Gol de luna

Doce

Esteban

El entrenamiento comenzó hacía apenas unos minutos cuando uno de los auxiliares se acercó con una noticia que consiguió arruinarme el humor de inmediato.

—Muchachos, aviso rápido. Hoy tendremos acceso a la prensa durante parte del entrenamiento.

—¿Prensa? —pregunté, dejando de estirar.

—Sí. Van a grabar algunas tomas y hacer contenido para redes. Nada largo.

Solté un suspiro con cansancio, porque iba a haber cámaras, y, sobre todo, ella.

—No pongas esa cara, lobo—dijo Mateo desde el otro lado de la cancha.

—Me gusta entrenar tranquilo.

—Eso no decías cuando pediste cambiarte de asiento en el avión para sentarte cerca de la periodista. —Mateo sonrió de lado, pero con diversión.

—No pedí nada —resoplé, mirándolo de reojo.

—¿Ah, no?

—No.

—Entonces fue casualidad que recorrieras medio avión para terminar junto a Julia.

Me encogí de hombros, restándole importancia. Diego, que estaba haciendo estiramientos cerca de nosotros, pero nos prestaba atención, soltó una carcajada.

—No sabía que Torres era tan estratégico.

—Deben de estirarse bien para que no se les atrofie el cuerpo, por el cerebro no puedo hacer nada —sugerí tenso, pero con amabilidad.

Mateo tenía una sonrisa insoportable.

—¿Qué pasó? ¿Ya se te olvidó que hasta te aprendiste su nombre?

—Todo mundo sabe su nombre —respondí.

Empecé a estirarme para que me dejaran tranquilo, pero entre los dos empezaron a soltar datos que todo el mundo sabía, aunque trataba de ignorarlo.

—Es periodista.

—Y trabaja cubriendo al equipo.

Lo fulminé con la mirada, bajando la cadera con las piernas extendidas y tocando la punta de mi pie izquierdo con la mano.

—¿No tienen nada mejor que hacer? —pregunté desde abajo

—Sí, molestarte —Diego soltó una carcajada.

—Ese sí es un buen trabajo —respondió Mateo.

Les di la espalda antes de que siguieran, luego intenté concentrarme en el calentamiento, por fin me dejaron, por lo continué con las actividades con tranquilidad hasta que percibí el aroma a frutos rojos.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, me detuve apenas un segundo.

«Ahí está.»

Traté de ignorarlo

«Está aquí.»

Mi lobo ronroneó como un gato, ¡que oso! Si alguien me hubiera visto, sería la burla de la manada.

Giré la cabeza hacia la zona destinada a los medios y ahí estaba Julia con su cámara colgada al cuello, una mochila sobre el hombro y aquella expresión concentrada. Mi lobo se emocionó incluso más.

«Nuestra.»

Ella levantó la cámara y nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo, se quedó quieta. Me dio una sonrisa pequeña y sincera, por lo que mi lobo perdió el tornillo que le faltaba.

«Mírala.»

La estaba mirando, aunque trataba de no hacerlo.

«Ve con ella.»

Estaba entrenando, claro que no lo iba a hacer. Podrían mocharme los huevos.

«Entonces entrena cerca de ella.»

No tenía sentido nada de lo que decía, ella nos volvía loco y ni siquiera sabía del poder que tenía sobre nosotros.

Rodé los ojos y continué con los ejercicios, intenté ignorarla de verdad, pero entonces escuché que le rugió la tripa, era casi imperceptible para cualquier humano.

Volteé un segundo, Julia se llevó con discreción una mano al estómago. Fruncí la cara otra vez, porque no lograba enfocarme en el resto de mis ejercicios. Me quedé mirándola mientras ella seguía trabajando, ignorando su apetito.

«Dale comida.»

Lo ignoré, ni que fuera su papá.

«Dale comida.»

No podía, tenía que entrenar.

El rugido volvió a escucharse y parecía que mi lobo lo disfrutó.

«Te está llamando.»

No era cierto, solo tenía hambre.

«Para mí sí.»

Me pasé una mano por la cabeza sin poder creer que estuviera intentando concentrarme en una sesión de entrenamiento mientras mi oído sobrenatural captaba el estómago de una periodista entre decenas de personas y lo peor era que ya sabía qué hacer.

En la mañana nos dieron unas manzanas, la mía la puse en la mochila, porque en ese momento no tenía hambre, necesitaba ir por ella, para poder concentrarme.

No tenía que acercarme mucho o al menos eso me repetí mientras seguía calentando hasta que Mateo apareció a mi lado.

—¿Qué estás viendo?

— ¿Terminaste de calentar?

—Llevas cinco minutos viendo hacia la prensa.

—Estoy pensando.

Mateo siguió mi mirada.

Encontró a Julia, luego volvió a mirarme y una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Ni se te ocurra —advertí con seriedad.

—No dije nada.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas.

—Mateo —refunfuñé.

—Nomás digo que, si vas a seguir mirándola así, mínimo invítale una torta con jamón primero.

Respiré para volver a correr, pero ya sabía de antemano que estaba perdido, porque mientras todos estaban concentrados en preparar el entrenamiento para Noruega, mi atención seguía atrapada en una periodista que acababa de rugió de hambre otra vez.

Y, por una obvia razón, mi lobo estaba convencido de que aquello era nuestro problema.

Volví a concentrarme en el entrenamiento o eso intenté.

Luego de asegurarme de que Julia hubiera comido la manzana, regresé con mis compañeros como si nada hubiera pasado, traté de volver a correr, porque ya fue bastante ridículo que mi lobo se obsesionara con el sonido de su tripa.

—¿Ya estás de buenas? —preguntó Diego cuando me incorporé al ejercicio.

—¿Quieres entrenar o quieres estar de chismoso? —pregunté con sarcasmo.

—Puedo hacer ambas cosas.

Negué con la cabeza y seguí corriendo. Durante los siguientes minutos conseguí olvidarme de ella más o menos, ya que cada vez que cambiábamos de ejercicio, mis ojos terminaban buscando la zona de prensa.




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