Grand Prix: Entre motores y mentiras

3.

Donde empieza el juego

André

Repaso con sigilo a todos los que tengo enfrente. Directores, ingenieros y mecánicos. Todos visten acorde a los colores del equipo, usando remeras de cuello, chaquetas y gorras que combinan el rojo, detalles blancos y el logo de BlazeTech en amarillo.

Cada segundo que pasa el inicio de mi carrera se siente más real. He estado esperando este momento desde que monté mi primer coche y corrí con el mejor instructor a mi lado.

No voy a flaquear, nací para esto y voy a demostrar que soy el mejor.

—Él es André Castelli —me presenta Richard al equipo—. Será quien reemplace a Angel el resto de la temporada mientras está en el hospital.

No distingo muchas caras amigables con la noticia, solo unos pocos que se limitan a asentir y otros sonríen. Sin embargo, sobre todos, llama mi atención el que asumo debe ser el otro piloto, Charles Allen. Su expresión es ilegible, me mide como si ya estuviera sacando conclusiones, aunque no me preocupa. Para intimidarme no alcanza con eso.

—Mañana por la tarde tendremos una reunión para esclarecer detalles sobre la próxima carrera. Hasta entonces —me mira un segundo—, quiero que se conozcan y ayuden a André con el recorrido a las instalaciones. Con eso listo, vuelvan a sus labores.

Me limito a no responder. Esto no es la primaria como para andar con esas tonterías.

El resto del equipo asiente antes de volver a sus labores correspondientes.

—Charles —detiene Richard al piloto que ya se había dado media vuelta—. Conversaré con André en mi oficina. Quiero que lo busques mañana a primera hora y le cuentes cómo son las cosas aquí.

—Claro —dice, sin apuro y mirándome a penas—. No querríamos que se pierda.

Su tono es más una prueba que una burla.

—Gracias, no tardes —dice el jefe de mecánicos—. Vamos, André.

Demoro un instante más, repasando a Charles antes de seguir a Richard. Camino a su espalda por un pasillo que conduce a una oficina alejada de la sala de simulación.

Richard abre la puerta sin tocar y me hace pasar primero.

La oficina mantiene la misma línea que el resto del equipo, pero más sobria. Un escritorio de caoba ocupa el centro, acompañado por una silla a juego. Los muebles siguen el mismo tono oscuro, pulidos, sin una mota de polvo.

Detrás del escritorio, un ventanal deja entrar la luz suficiente para iluminar las paredes, cubiertas de medallas, fotografías del equipo y recortes de periódicos con sus victorias. A un lado, un estante sostiene trofeos y premios alineados con precisión.

El escritorio de Richard, en cambio, está lejos de ese orden. Un montón de papeleo se acumula a un costado, un notebook permanece abierto y, junto a él, un gafete con el nombre de Richard Moore inscrito. Tomo asiento sin pedir permiso.

Mi atención se desvía a un retrato enmarcado. A un lado, casi perdido, hay una fotografía más pequeña que reconozco a los protagonistas al instante. Richard y mi Padre, más jóvenes. Con ropa de taller, cubiertos de grasa, abrazados de lado frente a lo que fue el taller de mi viejo.

Pero algo se me revuelve en el pecho. Nostalgia al verlo ahí, joven, junto a Richard. Y una molestia amarga, casi envidia, al notar que solo uno de los dos llegó hasta aquí, como si el sueño que compartieron se hubiera quedado a medias.

—Siempre fui bienvenido con los Castelli —dice Richard cuando nota dónde se detuvo mi atención.

—Lo sé. Papá solía hablar de ti y siempre siguió tu carrera.

Se le forma una media sonrisa que intenta ocultar agachando la cabeza.

—Tú te pareces mucho a él, a Vittorio.

—Lo escucho más de lo que quisiera.

—Estaría orgulloso de ti.

No respondo de inmediato.

Orgulloso... La palabra me cae pesada. Como si mi lugar aquí dependiera de Vittorio, como si Richard me hubiera traído por una deuda vieja y no por lo que realmente valgo. Aprieto la mandíbula. No necesito que nadie me regale nada.

Desvío la mirada, volviendo al escritorio.

Boh —no contengo la expresión de mi país natal.

El jefe de mecánicos suelta un sonoro suspiro antes de tomar su lugar detrás del escritorio.

—Bien. Quiero agradecerte por llegar tan rápido a penas te llamé —inicia—. Aún así, habrá preguntas. Eres un misterio y todos querrán saber quién eres, de dónde vienes y cuál es tu relación con la GPE.

—No es algo que no pueda manejar —respondo—. La farándula televisiva no me quitará la calma tan fácil.

Richard alza apenas una ceja, como si ya esperara algo así.

—No hagas a los medios tus enemigos —advierte—. Serán necesarios para mantener a nuestros... tus patrocinadores.

Evito rodar los ojos ante la respuesta.

—Tendrás que ponerte al día en poco tiempo. No tenemos mucho tiempo antes de la próxima carrera.

—Estoy listo.

—Eso ya lo veremos —reta Richard con perspicacia—. Tus jornadas serán más largas que las de Charles. Pero la mayoría del tiempo estará a tu lado, somos un equipo aquí y en la pista.

Más tiempo con Charles.

El tipo no ha dicho más de dos palabras y ya actúa como si tuviera que medir cada paso que doy. No me molesta, he lidiado con cosas peores, si quiere evaluarme, es libre de hacerlo. No soy yo el que tiene algo que demostrarle al otro.

—No será un problema —digo con la misma tranquilidad.

Me observa un segundo más, como si intentara descifrar hasta dónde llega mi seguridad.

—Si hay algo que necesites, házmelo saber —dice al fin—. Yo me encargo de quitar los obstáculos del camino y tú solo encárgate de mostrar tu talento.

Sostengo su mirada.

—Sabes lo que quiero.

Deja caer la cabeza por un segundo, como rendido, antes de volver a centrarse en mí.

—No puedo, André.

Acomodo mi postura sin ceder.

—Si voy a correr, necesito al mejor equipo conmigo.

—Pero aquí ya tienes un equipo —refuta.




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