Julia
Para cuando terminé de mandar las notas, subir las fotos y los vídeos, para actualizar las redes de la televisora por quinta vez en menos de una hora, ya sentía que el cerebro me estaba pidiendo unas vacaciones en la playa.
México acababa de pasar a cuartos de final.
¡A cuartos!
Todavía me costaba creerlo.
Guardé la cámara en su funda, me subí al asiento del copiloto y salimos del estacionamiento con una sonrisa tan grande que me dolían los cachetes.
No iba sola. Desde hacía veinte minutos, tenía a mis dos mejores amigas esperando en el coche: Sofía, que vivía a unas calles del Ángel de la Independencia, y Mariana, cuya única misión en la vida parecía ser convertir cualquier plan tranquilo en un desastre.
—¡Por fin! Pensé que te habían contratado para cubrir la final. —Sofía apretó el volante del carro.
—Tranquila, llevo trabajando desde la mañana. —Sonreí, pero estoy muerta ahorita—. Aunque si se me antojan esas chelas que me dijiste por mensaje.
Mariana, desde el asiento de atrás, soltó una carcajada.
—Trabajaste mucho para esta oportunidad, es tu camino para ser una periodista estrella.
Puse los ojos en blanco mientras encendía el carro.
—Gracias, chicas.
Pero la emoción me traicionaba. Se me notaba en la sonrisa, en que tarareaba el himno nacional de la radio y en la velocidad con la que me quité la camisa formal para ponerme la playera verde de la Selección que llevaba doblada en la mochila.
—¡Eso, chingada madre! —gritó Mariana, golpeando el respaldo de mi asiento—. Ya salió la fan.
—Obviamente salió la fan —respondí, acomodándome el cabello frente al espejo—. Acabo de ver que México eliminó a Inglaterra.
—Sí, sí, pero lo que queremos saber es otra cosa —dijo Sofía con una sonrisa sospechosa.
—¿Qué? —La miré de reojo.
—¿Esteban Torres sí está tan guapo en persona?
Mariana se inclinó hacia delante entre los asientos.
—Eso, eso. Ya dinos ¿La televisión le hace justicia o no? —insistió Mariana.
—¿En serio eso les preocupa? —Solté una risa.
—Claro que sí —respondieron a coro.
—Investigación periodística —añadió Mariana, muy seria—. Es lo que aprendo de ti cuando nos hablas de tu trabajo.
—Pues… —Negué con la cabeza mientras nos incorporábamos al tráfico.
—¡¿Pues qué?! —volvieron a hablar al mismo tiempo.
—Pues sí está guapo —respondí—. Sus ojos se ven más claros de lo que se muestra en persona
Las dos empezaron a gritar con tanta emoción.
—¡Yo sabía! —chilló Mariana.
—¡Qué coraje no haber estudiado periodismo! —Sofía resopló.
—No exageren.
—¿Y los demás? —preguntó Mariana— ¿Diego? ¿Mateo? ¿El portero?
—No sé, no me puse a hacer un concurso de belleza en la zona mixta. —Recargué la cabeza—. Estaba tratando de llegar a adelante, todos nos amontonábamos e intentaba tener una buena pregunta. No quería hacer el oso.
—Pero, vamos. Estoy segura de que viste algo.
—Además —continuó Mariana—, si México gana el Mundial, te nos vas a volver insoportable.
Sonreí mientras frenaba en un semáforo.
—¿Y si sí? —Aplaudí con emoción.
Podía sentir toda la emoción del país por todas partes.
Las tres nos quedamos en silencio un segundo. Después, Sofía soltó una risa nerviosa.
— ¡Pues estamos manifestando!
—Le dije a mi mamá que les prendiera una velita —contesté.
—Yo también les prendí una—Mariana levantó una ceja—. Los planetas están a nuestro favor.
—¿Y si sí? —repetí— ¿Y si este es el bueno?
—Tiene que ser el bueno —respondió Sofía.
Porque todas estábamos pensando lo mismo ¿Qué tal si México, por primera vez en la historia, realmente podía ganar un Mundial?
La pregunta nos acompañó el resto del camino. Y, conforme nos acercábamos al Ángel, entendimos que no éramos las únicas que se la estaban haciendo.
El tráfico estaba horrible.
Los coches tocaban el claxon sin descanso, la gente ondeaba banderas desde las ventanas y, a lo lejos, ya podían escucharse los gritos una y otra vez.
—¡No mamen! —gritó Sofía, pegándose a la ventana—. Ve toda esa gente. Lo bueno es que estamos cerquitas y dejar el coche en mi depa.
—Parece que hay unos cientos de miles —balbuceé con la piel de gallina.
— ¡Ya quiero estar allá!
Con muchísimo trabajo encontramos llegar al edificio de Sofía. Con regularidad tardábamos diez minutos, pero tardamos cuarenta esta vez.
En cuanto bajamos del coche y corrimos hacia el despapaye, el ruido nos envolvió por completo. Las tres nos agarramos de las manos por un segundo y revisamos que estábamos compartiendo ubicación por si las moscas, porque era una locura.
El Ángel estaba a punto de estar.
Había familias enteras, grupos de amigos, niños sentados sobre los hombros de sus papás y señores cantando como si hubieran ganado la lotería. Sonaban trompetas, tambores y un mariachi.
— ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!
El cántico se extendía por toda la avenida y no lo pude evitar, nos unimos mientras nos movíamos de un lado a otro sin soltarnos de las manos, yo iba del lado derecho y. Mariana en el medio.
Avanzamos entre la multitud, esquivando espuma, banderas y gente que corría de un lado a otro. El aire olía a cerveza y comida callejera.
Un vendedor pasó junto a nosotras.
—¡Cerveza, cerveza!
Sofía levantó la mano antes de que pudiera decir algo.
—Tres, por favor.
—Qué eficiente eres. —Sonreí, en serio estaba sedienta de una cerveza.
—Para eso me invitaron.
A los pocos minutos ya estábamos brindando en medio del caos.
— ¡Por México!
— ¡Por los cuartos de final!
—Y porque Julia consiga la exclusiva con la selección para que nos presenten a los hombres solteros y guapos.
Casi me atraganto de la risa. Levantamos los vasos de plásticos, los chocamos y antes de llevarlo a la boca, unos desconocidos que también estaban tomando, nos acompañaron en el brindis.
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Editado: 27.07.2026