Gol de luna

Once

Julia

Apenas aventé la maleta en la cama, me dejé caer de espaldas sobre el colchón y solté un suspiro que parecía haber estado guardando desde que el avión aterrizó.

—¡Sobreviví!

—¿A qué? —escuché desde la puerta.

Levanté la cabeza, Carlos estaba apoyado en el marco de mi habitación con una sonrisa burlona.

—Al vuelo.

—No puedo creer que una periodista deportiva le tenga miedo a los aviones. —Soltó una carcajada.

Agarré la primera almohada que encontré y se la aventé directo a la cara.

—¡Cállate!

La atrapó antes de que le pegara.

—Te pasaste todo el vuelo agarrada del asiento como si fuéramos a caer, por lo que pude ver.

—No te pases de la raya, eh.

—Julia, hasta te persignaste.

—¡Porque uno nunca sabe! ¿Qué tal si se caía? —resoplé.

—Pues sí sabes. El avión vuela.

—Gracias por la explicación, Einstein.

Entró a mi habitación riéndose y dejó la almohada sobre una silla.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquila cubriendo un Mundial y entrar en pánico porque el avión se mueve tantito.

Me levanté y comencé a sacar algunas cosas de la maleta.

—Porque una cosa es estar frente a una cancha llena de gente y otra estar a diez mil metros de altura dentro de una lata con alas.

—Qué panchosa eres —río.

—Y aun así aquí estoy. — Sonreí, porque tenía razón.

Pasé años soñando con una oportunidad como aquella. Mi papá me enseñó desde niña que el fútbol podía despertar emociones que ningún otro deporte conseguía. Aprendí a quererlo desde las gradas, frente al televisor y durante las reuniones familiares donde todos terminaban discutiendo por una falta. Pero jamás imaginé que algún día estaría del otro lado, formando parte de la prensa y viviendo el juego desde una perspectiva distinta por completo.

Menos me imaginé viajando con la Selección Mexicana y a lado de Esteban Torres.

Me quedé quieta y Carlos me miró.

—¿Qué mosca te picó? —me preguntó.

—Nada.

—Otra vez esa jeta.

—¿Cuál?

—La que pones cuando estás pensando en algo.

—Estoy pensando en mi trabajo —respondí con obviedad.

Pero mentí, porque en mi cabeza ya había regresado al avión. Ese momento en que él se sentó junto a mí. Al principio intenté comportarme como una periodista profesional con seriedad y tranquilidad.

Trataba de convencerme que tener al delantero estrella de México sentado a unos centímetros de mí fuera lo más normal del mundo, pero no lo era, porque desde que miré sus ojos de cerca, mi cerebro dejó de funcionar correctamente.

Eran incluso más impresionantes de lo que recordaba. Su mirada era intensa y clara que parecía capaz de atravesarte aunque no dijera una sola palabra. Cuando se sentó, tuve que morderme el cachete para no soltar un grito, literalmente.

Me mordí pensando que eso pudiera ayudarme, pero no lo hizo, porque después lo tuve sentado a mi lado durante todo el vuelo. Y cada vez que volteaba hacia él, encontraba alguna excusa para volver a mirar sus manos, su perfil, su cabello y sus ojos.

—¿Sigues aquí? —preguntó Carlos.

—¿Qué? —Parpadeé.

—Se te fue el avión.

—Estaba pensando.

—¿En el avión?

—Sí.

—Claro. —respondió con sarcasmo.

Me dejé caer otra vez sobre la cama.

—Fue una experiencia muy intensa.

—¿Por el vuelo?

—También.

—No quiero saber. —Carlos soltó una carcajada.

Tomé una botella de agua de la mesa y bebí un poco mientras miraba por la ventana. Me emocionaba estar en un país diferente, rodeada de periodistas de todo el mundo y siguiendo a la Selección. Por primera vez sentía que estaba haciendo aquello para lo que había trabajado tanto, aunque existía una pequeña decepción.

—¿Sabes qué es lo malo? —resoplé.

—¿Qué?

—Que ni siquiera estamos en el mismo hotel que ellos.

Carlos se quedó mirándome.

—¿Y eso por qué sería malo?

—Por logística. —Me encogí de hombros rápido—. Podría ser útil tenerlos cerca para las entrevistas.

—Claro.

—¡Es trabajo!

—Nunca dije que no.

Le lancé otra almohada y esta vez sí le pegó.

—¡Fuera!

Se rió mientras salía de la habitación. Me quedé sola y miré la almohada que había caído al suelo y luego la maleta abierta.

México estaba en cuartos, yo estaba en Estados Unidos y no podía evitar sonreír. Tal vez no tenía tanta suerte como para hospedarme en el mismo hotel que ellos.

A la mañana siguiente, unos golpes en la puerta me sacaron de la cama, porque ya tenía a Carlos molestando.

—¡Julia!

—¿Qué hora es? —balbuceé y después abrí un ojo.

— ¡Nos tenemos que ir en un rato!

Me levanté de mala gana y abrí la puerta. Carlos estaba del otro lado con un café en cada mano y una sonrisa que no me gustó nada.

—¿Qué?

—Buenos días para ti también.

Me entregó uno de los vasos.

—Tengo noticias —continuó, pero eso hizo que despertara de golpe.

—¿Buenas?

—Muy buenas.

Entró como si la habitación también fuera suya.

—Nos dieron permiso para ir a grabar parte del entrenamiento de la Selección.

Lo miré con los ojos entrecerrados, esperando que no fuera una broma culera.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—¿En serio? —pregunté, porque seguía sin sentirme segura.

—En serio.

Cuando no vi que estuviera bromeando, sentí que se me iluminaba la cara.

—¡No te pases, Carlos! ¡Júralo por tu mamá! —grité mientras brincaba de la emoción.

—Baja la voz.

—¡Pero vamos a verlos entrenar!

—Sí.

—¡A ellos!

—A ellos.

—¡A la Selección!

—Sí, Julia. A la Selección Mexicana. Ya puedes respirar. —Carlos soltó una carcajada—. De lejos, no los podemos molestar.

Me di media vuelta y empecé a buscar mi mochila.

—¿A qué hora salimos?

—En cuarenta minutos.

—¿Cuarenta? —pregunté y él asintió con la cabeza—¿Y apenas me avisas?




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