Gol de luna

Seis

Esteban

Había esperado todo lo que pude.

Después del partido, mientras medio equipo celebraba el pase a cuartos y los utileros corrían de un lado a otro recogiendo quién sabía cuántas cosas, me quedé sentado en mi lugar del vestidor, fingiendo que estaba muy cansado para salir.

Y sí, estaba cansado, aunque no por el partido. Inglaterra fue complicado, pero eso no era lo que me tenía con la cabeza hecha un desastre.

Era aquel aroma tan intenso que sentía que se había quedado pegado a mi garganta.

«Ve con ella.»

Me pasé la toalla por el cabello mojado y apreté la mandíbula.

No.

«La encontramos.»

No me importa.

Bueno, sí me importaba. Ese era el problema.

No quería que me importara, aunque mi lobo parecía tener otros planes.

«No puedes ignorarla para siempre.»

Observa cómo lo hago.

Me levanté del banco y abrí mi casillero con más fuerza de la necesaria. A mi alrededor, algunos compañeros seguían riéndose, extasiados de haber ganado, y debía de compartir aquella emoción, pero no podía del todo.

—¡Te luciste, Torres!

—Invitas las chelas cuando se acabe el Mundial.

—Primero que ganemos el siguiente partido —respondí, intentando sonar normal.

Diego apareció detrás de mí con una sonrisa enorme.

—¿Todavía sigues con humor?

—Nomás estoy cansado.

—Sí, pero eso no evita que salgamos a festejar un poco. Además, afuera está la prensa esperando al héroe nacional.

Solté un bufido. Tomé una botella de agua y me la terminé de un trago, esperando que eso calmara a la bestia que llevaba dentro, pero no funcionó, porque, en cuanto uno de los encargados abrió la puerta del vestidor para avisarnos que era hora de salir, el aroma regresó muchísimo más fuerte.

Fue como si alguien hubiera abierto una ventana hacia ella.

«Está aquí.»

Cállate.

«Encuéntrala.»

No.

«Nuestra compañera nos está esperando.»

Pasé una mano por mi nuca y respiré hondo, porque no iba a buscarla ni a ponerme a husmear entre periodistas y camarógrafos como un lobo adolescente incapaz de controlar sus instintos, así que me obligué a salir.

Di un paso al pasillo y el ruido me golpeó de inmediato. Había micrófonos, cámaras y gente llamándonos por nuestros apellidos. Los flashes me cegaron durante un segundo.

Intenté concentrarme en cualquier cosa menos en aquel olor, en las preguntas, en el partido, el siguiente rival o lo que fuera, pero la vi y el universo decidió burlarse de mí, porque, de entre todas las personas que podían haber estado ahí, justo frente a mí apareció ella.

Su rostro tenía una belleza tranquila, de esas que no necesitan llamar la atención para quedarse grabadas en la cabeza. Sus rizos castaños le rozaban los hombros y enmarcaban unas facciones suaves que contrastaban con sus cejas gruesas y bien definidas. Tenía los ojos grandes y oscuros, llenos de una curiosidad casi imposible de ignorar. Para mí, hacían juego a su piel morena.

Era una mujer guapísima y parecía genuina y real, podía oler su emoción y su corazón salirse del pecho. Y eso era todavía peor.

«Es ella.»

Mi lobo rugió dentro de mí.

Ella sostenía un micrófono con una mano y una cámara con la otra, intentando abrirse paso entre la multitud de periodistas. Estaba nerviosa, aunque hacía un esfuerzo enorme por ocultarlo.

—Esteban, después del gol que definió el partido, ¿cómo te sentiste en ese momento?

Su voz me atravesó como si hubiera esperado toda mi vida para escucharla.

La miré y durante un segundo, el estadio, el partido y los miles de personas que gritaron mi nombre desaparecieron por completo. Solo estaban sus ojos clavados en los míos y mi lobo volviéndose loco de remate.

«Tómala.»

Lo ignoré.

«Márcala.»

Quería que se callara el puto hocico.

«Es nuestra.»

No tenía idea de cuánto tiempo permanecí inmóvil. Quizá fueron apenas unos segundos, pero se sintieron eternos, porque, por primera vez desde que encontré aquel aroma en el pasillo, ella tenía un rostro, una sonrisa y una voz, eso complicaba todo.

—Bien —respondí, obligándome a apartar la vista—. Feliz por el equipo. Trabajamos mucho para esto y con Inglaterra fue un gran juego.

Ni siquiera recordé qué más dije. Lo único que quería era salir de ahí, así que seguí caminando con rapidez, sintiendo que mi lobo protestaba con cada paso que me alejaba.

«¿Qué estás haciendo?»

Me salvaba.

«Nos estás alejando de ella.»

Eso era lo que quería, porque cuanto más la conociera, peor sería.

Ya era bastante malo haber encontrado a mi compañera en pleno Mundial; no necesitaba descubrir también su nombre, qué hacía o por qué tenía esa sonrisa capaz de me ponía con los pelos de punta.

Por suerte, el caos del vestidor y el camino al autobús me obligaron a pensar en otra cosa. Apenas subimos, el ambiente explotó. Parecía que a nadie le importaban las piernas molidas ni las casi dos horas corriendo detrás del balón.

—¡Estamos en cuartos, cabrones! —gritó Mateo desde los asientos del fondo, golpeando el techo del autobús.

Un coro de gritos le respondió de inmediato.

Algunos empezaron a cantar, otros a grabar videos para sus redes y Diego, que ya se adueñaron de la bocina portátil del utilero, puso una playlist de regional a todo volumen.

Me dejé caer en mi asiento junto a la ventana y apoyé la cabeza contra el cristal. Afuera, la ciudad seguía despierta. Desde la autopista podían verse las luces y, de vez en cuando, el brillo de algún fuego artificial perdido en el cielo.

—No te pases, yo quiero ir al Ángel a festejar —soltó Mateo, asomándose entre los asientos.

Varias voces lo apoyaron enseguida.

—¡Jalo!

—¡Yo también!




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