La mansión se alza imponente bajo la tenue luz de la luna, con sus altos ventanales reflejando el cielo estrellado. Es un lugar majestuoso, de arquitectura clásica, con amplios jardines que rodean la propiedad y un largo camino de piedra que conduce hasta la entrada principal. A pesar de su grandeza, la casa no se siente fría ni intimidante. Es un hogar, uno cálido y lleno de vida, especialmente ahora que Trixie está en él.
Cuando entramos, la niña corre con su pijama de estrellitas por los pasillos, su risa resonando como un eco en la gran casa. Sus pies descalzos golpean suavemente el suelo de madera, y su cabello despeinado rebota con cada salto que da. Subo las escaleras con calma, sosteniendo una bolsa de palomitas y dos pequeños envases de helado que compramos de camino.
-¡Película, película! -exclama emocionada, brincando sobre la cama como si tuviera un resorte en los pies.
-Sí, princesa, pero primero acomódate -le digo entre risas, dejando las cosas sobre la mesita de noche y tomando el control remoto.
El cuarto de Maritza es tan grande como un departamento entero. Tiene ventanales enormes que dan a los jardines, y las cortinas de terciopelo están recogidas, permitiendo que la luz de la luna ilumine sutilmente la habitación. La decoración es una mezcla de elegancia y calidez: muebles de madera oscura con detalles dorados, alfombras mullidas y una chimenea en una de las paredes, que en las noches frías llena el espacio de un resplandor acogedor.
En una esquina, una biblioteca de varios niveles alberga libros de todo tipo, desde novelas hasta textos de arte e historia. Cerca de la ventana, un pequeño rincón de lectura con un sofá amplio y cojines de terciopelo es el sitio perfecto para perderse en una historia. Pero esta noche, el centro de todo es la enorme cama de Maritza, donde Trixie ya se ha arropado con la cobija más suave y mullida que tienen, envolviéndose como un burrito mientras sus ojitos brillan de entusiasmo.
La televisión, empotrada en la pared, se enciende con un suave destello, proyectando una luz tenue que ilumina la habitación. Selecciono su película favorita, y en cuanto comienza, Trixie agarra un puñado de palomitas con sus pequeñas manos. Nos acurrucamos juntas, compartiendo el helado y riéndonos con cada escena graciosa. Su risa es contagiosa, y sin darme cuenta, yo también me encuentro riendo con ella.
A medida que avanza la película, su energía comienza a desvanecerse. Se mueve inquieta, buscando una posición cómoda, hasta que finalmente se recuesta sobre mi brazo. Su respiración se vuelve cada vez más pausada, y sus pestañas largas descansan sobre sus mejillas. Su pequeña mano se aferra a mi camiseta, como si temiera que me fuera a alejar.
Miro la hora en mi teléfono: ya son casi las diez de la noche. Con cuidado, deslizo mi brazo de debajo de ella, asegurándome de no despertarla. Me levanto despacio, tomando mi celular y saliendo en silencio de la habitación.
La mansión está en calma, bañada en sombras y luces tenues. Solo se escucha el lejano zumbido del refrigerador y el crujido ocasional de la madera bajo mis pies. Camino por los pasillos amplios, observando los cuadros que cuelgan en las paredes, algunos retratos de épocas pasadas y otros paisajes pintados con exquisito detalle. La escalera de mármol conduce hasta la planta baja, donde el vestíbulo brilla bajo la luz del candelabro de cristal.
En la cocina, de encimeras de granito y estanterías llenas de todo tipo de ingredientes, abro el grifo y dejo que el agua fría llene un vaso mientras disfruto del silencio de la noche. Justo cuando llevo el vaso a mis labios, mi teléfono vibra en mi mano.
Miro la pantalla y sonrío al ver el nombre que aparece.
✨Dios Griego✨
No puedo evitar reír suavemente al ver cómo lo tengo guardado en mis contactos antes de contestar.
-Buenas noches, muñeca -su voz profunda y segura resuena a través de la línea, provocando que inevitablemente sonría.
-Buenas noches, idiota -respondo, apoyándome contra la encimera mientras doy un sorbo de agua.
-¿Cómo está la niña? -pregunta con un tono cálido, como si realmente le importara.
Mi mirada se suaviza al recordar lo adorable que se veía hace unos minutos, luchando por mantenerse despierta mientras abrazaba su peluche de conejo.
-Ahora es mi hija legal -digo con orgullo.
Por un momento, hay un silencio en la línea.
-¿En serio? -pregunta con incredulidad.
-Sí -respondo con una sonrisa que sé que él no puede ver, pero que seguro se nota en mi voz.
-¿Y quién es el padre? -su tono es casual, pero hay una ligera nota de curiosidad en él.
Tomo otro sorbo de agua antes de responder.
-Yo no crecí con madre, solo con padre. Ella crecerá solo con madre... No necesita un padre -digo con sinceridad-. Tal vez en un futuro, pero eso ahora no me importa.
Él suspira dramáticamente.
-Acabas de acabar con mis esperanzas -dice con un falso tono de dolor.
Ruedo los ojos, aunque no puedo evitar reír suavemente.
-Ya quisieras -le respondo con picardía.
-Oye, muñeca... ¿mañana saldrías conmigo? -pregunta de repente, su voz cargada de emoción-. Se cancelaron las clases de mañana por no sé qué, así que tenemos el día libre.
Levanto una ceja, fingiendo que lo pienso mientras lavo el vaso y lo dejo en el fregadero.
-Si va Trixie, sí -digo sin dudarlo.
-Claro -responde rápidamente, sin dudarlo-. Las paso a recoger a las 10:30 a. m.
-Bien -respondo, sintiendo que sonrío más de lo que debería.
-Buenas noches, muñeca -su voz se suaviza aún más.
-Buenas noches, idiota -murmuro antes de colgar.
Camino de regreso a mi cuarto con pasos silenciosos, disfrutando de la calidez del hogar. Cuando abro la puerta, la veo ahí, acurrucada en la cama con su pequeño peluche entre sus brazos. Su respiración es tranquila y acompasada.
Me cambio a mi pijama y me deslizo con cuidado a su lado, asegurándome de no despertarla. Su manita pequeña, casi inconscientemente, se aferra a mi brazo, como si necesitara asegurarse de que sigo ahí.
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Editado: 15.07.2026