Julia
No podía dejar de dibujar esos ojos y era la tercera hoja que arruinaba esa mañana.
Con la punta del lápiz repasé el iris una vez más, intentando recordar el tono exacto. No era un color que viera todos los días. Eran tan claros que resaltaban incluso detrás de aquella absurda máscara de luchador.
—No te pases, Julia—murmuré para mí misma.
Borré una línea con el dedo y volví a empezar. Lo peor era que ni siquiera sabía por qué seguía haciéndolo. Solo besé a un completo desconocido. Bueno... él besó y yo no me negué. Y, siendo honesta conmigo misma, no estuvo nada mal.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla y giré despacio mientras miraba el techo de la oficina.
—Estás bien mensa, Julia —repetí otra vez.
Sentí que fue una escena sacada de una película romántica de esas que juraba nunca volver a ver, pues México acababa de clasificar a cuartos de final. Había miles de personas celebrando, espuma por todos lados, un luchador misterioso y un beso que todavía seguía dándome vueltas en la cabeza.
No era justo, porque fue bueno. Lo suficiente para que, cada vez que lo recordaba, sintiera un calorcito incómodo en los cachetes, pero una cosa era admitir que besaba bien y otra muy distinta era querer volver a verlo, pues el tipo estaba loquito.
Solté una carcajada yo sola mientras recordaba todo.
—Qué oso.
Negué varias veces con la cabeza mientras seguía rayando la libreta. No, no pensaba buscarlo. Además, ni siquiera sabía quién era. Cuando él se distrajo un momento mirando hacia la multitud, yo solo aproveché para zafarme de su mano.
Fue lo más inteligente que hice en toda la noche, porque si me hubiera quedado cinco minutos más con él, habría terminado preguntándole su nombre y eso sí habría sido una pésima idea.
Mis ojos volvieron al dibujo, logré delinear las largas pestañas bastante parecidas. Esa mirada tan cautivadora, así que sacudí la cabeza con frustración.
—Ni siquiera sé de qué color eran exactamente, tal vez entre miel y verde.
—¿Con quién hablas?
Levanté la vista rápido. Carlos, uno de los periodistas de la televisora, estaba apoyado en el marco de mi cubículo con un café en la mano y una sonrisa burlona.
Sin pensarlo, cerré la libreta de golpe.
—Solo ideas para la entrevista —resoplé con una sonrisa sin mostrar los dientes.
Él arqueó una ceja, parecía que no me creía.
—Por cierto, en diez minutos nos vamos.
— A la concentración de la Selección —dije, pero no me acordaba.
Mi corazón dio un pequeño brinco que intenté ignorar. Tenía que ser profesional, que el fanatismo no me ciegue.
—Sí. Hoy hay acceso para medios y quieren entrevistas individuales con algunos jugadores. —Se encogió de hombros—. La jefa dijo que ahora vas conmigo.
Sentí un extraño cosquilleo en el estómago. Guardé la libreta en el cajón del escritorio.
—Bueno... —dije, intentando sonar tranquila—. Vamos a trabajar.
Salimos de la oficina con el equipo al hombro y un café en la mano que apenas alcancé a darle un par de tragos antes de subirnos a la camioneta de la televisión. El camino se pasó entre tráfico, claxonazos y programas deportivos en la radio que no hablaban de otra cosa más que del gol de Esteban Torres.
Apagué el volumen.
—¿Qué? —preguntó Carlos.
—Ya lo escuché como veinte veces ayer. —Me encogí de hombros—. Necesito tener la cabeza despejada para estar fresca.
—Tienes razón.
Rodé los ojos mientras sonreía.
Cuando llegamos a la concentración, el ambiente era distinto al del estadio. Todo estaba organizado a la perfección. Personal de prensa caminaba con carpetas en la mano, los camarógrafos acomodaban luces y los periodistas esperaban su turno detrás de unas vallas.
Los jugadores tenían el tiempo medido al segundo, eso fue lo que hablé con Carlos antes de llegar, aunque iba más como camarógrafa. Nos informaron que nada de entrevistas largas o de improvisar mucho, por lo que debíamos tener las ideas claras.
Una chica del departamento de prensa comenzó a repartir hojas con los horarios.
—Cada medio tendrá entre tres y cinco minutos por jugador. Si se acaba el tiempo, por favor cedan el espacio. Tenemos una agenda muy apretada.
Todos asentimos, Carlos tomó la hoja antes que yo.
—A ver qué nos tocó... —Recorrió la lista con el dedo—. No manches...
—¿Qué? —pregunté con los nervios de punta.
Me enseñó la hoja.
10:40 a. m. — Esteban Torres. Video interactivo.
— ¡Pues qué suerte! —Levanté las cejas.
—¡Qué suerte, dice! Nos tocó el más buscado de todo el Mundial.
No pude evitar sonreír.
—Bueno, tenemos que pensar algo diferente.
Nos hicimos a un lado mientras otros medios pasaban primero. Carlos sacó su libreta.
—A ver, échale coco, hay que hacer una lluvia de ideas.
—¿Qué tipo de video quieren?
—Que funcione para redes.
—Podemos hacer preguntas rápidas. —Me llevé una mano a la barbilla, tratando de buscar una idea.
—Muy visto.
—Que complete frases.
—También.
—Que arme su jugador perfecto.
Carlos hizo una mueca.
—Mmm...
Seguimos lanzando ideas durante un par de minutos hasta que la misma chica de prensa regresó apresurada.
—Perdón, chicos.
Los dos levantamos la vista.
—Hubo un cambio de último momento.
Carlos suspiró.
—No me digas...
—Esteban ya no podrá pasar con ustedes. Se recorrió su agenda.
Nos entregó otra hoja.
—Ahora les toca Mateo.
Esperé sentir un poquito de decepción, pero, para mi sorpresa, no fue así. Tal vez tantita, aunque no quise tomarle importancia, no tenía tiempo para eso.
—No pasa nada —murmuré, porque parecía que se le fue el color a mi compañero.
Carlos hizo una mueca dramática.
—A mí sí me pasa.
—No seas panchoso —me reí.
—Es que Esteban está en tendencia. Ese video iba a explotar.
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Editado: 27.07.2026