El reemplazo
Alessia
Tengo el cuerpo ardiendo y el sudor pegándose a mi espalda. Los brazos me queman al elevar las mancuernas, pequeñas pero traicioneras.
Odio hacer ejercicio.
Pero en Zenith no importa si eres piloto o mecánico: si no aguantas el ritmo, estorbas. Cambiar neumáticos en segundos o meterle mano a un monoplaza en plena carrera no es para cualquiera.
Exhalo con fuerza y bajo las pesas. Por un segundo, el sonido metálico al tocar el suelo me recuerda demasiado a la carrera anterior y la imagen del auto de Angel impactando de frente, certero contra el muro.
Aprieto la mandíbula y cierro los ojos sacudiendo la cabeza. He intentado no seguir pensando en ello a pesar de que la imagen se me repitió las noches siguientes.
Me concentro en el exterior del Speed Valley. La primavera de Londres ya se hace notar con las primeras hojas verdes y brillantes de los árboles, mas el clima sigue siendo fresco y húmedo.
En este lugar se encuentran los edificios de BlazeTech, Hyperion, Vortex y Zenith. A pesar de que estamos a una distancia bastante amplia, solemos toparnos entre equipos de vez en cuando. Como si este mundo fuera demasiado pequeño para todos nosotros.
De la misma manera ocurre en Munich y Phoenix, donde están ubicados respectivamente el Apex Center y el TrackLab con las sedes de Stellar, Cryo, Ignis, NovaDrive y Quantum. Cada centro tiene su propio estilo. El nuestro con hangares minimalistas y pulcros; y los otros, con salas de simulación que parecen sacadas del futuro.
El cronómetro de mi teléfono suena, y esta vez agradezco la interrupción a mis pensamientos. Me dejo caer en el banquillo a un lado y bebo un gran sorbo de agua.
El reloj de la pared de enfrente marca exacto las siete y treinta, por lo que recojo mis cosas y me dirijo a los vestidores.
Es hora de volver a ser Alex.
Siempre llego antes que el resto del equipo para entrenar y para asegurarme de que el vestidor esté vacío. Es la única forma de hacer todo sin prisas ni miradas encima.
Empujo la puerta y cierro detrás de mí con cuidado. El silencio es suficiente para estar alerta a cualquier ruido o movimiento inesperado. Dejo la mochila sobre el banco y me quedo quieta un segundo, soltando el aire lentamente.
No puedo dar un paso en falso.
Me quito la camiseta húmeda y saco las vendas del casillero de camino a la ducha. El agua caliente borra el cansancio del entrenamiento, pero no la rutina. Al terminar de bañarme, voy a mi casillero y mis manos se mueven solas, repitiendo un proceso que ya conozco demasiado bien.
Envuelvo mi torso con cuidado, ajustando la tensión de la venda hasta que encaja en su sitio, la presión se instala firme ocultando mis pechos. Inhalo hondo. Siempre cuesta al inicio.
Cuando termino, ya tengo puesta la polera de cuello del equipo y unos pantalones holgados de corte recto. Bajo la mirada apenas un segundo antes de alzarla otra vez hacia el espejo.
Veo, literalmente, la mezcla perfecta de mis padres. La piel trigueña de mi madre, su cabello azabache y sus cejas marcadas. Y de mi padre, los ojos negros, duros, siempre cargados de determinación.
A veces me cuesta recordar que no soy solo una combinación de ambos, sino alguien que también sabe exactamente quién quiere ser.
—Nos vemos, Alessia —murmuro para mí misma.
Recojo la melena azabache y empiezo a trenzarla, tirando lo suficiente para que no quede volumen y cada mechón en su lugar. Paso la mano por encima al terminar, comprobando.
Me coloco la gorra del equipo, asegurándome de cubrirlo todo. Luego, con la misma rapidez que cambio una tuerca, me aplico el maquillaje justo para endurecer mis facciones, borrando cualquier rastro de suavidad.
—Hombros firmes y mirada al frente —me repito como cada mañana—. Si tú te lo crees, nadie lo cuestiona.
Con un suspiro, guardo las cosas en el bolso y las meto otra vez en el casillero. Me cuelgo mi mochila al hombro y con pasos firmes, voy a la puerta del vestidor y salgo al pasillo, ajustando apenas la gorra con un gesto automático.
El aire se siente distinto afuera. Más real que en soledad. Alcanzo a dar unos cuantos pasos cuando lo veo.
Es Theo.
Viene caminando hacia mí con esa calma que parece no alterarse nunca, como si el mundo no pudiera tocarlo del todo. Lleva una botella de agua en la mano, su cabello azabache atractivamente despeinado y la chaqueta del uniforme colgando del bolso.
Sus ojos azules se encuentran con los míos y por un instante olvido respirar. Me quedo quieta un segundo de más, antes de obligarme a reaccionar.
—Buenos días, Alex —dice, con una leve sonrisa—. ¿Otra vez temprano?
Mi cerebro tarda demasiado en reaccionar.
¡No lo mires así! No eres Alessia.
—Costumbre —respondo, encogiéndome apenas de hombros.
Una respuesta neutral... O al menos eso intenté. Debo estar actuando desagradable ¡Piensa, Alessia!