¿Un futbolista frustrado?
Dara
—Esto ha sido un error —comentó el hombre llevándose las manos a la cabeza mientras miraba con horror.
Lucía… ¿avergonzado?
Este chico que tenía en frente
—No pasa nada —intenté sonar lo más calmada posible—, los ataques de ansiedad son normales cuando el cuerpo necesita liberar la tensión y el estrés acumulados —solo miró hacia otro lado, haciendo caso omiso a mis palabras.
Silencio total.
Me recosté en el sofá esperando que se le pasara. En algún momento tendrá que hablarme.
He tratado a pacientes peores, sin embargo, debo decir que el silencio funciona bastante bien en este tipo de pacientes que no quieren hablar, al final no se callan ni debajo del agua.
Mirando al techo me imaginaba a mi abuela, en ese hospital. Al menos con este dinero podré costear su tratamiento. Al menos así vivirá hasta los cien años.
En algún momento tuve que dormirme porque no me di cuenta hasta que me desperté en el suelo frío.
—Debería dejar el café por un buen tiempo —solté aturdida mientras me incorporaba. Me limpié la baba de la mejilla y miré hacia la camilla.
Estaba vacía.
Mierda.
Primer y último día de trabajo.
Salí pitando de la habitación, buscando en cada pasillo.
El sol ya estaba cayendo y se podía notar en los grandes ventanales que tenía el hospital. Y yo seguía sin encontrar a ese llorón.
—Disculpe, estoy buscando a un chico alto, con el pelo negro y con unas ojeras terribles, como si hubiera consumido sustancias —le hablé a la enfermera que pasaba por ahí, sin embargo esta quedó más confundida con esa descripción—. Con la rodilla fracturada —añadí.
—Señorita, ¿ha revisado todo el bloque?
Asentí.
—Si no está por aquí —pensó por un momento—, debe estar en la azotea o en el patio.
Le agradecí por su ayuda y seguí mi camino.
Mientras iba de camino a la azotea mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón.
—¡Bienvenida al grupo! —gritó alguien muy alegre del otro lado.
—¿Con quién hablo?
—Soy Leo, el asistente de Enzo —hizo una pausa—, Me verás mañana en el hospital, no te preocupes, ¿estás con él?
—Eh —se me fue el aire del cuerpo y casi confieso que no—. ¡Claro!
—¿Qué te pareció?
Justo ahora tiene que hacer este tipo de preguntas, cuando me vienen muy mal.
—No habla mucho, es un hombre de pocas palabras.
—No te preocupes —dijo entre risas—, si no te ha despedido es porque le has caído bien.
Con lo que ha pasado no creo que me vuelvan a contratar en algún trabajo.
Ya casi llegaba a la azotea y a este tipo solo le faltaba preguntar dónde estaba. Si no estaba en la azotea, me podía dar por perdida.
—Me han comentado que ha despedido a muchos guardaespaldas, ¿por qué? —pregunté con curiosidad.
Hubo silencio en el otro lado de la línea y supuse que pregunté algo que no debía.
Mierda, he metido la pata otra vez.
—Mañana hablaremos de muchas cosas, no tengas prisa —habló en un tono serio—. Me gustaría saber qué está haciendo Enzo ahora.
Llegué a la azotea y no vi nada extraño, todo tranquilo.
—Él está…—en ese preciso momento lo vi.
Estaba parado en la barandilla del hospital, solo que cualquiera que pasara por aquí no lo vería por las plantas que cubrían su figura.
—Dormido —completé y colgué.
Si le gritaba saltaría, si hacía cualquier ruido saltaría o si me veía saltaría.
Decidí caminar lentamente mientras la brisa del viento me recordaba que estábamos en otoño, a punto de cambiar a invierno.
Por estadística, la gente percibe el frío o el invierno como algo depresivo por las horas de luz, ya que estas se van acortando.
Caminé tan lento, controlando mi respiración y mis pasos hasta que llegué a él. Observaba la ciudad en silencio, no sabía si había llorado otra vez porque lo tenía de espaldas, en esa bata blanca que llegaba por debajo de las rodillas.
No entiendo cómo pudo llegar hasta aquí si tiene la rodilla mal.
Su pie se movió un poco y sin siquiera pensarlo lo agarré de la cintura, con fuerza sin soltarlo. Una vez agarrado me tiré hacia atrás, cayendo con él encima.
—¡SUÉLTAME! —gritaba él mientras intentaba zafarse de mí.
Él era fuerte, pero entrené para este tipo de situaciones y no iba a dejar que se matara.
—¡YA DESTRUISTE TODO DE MÍ, AHORA DÉJAME MORIR EN PAZ!
Aferrarme a él no iba a funcionar si seguía sin entrar en razón, así que cambié de estrategia. Lo solté y rápidamente me subí encima de él.