André
Me resulta particularmente divertido cómo intenta ocultar lo que siente, sin darse cuenta de que sus ojos lo delatan. Esta tan inquieto como un ratón frente a un gato.
—No voy a subir a tu auto —protesta a la defensiva
—Esta bien —me encojo de hombros—. Si no quieres no lo hagas.
Me mira con recelo cuando cedo tan fácil. Claramente, esperaba que insistiera.
Arruga la nariz antes de hacer el amago de irse, pero no dejo siquiera que alcance a moverse antes de jugar mi as bajo la manga.
—A menos que no quieras esto —alzo la tarjeta que sostengo entre los dedos.
Su rostro se vuelve un poema en cuanto ve la tarjeta. Por instinto, se palpa los bolsillos, como si aún pudiera encontrarla.
—¿De dónde la sacaste? ¡Dámela! —se acerca hasta la puerta, inclinándose en la ventanilla del copiloto.
Aparto la mano y guardo la tarjeta en el bolsillo. Su enfado crece al instante. Tal como esperaba, fue el detonante perfecto.
—Si la quieres, ya sabes qué hacer —señalo con la mirada el asiento a mi lado.
—Te dije que no —insiste—. Ahora dámela, por favor —estira la mano en mi dirección.
Una comisura se me eleva con su actitud. Tiene miedo, y no importa cuanto le coman los nervios por dentro, de igual manera se esfuerza en mantener una postura dispuesta a pelear conmigo.
—No es negociable —añado con calma—. O subes... o me la quedo.
Sus dedos se tensan antes de cerrarse en un puño. Se lo piensa demasiado para alguien que hace unos segundos parecía tan seguro. Vuelve a enfocarse en mí, tal vez buscando una salida que no implique ceder.
—Eres insoportable.
—Y aun así lo estás considerando.
No responde. El momento se estira lo justo para que su orgullo pelee una última batalla. Hasta que por fin abre la puerta. Se sube de mala gana y cierra con más fuerza de la necesaria.
No digo nada de inmediato. Solo observo un segundo más de lo prudente, sin molestarme en ocultar la satisfacción.
—Bueno —dice, seco—. ¿Vas a poner el coche en marcha o qué? Ya me subí.
Una risa baja se me escapa, breve. Arranco y el motor responde suave mientras avanzo hasta la salida del Speed Valley.
El silencio dura solo hasta que llego a la carretera.
—¿Siempre eres así de insoportable o es solo conmigo? —dice, mirando al frente.
—Depende —respondo sin apuro—. No todos me dan tantas razones.
Resopla. Apoya el codo en la puerta con la mano cerca del rostro. Evita mirarme, pero se nota que está pendiente de cada movimiento que hago.
—Deberías relajarte.
—Deberías devolverme la licencia.
—No sé porqué te importa tanto. Ni siquiera es tuya, ¿o sí?.
—Claro que no —se apresura en contestar.
Lo curioso no es que esté nervioso. Cualquiera lo estaría en su lugar. Lo que llama mi atención es otra cosa: la forma en que intenta controlar cada gesto, como si estuviera demasiado acostumbrado a esconder partes de sí mismo.
Inclino apenas la cabeza, observándolo.
—¿Te gusto o por qué me miras tanto? —pregunta, notando mi indiscreción.
—Aunque fueras una chica, no serías mi tipo.
—Qué suerte —disimula que no ha sido un golpe bajo—. Si eres así con alguien que no te interesa, no imagino el acoso con alguien que sí.
Dejo que mi mirada baje apenas un segundo. La gorra. La capucha. La forma en que mantiene parte del rostro oculto incluso ahora, dentro de un coche donde no tiene sentido hacerlo.
—¿Siempre te escondes así o es solo conmigo?
La reacción es mínima, aunque logro percibirla. Sus hombros se tensan apenas antes de volver a relajarse, como si recordara que no debería reaccionar.
—No me estoy escondiendo.
—Claro —se percibe la ironía en mis palabras.
—Tampoco es que me interese si me crees o no.
—La mayoría de las personas no se esfuerzan tanto en parecer que no quieren llamar la atención —le doy una mirada rápida—. Deberías ser más sutil.
—Como digas.
Sus dedos ajustan la visera de la gorra casi por reflejo. Un movimiento demasiado pequeño para cualquiera que no estuviera prestando atención. La mayoría habría dejado pasar algo así. Yo no.
Mantengo la vista en la carretera, aunque mi atención sigue puesta en la persona sentada a mi lado. Desde la primera vez que nos cruzamos hubo algo que no terminó de encajar. No era una sola cosa, sino pequeños detalles que por separado no significaban nada, pero juntos empezaban a formar una imagen que te invitaba a querer descubrir de más.
La manera en que mide sus palabras y se pone a la defensiva incluso cuando nadie le pregunta nada.
—Aún no me respondes algo, Hessey
—Me llamo Alex, no es necesario que me llames por mi apellido todo el rato —protesta.
Hay una tranquilidad fingida en su voz que casi consigue hacerme sonreír. Casi. Porque ya aprendí que las personas que más intentan parecer tranquilas suelen ser las que más tienen que ocultar.
—¿Quién es Alessia Ferrer?
Por un segundo pierde el control de esa seguridad que tanto se esfuerza en mantener. Y eso me da más información que cualquier confesión.
—No la conozco.
—La licencia es de ella. Si no la conoces, ¿por qué tanto afán en que te la entregue? —su respiración se agita y veo un atisbo de rubor en sus mejillas.
Ya casi te tengo.
—¿Por qué te importa tanto? —la pregunta llega como si necesitara devolverme otra antes de tener que contestar la mía.
—Curiosidad.
—No pareces alguien que haga preguntas por curiosidad.
—Quizás no me conoces tan bien como crees.
Gira el rostro hacia la ventana, evitando mi mirada. Otro detalle. Y empiezo a preguntarme cuántos de estos pequeños errores he ignorado hasta ahora.
—Bueno —dice de pronto—. Ya estamos llegando al centro de Londres.
Miro de reojo. Está más tenso que hace unos minutos, aunque intenta disimularlo.
—Gracias por el aventón no solicitado —añade—. Ahora dame la licencia y me voy.