Julia
El 11 de julio llegó muy pronto.
Pasé los últimos días corriendo de un lado a otro, entre entrevistas, entrenamientos, fotografías, notas y horarios que parecían cambiar cada cinco minutos. Pero aquella mañana el ambiente se sentía diferente, porque México jugaba contra Noruega.
Y yo estaba nerviosa.
—¿Segura que quieres quedarte aquí? —preguntó Carlos mientras acomodaba su mochila.
Lo miré desde la cama en pijama.
—No es que quiera. Es que alguien tiene que hacerlo.
—Podríamos ir los dos.
—No nos van a dejar —argumenté con seriedad.
Pues ese era el problema, por cuestiones de logística, solo una persona de nuestro equipo podía cubrir el partido desde el estadio. Después de discutirlo un rato, decidimos que Carlos iría mientras que yo me quedaría en el bar del hotel frente a una pantalla enorme y con mi camisa de México bien puesta.
—Te mando fotos —prometió Carlos.
—Más te vale.
—Y si ganamos...
—Vamos a ganar, hay que manifestar desde que inició el Mundial.
—Tienes razón.
—Obvio. —Sonreí.
Me quedé sola unos minutos después de que Carlos se fuera. Me levanté de la cama con flojera y me acerqué al espejo para contemplar mi reflejo. Decidí ponerme la camisa que mi papá me había regalado años atrás, cuando todavía era una niña que se sentaba a su lado en el sofá para ver los partidos.
Me colgué la acreditación por costumbre, aunque sabía que ese día no iba a utilizarla. Tomé mi celular para revisar las redes que explotaban en México.
No había otro tema que no fuera ese y para ser sincera, yo tampoco quería hablar de otra cosa.
Bajé al bar del hotel cuando terminé de arreglarme, y ya era un poco más tarde. Me dejé el cabello con los rulos, me era difícil atarlo en una cola de caballo por lo corto que era. Me apresuré a bajar por el ascensor, ya que quería estar en la barra para mirar el partido.
Cuando llegué, me saqué de onda con lo lleno que estaba. Había mexicanos por todas partes, estaba segura de que era para echar porras a nuestro equipo, desde lejos, pero mandando buenas vibras.
Algunos llevaban sombreros, otros tenían banderas pintadas en las mejillas y un señor incluso llevaba una máscara de luchador y una camiseta de la Selección. Si había noruegos ni siquiera lo noté, porque no traían tanto ambiente como nosotros.
—¡Eso, México! —gritó alguien desde una mesa.
—¡Vamos, cabrones!
El bar respondió con aplausos y sonreí, porque era imposible no contagiarse. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza, estaba segura de que Carlos se encargaría de escribir la nota, por eso era bueno tener un compañero.
Me senté ahí, pero asegurándome de tener buena vista de la pantalla. A mi alrededor las personas hablaban sobre las posibilidades de avanzar en el partido.
Miré a los noruegos, algunos llevaban sus camisetas con orgullo y observaban la pantalla con la misma concentración que nosotros. Éramos dos grupos diferentes con una misma obsesión: el fútbol.
—¿México? —preguntó una mujer sentándose cerca de mí y señaló mi camiseta—. Yo también.
Sonreí, era claro por la camisa.
—Entonces estamos en el lugar correcto.
—¿Lista?
—Obvio, vamos a ganar.
—Es un hecho.
El himno mexicano comenzó a sonar en la pantalla, y eso bastó para que el bar entero quedara en silencio. Todos dirigimos la mirada hacia el televisor ysentí ñañaras mi cuerpo.
Todavía me llenaba de emoción el simple hecho de estar en Estados Unidos, siguiendo a la Selección Mexicana como periodista, era una locura.
Cuando terminó el himno, alguien levantó su cerveza.
—¡Vamos, México!
—¡Vamooooos!
El grito recorrió todo el bar. Me reí y no me iba a quedar atrás entre el mar verde, por lo que levanté el vaso también mientras gritaba.
—¡Vamos!
El árbitro dio el silbatazo inicial y la tranquilidad desapareció, reemplazada por los nervios en cuanto los jugadores comenzaron a correr detrás del balón. Solo podía darle un trago a mi cerveza cada vez que los noruegos tenían la pelota y eso parecía que parecía animar a quienes estaban a mi alrededor.
No quería ser aguafiestas, pero iban a perder. No sabía por qué se emocionaban tanto si ya sabían cuál era su final.
—¡Pásala!
—¡Ahí!
—¡No, no, no!
—¡Ándale, Torres!
Me llevé ambas manos a la cabeza. No me importaba ser profesional, porque estaba ahí como una aficionada más, al igual que todos. Cada vez que México recuperaba la pelota, mi lado fanática me dominaba.
—¡Corre, corre, corre! —Un hombre detrás de mí golpeó la mesa de la emoción.
—¡Eso, México!
Me reí, pues era imposible no hacerlo. El ambiente era diferente al de cualquier sala de prensa. Aquí nadie fingía ser objetivo, todos teníamos corazón y añorábamos lo mismo.
Que México ganará.
No me interesaban los noruegos.
Miré de nuevo la pantalla, los jugadores se movían por la cancha y sentí ese cosquilleo familiar que aparecía cada vez que veía jugar a la Selección, y mis ojos buscaron al número 14, Esteban.
Lo encontré rápido. Me mordí el interior de la mejilla al recordar las atenciones que tuvoconmigo, como llevarme agua cada vez que notaba que tenía sed o hambre. Me decía que solo era amable o lo hacía porque no quería estar de malas los ruidos que hacía mi estómago, pero, en el fondo, quería creer otra razón: que estaba interesado en mí.
Me daba risa, me acordaba de todas esas novelas que leí cuando era chiquita. Pero, eso no sucedía en la vida real.
Sacudí la cabeza, ya que tenía que concentrarme en el partido.
—¿Ese es Torres? —preguntó la mujer de mi mesa.
—Sí.
—Está guapo.
—Lo sé.
Volví a mirar la pantalla antes de que pudiera seguir diciendo lo que fuera, porque no quería dejar de ver la pelota, pues el partido estaba cada vez más intenso.
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Editado: 23.08.2026