Grand Prix: Entre motores y mentiras

1.

Contra reloj

Alessia

El rugido de los motores me atraviesa el pecho como un golpe seco. El sonido es tan intenso que apenas puedo distinguir mis propios pensamientos.

Aún así permanezco alerta. Aquí no hay espacio para el error.

El aire que empezaba a ser primaveral ahora huele a gasolina, a metal caliente y a miedo. Un miedo que no paraliza, sino que mantiene los sentidos despiertos.

Observo el entorno con rapidez. He estado aquí demasiadas veces como para fingir calma, pero nunca las suficientes como para que deje de sentirse igual que la primera vez. Como si en cualquier momento alguien fuera a mirarme demasiado cerca y notara algo, un solo detalle que se me hubiera escapado de las manos.

Exhalo lento, controlando el impulso de encorvarme, de hacerme más pequeña, por lo que corrijo la postura casi por reflejo. Hombros firmes y mirada al frente. Nadie cuestiona tu seguridad a menos que tú lo hagas primero.

Alex Hessey no duda.

Alex Hessey no tiembla.

Y por sobre todo, Alex Hessey no es Alessia Ferrer.

Para mí, esto no es solo una competencia de velocidad, es mi vida. Es mi oportunidad de demostrar que no necesito el cuerpo de un hombre para ganar, basta con mis manos firmes y una mente que no sabe rendirse, aunque esté a punto de romperse en el intento.

El pit lane se llena con mecánicos de todos los equipos, ya que es el momento de la carrera donde la posición y el destino del piloto dependen de nosotros.

Cuento los segundos que tenemos antes de que Theo y Max lleguen a boxes. Me coloco el casco y corro a mi lugar con la pistola neumática en manos.

Mi escudería es Zenith, una de las más populares debido a todas las copas ganadas y las interminables rachas invictas como campeones a lo largo de los últimos años.

Solamente una escudería ha logrado quitarnos el primer lugar del podio, BlazeTech. O como nosotros les llamábamos, los rojos. Una escudería con una historia tan larga como la nuestra, solo que con pilotos indomables, estrategias agresivas y un equipo técnico tan implacable como un motor llevado al límite.

Es inevitable decir que es uno de los mejores equipos de la GPE... pero no tanto como el mío.

—Zenith, prepárense. Box en esta vuelta —la voz de Angela irrumpe por la radio, firme, sin margen para dudas.

En el aire se percibe como el pit lane se tensa con la instrucción. Tomo una gran bocanada de aire y ajusto el agarre de la pistola neumática. Siento cómo el pulso se me sincroniza con el zumbido de los monoplazas a lo lejos, ninguna sensación se compara con esto.

Por la pantalla veo a Max tomando la curva para entrar al box, tiempo exacto cuando todos están listos en el lugar correspondiente.

—Tres segundos —informa Hudson.

Tres segundos son lo que tenemos para hacerlo perfecto o para arruinarlo todo.

El auto aparece en la recta de entrada como una bala, negro con detalles azules y amarillos, devorando metros a una velocidad absurda. De a poco logro visualizar el número diez en la nariz del coche, y en un parpadeo, está encima de nosotros.

—¡Ahora! —aviso a mis compañeros.

Max clava los frenos y el monoplaza se detiene justo en su marca. Todo ocurre al mismo tiempo. El gato hidráulico se engancha y me lanzo hacia la rueda delantera derecha. Las manos me vibran cuando aflojo la tuerca con una precisión milimétrica. A mi lado, James ya tiene la rueda fuera antes de que termine el movimiento.

—¡Fuera!

—¡Nueva! —encaja la nueva llanta James.

El sonido metálico que sobresale al ajustar la goma nueva es limpio, pero algo ensordecedor. En la rueda trasera a mi lado, Chris duda un segundo. Un segundo eterno que me pone los nervios de punta.

—¡Vamos, Johnson! —escucho gruñir desde atrás a William, nuestro jefe de mecánicos.

Chris reacciona tarde y con manos torpes, provocando que la rueda entre desalineada. No lo pienso dos veces, me muevo antes de que alguien más pueda reaccionar y dejo mi posición.

—¡Quítate! —espeto con una mezcla de ansiedad y molestia.

Chris retrocede de inmediato. Aprieto y corrijo el ángulo de la goma con un movimiento rápido. Regreso a mi lugar sin perder más tiempo, con el pulso acelerado pero con el cuerpo sin rechistar.

—¡Listo!

Las manos de mis compañeros se levantan casi al mismo tiempo.

—¡Fuera, fuera, fuera! —apresura William.

Con la señal, Max pisa el acelerador del monoplaza y desaparece del box, dejando atrás una estela de humo y el eco ensordecedor del motor.

El silencio envuelve el lugar cuando entramos otra vez, lo necesario para que todos nos enfoquemos en la pantalla que transmite la carrera. El cronómetro se detiene sobre nuestras cabezas como una mala broma.

3.8 segundos.

¡Una mierda!

—Joder... —murmura alguien a mi lado.




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