Esteban
La peor idea de la historia de la Selección Mexicana comenzó con Mateo sacando unas máscaras de luchador del fondo de su mochila.
Y, por increíble que pareciera, funcionó. No sabía cómo nos dejaron salir del hotel ni en qué momento el entrenador decidió hacerse de la vista gorda, pero ahí estábamos: siete jugadores de la Selección caminando por Reforma, con sudaderas, gorras y máscaras ridículas, mezclados entre miles de personas que celebraban el pase a cuartos.
—¡Te dije que nadie nos iba a reconocer! —gritó Mateo, levantando los brazos mientras avanzábamos entre la multitud.
Diego soltó una carcajada.
—Claro, porque es normal ver a un luchador de dos metros caminando por el Ángel.
Mateo le dio un trago a la cerveza que acababa de comprar.
—Cállate y disfruta el momento.
La verdad era que tenía razón. El Ángel era una locura, había banderas ondeando por todas partes, mariachis tocando canciones que nadie escuchaba porque todos las gritaban a destiempo y personas subidas en cualquier superficie que encontraban. Sonaban claxons, cohetes y música saliendo de las bocinas de los coches.
México se puso de acuerdo para no dormir. Y, aun así, podía escuchar mucho más, pues mi oído era un problema en esas noches.
Percibía conversaciones a veinte metros, el chasquido de las latas al abrirse y hasta el sonido de las botas de la espuma de las cheves. Todo al mismo tiempo y mezclado en mi cabeza.
—¿Qué traes, Ban? —preguntó Diego, chocando su hombro contra el mío con suavidad.
—Nada. — Negué con la cabeza.
—Pues cambia esa jeta ¡Estamos en cuartos! —gritó en mi oído, tal vez pensando en que no lo estaba escuchando.
Mateo apareció de la nada y me arrojó una lata una cerveza.
—Toma, pero no te vayas a poner pedo.
—Nomás una. —La atrapé por reflejo—. Mañana hay que entrenar temprano.
Nos abrimos paso entre la multitud en lo que ellos se detenían cada dos minutos a cantar con desconocidos o a bailar con cualquiera que les pusiera tantita atención mientras que intentaba no perderlos de vista.
Aunque toda mi cordura y capacidad de pensar desapareció cuando olí los frutos rojos y agitó a mi lobo dentro de mí. Me detuve en seco. No, no podía ser.
Entre miles de personas sudando, gritando y vaciándose cerveza encima, mi nariz encontró el aroma que llevaba horas intentando olvidar.Y, para colmo, ahora estaba mezclado con espuma y alcohol.
«La encontramos.»
Solté un insulto por lo bajo.
«Ve con ella.»
La luna se estaba burlando de mí, porque, de entre todas las personas que estaban celebrando aquella noche, ¿cómo vergas volví a encontrarla?
No quería conocerla, pero mi cuerpo ya empezó a moverse antes de que pudiera detenerlo. Di un paso y otro más. La multitud se abrió frente a mí mientras seguía el aroma entre la música y los gritos.
«Más rápido.»
No escuchaba a Diego ni a Mateo desde hacía rato. Apenas era consciente de las personas que chocaban conmigo o de la espuma que me caía encima.
La vi, y por un momento, se me olvidó respirar, pues estaba en medio de una bola de vatos, riéndose con la cabeza hacia atrás, ajena al caos que estaba provocando dentro de mí.
Cinco mamados enormes, sin camisa y con sombreros vaqueros, la lanzaban por los aires mientras ella gritaba, feliz, como si no hubiera una sola preocupación en el mundo.
Mi lobo perdió la cabeza.
«Móchales los brazos.»
Ganas no me faltaban.
«La están tocando.»
Sentía que mi cara estaba roja de estar tan emputado.
«Mátalos.»
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió, porque, objetivamente, no estaban haciendo nada malo. Ella estaba riéndose, se veía feliz, pero eso no le importaba.
«Es nuestra.»
Lo peor era que una parte muy pequeña, irracional de mí entendía su enojo. Los hombres volvieron a levantarla mientras ella reía otra vez.
—¡Otra, otra! —gritó alguien.
Debería haberme dado la vuelta, volver con mis compañeros, fingir que no miré nada, pero, en cambio, avancé, porque mi cuerpo tenía vida propia. Cuando la lanzaron por segunda vez, me abrí paso entre los mamados justo antes de que la atraparan, pues no iba a permitir que sus pinches manos la volvieran a tocar.
Empujé a dos de ellos con el hombro, estaba. A punto de mostrar sus dientes y extendí los brazos por puro instinto, su cuerpo cayó contra el mío y el mundo entero se quedó en silencio.
El aroma a frutos rojos me azotó con tanta fuerza que por un segundo olvidé dónde estaba. Ella todavía se estaba riendo cuando levantó la mirada, pero, en cuanto nuestros ojos se encontraron, la sonrisa empezó a desaparecer de su rostro.
La sostuve apenas unos segundos, pero bastaron para que mi lobo se volviera insoportable. Ella seguía riéndose, con los cachetes colorados, quizá por la cerveza y la emoción de la noche. Algunos rizos se le pegaron a la frente y, aunque estábamos rodeados por cientos de personas gritando y celebrando, el único sonido que lograba distinguir con claridad era el de su respiración agitada.
Por un momento, todo lo demás desapareció: el estadio, la música y el bullicio. Solo existía ella, tan cerca de mí que empezaba a olvidar que aquello no debía importarme tanto.
Y, sobre todo, porque acababa de pasar los últimos dos minutos dejándose lanzar por los aires por un grupo de vatos mamados.
«Debimos llegar antes.»
Mientras todo el mundo alrededor gritaba, cantaba y se aventaba espuma, permanecía inmóvil, con la mandíbula apretada detrás de aquella máscara ridícula.
Ella se removió un poco entre mis brazos.
—Bueno, bájame, güey.
La solté de inmediato, sentía que el contacto me quemara.
Ella se acomodó la playera verde de la Selección y levantó la vista hacia mí.
—¡No seas aguafiestas! —me reprochó, todavía riéndose— ¡México pasó a cuartos!
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Editado: 27.07.2026