Gol de luna

Diez

Esteban

Por fin sabía cómo se llamaba, porque Mateo le preguntó.

Julia.

Mi lobo llevaba toda la mañana repitiendo su nombre como si fuera un cachorro que acabara de aprender una palabra nueva.

«Julia.»

Lo ignoré.

«Suena bonito.»

¿Por qué no se podía callar?

«Tan bonito como ella.»

Rodé los ojos mientras terminaba de guardar los últimos pants en la maleta.

«Admite que te gusta cómo suena.»

Bufé, pues por más que intentaba, podía oírlo. Si alguien pudiera escuchar las conversaciones que tenía conmigo mismo, tal vez terminaría encerrado en un manicomio.

Cerré la maleta de un golpe y me dejé caer unos segundos sobre la cama del hotel. No podía creer que se me hubiera escapado la otra noche. De todas las decisiones inteligentes que podía tomar, la besé.

Cerré los ojos con resignación, pues fue un impulso, uno muy estúpido, pero también fue el mejor beso que me dieron en mis veintisiete años de vida.

Todavía recordaba lo suaves que eran sus labios y la expresión de sorpresa con la que me miró después. Mi lobo volvió a removerse.

Negué con la cabeza mientras me levantaba, intentando olvidar el recuerdo, porque no importaba, ya se acabó

Ella trabajaba para la prensa mientras que yo jugaba para la selección. Y, dentro de un rato, viajaríamos a Estados Unidos para el siguiente partido del Mundial, eso significaba que habría un país entero de distancia entre nosotros.

Eso era bueno.

Mi lobo opinaba lo contrario.

«Un país no es suficiente.»

Tomé la maleta y salí de la habitación. En el pasillo ya estaban varios compañeros.

—¡Órale, Torres! —gritó Diego al verme— ¿Listo para que nos la pele Noruega?

—Primero hay que subirnos al avión y luego hablamos.

Mateo apareció detrás de él cargando una mochila enorme.

—No empieces con tus dramas. Ni que fueras tú quien va a pilotear el avión.

Los tres soltamos una carcajada mientras caminábamos hacia el elevador. El ambiente era distinto al de hace unos días. Eliminamos a Inglaterra, por lo que seguíamos vivos en el Mundial y eso se notaba.

Al llegar al aeropuerto, todo volvió a convertirse en un caos organizado. Había personal de seguridad, aficionados gritando desde las vallas. Mientras caminábamos, nos tomaban fotos y nos pedían autógrafos.

Ni siquiera habíamos subido al avión y ya estaba agotado.

Por fin logramos pasar el último filtro y caminamos hacia la puerta de embarque. El avión nos esperaba unos metros más adelante. Respiré tranquilo y por fin un poco de paz o eso creía, porque mi lobo levantó la cabeza de golpe.

«Es ella.»

Fruncí el ceño con frustración, tratando de ignorar todo.

«Está aquí.»

Inhalé sin ganas y percibí ese aroma dulce con un ligero toque a café que ya empezaba a reconocer muy bien. Giré casi por instinto, Julia apareció corriendo por el pasillo con una mochila colgada de un hombro y una acreditación rebotándole sobre el pecho, llevaba el cabello despeinado y respiraba con dificultad.

Venía acompañada por otro periodista que parecía igual de cansado.

—¡Te dije que saliéramos antes! —se quejaba él entre jadeos.

—¡La culpa fue del tráfico! —respondió ella sin dejar de correr.

—¡Nos van a cerrar la puerta!

—¡Pues corre más rápido y quéjate menos!

No pude evitar sonreír y mi lobo estaba dando vueltas de felicidad.

«Mírala, corre bien chistoso. Y hasta despeinada está bonita.»

Resoplé lleno de frustración.

Julia llegó justo cuando el personal estaba a punto de cerrar el acceso y dobló un poco sobre las rodillas intentando recuperar el aire.

—¿Alcanzamos? —preguntó entre respiraciones.

La sobrecargo sonrió.

—Por poquito.

El periodista que venía con ella levantó las manos al cielo.

—¡Te dije! ¡Por cinco segundos casi nos dejan!

Julia soltó una risa mientras intentaba acomodarse el cabello.

—Pero no nos dejaron.

—Porque Dios es grande.

—Y porque corriste más rápido que flash.

Los dos comenzaron a reír.

Seguía observándola sin darme cuenta hasta que, sintiendo mi mirada, levantó la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron por apenas un segundo y me sonrió. Mi lobo dejó escapar un gruñido satisfecho.

Su sonrisa duró apenas un instante, lo suficiente para volverme loco por completo. Desvié la mirada, pretendiendo que no nada y seguí caminando hacia el avión con las manos metidas en los bolsillos del pants.

¡Qué buena idea! Hacer como si el corazón no acabara de brincar por una sonrisa, era muy profesional de mi parte.

Subimos uno detrás del otro. Los jugadores ocupábamos la parte delantera del avión y el personal de prensa y otros pasajeros iba repartido entre los asientos que quedaban libres.

Mientras guardaba mi mochila en el compartimento superior, alcancé a verla de reojo, ella habló unos segundos con el periodista que la acompañaba.

—Nos vemos al aterrizar.

—Sí, pero ahora sí pones la alarma por si te quedas jetona.

Cada uno tomó un camino diferente, él se fue hacia la parte trasera mientras que Julia avanzó un poco más y terminó deteniéndose justo a un lado de Mateo.

—Permiso, mi asiento es ese—preguntó señalando el lugar junto a él.

Mateo levantó la vista y sonrió de inmediato.

—¡Eh! ¿Eres Julia, verdad?

—Hola otra vez, Mateo. —Le sonrió con amabilidad.

Obvio era amabilidad, ella no estaría coqueteando delante de mí. Bueno, tal vez lo haría, pero no con un compañero mío, solo con unos mamados sin camisa.

—Siéntate.

Ella acomodó su mochila bajo el asiento y comenzó a abrocharse el cinturón en lo que los dos intercambiaban un par de palabras mientras que seguía de pie y sin moverme, sintiendo que dentro de mí empezó a revolverse con una sensación incómoda, molesta y ridícula.




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