Grand Prix: Entre motores y mentiras

4.

Alessia

«Tu secreto está a salvo conmigo».

Sacudo la cabeza con disimulo, intentando borrar ese recuerdo. El encuentro con André vuelve una y otra vez, instalándose en mi mente como un horrible pensamiento intrusivo. ¿Cómo fui tan descuidada de no fijarme en el entorno antes de salir? No suelo cometer errores y mucho menos uno que podría costarme todo.

¿Habrá notado algo?

Tampoco es como si hubiera hecho algo que pudiera delatarme. No de forma evidente, claro. Así que, tal vez es solo mi mente jugando en mi contra, amplificando cada detalle. O eso quiero creer.

La sala de telemetría está en penumbra, iluminada casi por completo por las pantallas que muestran gráficos en movimiento, números que cambian en tiempo real y sectores marcados en colores. Todo respira precisión.

Todo, menos yo.

—Alex.

Siento un codazo suave en las costillas.

—¿Ah? —parpadeo, volviendo a centrarme en el trabajo.

James me mira de reojo, apenas moviendo la cabeza hacia el frente, donde Harry está expectante a mi reacción.

—¿Y bien? —pregunta impaciente.

—Yo... —miro a todos lados buscando una pequeña pista que me ayude a entender que espera que responda.

Angie está a unos pocos pasos, alza las cejas y me anima a contestar, pero en realidad no sé qué decir. Debería haber estado prestando atención y no dando vueltas al asunto de André.

—¿Tú, qué? —dice, sin molestarse en ocultar el enfado—. Llevo dos minutos preguntándote por la degradación en el segundo stint ¿Quieres competir junto al resto del equipo o estás en otro planeta?

El calor se me sube al rostro y no encuentro nada para defenderme. Harry suelta un suspiro seco, cruzándose de brazos.

—Fuera —ordena y el silencio cae en la sala—. Vuelve cuando estés con la cabeza aquí.

—Solo me distraje un segundo —intento defenderme.

—Las excusas no sirven para ganar carreras —sentencia volviendo a la pantalla.

No puedo refutar a Harry; sé que tiene razón, y eso es lo que más me molesta.

Angie me hace una mueca de tristeza con empatía, a la cual le respondo alzando un hombro en señal de "no le des importancia". Recojo mis cosas en silencio y mientras todos regresan al análisis de datos, la puerta se cierra a mi espalda tras tirar de ella.

Genial, Alessia.

Camino por el pasillo con el ceño fruncido, repasando lo que acaba de pasar. No puedo seguir así, no ahora que faltan pocos días para viajar a Mónaco. Necesito estar enfocada. He trabajado duro para llegar hasta aquí como para dejar que la ansiedad, por algo que quizás ni siquiera sea relevante, lo eche todo a perder.

Desvío el camino hacia el comedor más por inercia que por hambre, necesito despejarme aunque sea unos minutos.

A mitad de camino, el teléfono vibra en mi bolsillo. Lo saco y el nombre que aparece en la pantalla me hace echar la cabeza hacia atrás con frustración. ¿Por qué ahora? Le he dicho mil veces que me es difícil responder cuando estoy en el trabajo.

Miro la pantalla un segundo más de la cuenta. Sé que si no respondo, va a insistir. Y, tarde o temprano, tendré que enfrentarme a ella.

—Hola, mamá —contesto, fingiendo mi mejor voz.

—¡Alessia, por fin! —su voz irrumpe con la misma fuerza de siempre, cálida e imposible de ignorar—. Pensé que no ibas a responder.

—Me demoro porque estoy trabajando, mamá.

—Eso no es excusa para ignorarme.

Tenso la mandíbula antes de responder.

—Sabes que no es eso. Es difícil atender el teléfono cuando alguien podría estar escuchando.

—Y yo te he dicho que no me gusta que vivas así —replica al instante—. Siempre a escondidas y midiendo cada palabra. Eso no es sano, Alessia.

—Si te entiendo, mamá —digo, más calmada de lo que me siento—. Solo estoy trabajando en algo importante. Esto es lo que quiero y sé que en algún momento voy a demostrar que merezco estar aquí siendo quien soy.

—¿A cualquier costo? Porque desde donde estoy, parece que estás entrando en una vida que no te corresponde.

Ruedo los ojos, apoyando la frente un segundo contra la pared.

—Eres igual de obstinada que tu padre —suspira—. Terco, impulsivo... y demasiado indulgente contigo. Siempre te ha dejado hacer lo que quieres.

—No es indulgencia. Él confía en mí.

—Solo digo que podrías estar en un lugar mejor.

Una risa sin humor se me escapa. Antes de que vuelva a insistir, me adelanto a cambiar el foco de atención en la conversación.

—¿Y qué hay de ti? ¿Cómo va el trabajo?

Hay un silencio breve. Puedo imaginarla al otro lado, con el rostro ladeado y ese gesto suyo de desaprobación perfectamente medido. La pausa es mínima, aunque suficiente en lo que funciona.

—Intenso —responde, y puedo escuchar cómo cambia su tono—. Esta semana tenemos una campaña importante. Estoy asesorando al equipo directivo y nadie parece entender la diferencia entre sobrio y aburrido.

Sonrío apenas. Diane siempre ha sido así. Tiene una forma muy particular de ver el mundo: todo puede corregirse, mejorarse y adaptarse hasta alcanzar una versión más perfecta.

Me separo de la pared para continuar hacia el comedor mientras la escucho hablar. Agradezco que por unos minutos la conversación sea sobre cualquier cosa menos sobre mí.

El aroma a café me alcanza antes de llegar. Pido lo primero que encuentro, un café y algo dulce para acompañar. Necesito hacer algo con las manos, o con el cuerpo en general, para escapar de mi cabeza.

—...y tuve que repetirle tres veces que menos es más —dice Diane al otro lado—. Pero claro, nadie escucha hasta que arruinan una sesión completa.

—Suena a que los salvaste otra vez.

—Como siempre.

Hay un deje de satisfacción en su voz que me resulta familiar, aunque no quiera admitir de dónde.

—Bueno —digo al final—, me alegra que todo vaya bien.

—Y a mí me alegraría más que tú también lo estuvieras.

—Lo estoy —aprieto un poco el vaso entre mis manos.




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