, algo dentro de mí se tensó.

No sabría explicar por qué. Quizá fue la forma en que levantó la cabeza para observar el campo, o la seguridad con la que controló el pase mientras el estadio entero contenía el aliento.

—Vamos.

Ni siquiera me di cuenta de que lo dije en voz alta.

El ataque avanzó, vi un pase, después otro. La defensa inglesa retrocedió y en un abrir y cerrar de ojos, Esteban quedó frente al área.

La sala completa quedó en silencio para contener tanta tensión que daban escalofríos, parecía que todos supiéramos que estábamos viendo un momento importante, tal vez el decisivo.

El disparo del balón salió rápido, potente y perfecto. Por un segundo, la pelota pareció ir en cámara lenta hasta que golpeó la red.

¡GOOOOOOOOOOL!

¡El tercer gol!

El gol que definía el destino de México y mandaba a los cuartos de final.

Todos explotamos en un furor que se podía sentir desde cualquier parte del mundo.

—¡¡¡GOOOOOOOL!!!

No sé quién gritó primero. Tal vez fui yo o el periodista de al lado o fuimos todos al mismo tiempo, porque en cuestión de segundos la sala entera se convirtió en una locura. Las sillas se movieron, las personas saltaron, alguien golpeó la mesa de emoción, otro levantó los brazos, se sentía que estuvieran en las gradas del estadio y yo también grité hasta quedarme sin voz.

—¡Vamos, México!

Me salió del alma como una niña que creció viendo partidos con su papá, la que aprendió a amar esos noventa minutos de sufrimiento y esperanza.

Afuera, el sonido era todavía más impresionante, aunque estábamos lejos de la cancha, podíamos escuchar que el Estadio Azteca se venía abajo.

México rugía, literalmente.

La celebración comenzó casi de inmediato, primero fueron los gritos de la gente. Después llegaron los fuegos artificiales iluminando el cielo y las explosiones de colores se reflejaban en las ventanas y por un momento parecía que toda la ciudad estaba festejando al mismo tiempo y se escuchó la música, los mariachis.

No sé de dónde salieron, pero de repente el sonido de las trompetas comenzó a mezclarse con los gritos de los aficionados.

Era una escena tan emotiva, mis colegas se abrazaban unos a otros sin parar de gritar y era perfecta por completo.

México acababa de ganar, seguía vivo en el Mundial y nadie quería comportarse como un adulto responsable.

Mucho menos los periodistas, porque durante unos minutos todos olvidamos quiénes éramos. Olvidamos las notas pendientes, las entrevistas que todavía quedaban por hacer y las entregas que nos esperaban al terminar el partido. También dejamos de lado cualquier intento de mantener la distancia y la objetividad que se suponía que debíamos conservar.

En ese instante, nada de eso importaba.

Éramos mexicanos celebrando una victoria histórica, gritando frente a la pantalla, abrazándonos con desconocidos y dejándonos arrastrar por una felicidad tan intensa que resultaba imposible ocultarla.

Después de varios minutos de gritos, risas y abrazos improvisados, poco a poco la realidad comenzó a regresar. Uno de los periodistas volvió a sentarse y abrió su computadora. La pantalla se llenó de comerciales y me imaginé que en el estadio los futbolistas se estaban despidiendo.

—Bueno, señores toca trabajar. —carraspeó uno—. Ahora viene la selección y debemos estar preparados.

Todos soltaron quejidos.

—Qué poca madre que la vida siga después de esto.




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