Gravedad Cero ( Trilogía Ferrer #1 )

14 - Eros

Subo al auto, con la música suave de fondo, y comienzo a conducir hacia la casa de la muñeca. El día está despejado, perfecto para lo que tengo planeado. Mientras voy por el camino, saco el teléfono del bolsillo y la llamo. No puedo evitar sonreír al escuchar su nombre en la pantalla. El corazón me da un pequeño brinco, como siempre cuando la voy a ver.

-Mi muñeca... -la llamo, esperando que me conteste rápido.

Contesta al tercer tono.

-¿Halo? -dice, su voz suave, como si estuviera haciendo algo o quizás apenas despertando.

-Hola, muñeca -le respondo con una sonrisa en el rostro, sintiendo la calidez en su voz-. Ya voy a tu casa...

De repente, escucho un ruido de fondo y luego su voz, que se eleva un poco en tono.

-Trixie, bebé, bájate de ahí y déjate poner la camisa, por favor -me dice, y no puedo evitar soltar una pequeña risa. La imagen de la pequeña Trixie correteando de un lado a otro me hace sonreír más-. Lo siento, ¿qué decías? -pregunta, como si se hubiera distraído.

-Que ya voy para allá -repito con la misma sonrisa que no puedo borrar de mi rostro. Es que estar cerca de ella siempre me hace sentir en paz.

-Ya casi estamos listas... Trixie, si no te vistes no vamos a ningún lado... Bebe, por favor -la escucho suplicando de nuevo, y la risa que se escapa de mi boca es inevitable-. Nos vemos, Eros.

-Nos vemos, muñeca -le digo, y al instante cuelgo.

Una vez terminada la llamada, pongo la música que me gusta, una mezcla de calma y algo de ritmo, algo que me relaje en el trayecto. Acelero un poco, disfrutando del camino hacia la mansión de la muñeca. Hoy planeo llevarlas a almorzar a un restaurante elegante, y después las sorprenderé con una visita al zoológico, con la excusa de ver a los animales pero realmente quiero disfrutar de su compañía. Al final, el parque de diversiones será el cierre perfecto para el día. Un plan simple, pero lleno de lo que más me gusta: estar con ella, disfrutar de su risa, y por qué no, intentar que este día sea aún más especial.

Mientras conduzco, mi mente no puede dejar de pensar en lo que ha estado rondando mis pensamientos últimamente. He tenido que contenerme estos últimos dos días. El beso en la cocina de su casa, cuando estaba a punto de probar sus labios, pero algo -o mejor dicho, alguien- lo impidió. Un empleado. Eso me tiene frustrado, pero también motivado. Hoy no dejaré que nada ni nadie se interponga.

Con suerte, al fin podré probar sus labios, esos que llevo imaginando desde hace días, esos labios que quiero sentir tan cerca de los míos. Y si el día se da como lo planeo, al final de todo, estaré más cerca de ella, en todos los sentidos.

Al llegar a la mansión, dejo de pensar en todo lo demás. Es hora de disfrutar del día, de verla sonreír, de ver a Trixie y cómo se emociona con cada cosa que hacemos. Hoy es su día también, y aunque la niña y yo tengamos nuestras pequeñas travesuras, mi enfoque está en hacerla feliz, a ella y a la muñeca.

(...)

Llego a la gran reja negra de su mansión y freno el auto suavemente frente a la entrada. Respiro hondo y miro el imponente portón de hierro, cubierto de filigranas elegantes que reflejan la sofisticación de la familia Ferrer. Bajo un poco la ventanilla justo cuando el intercomunicador emite un leve zumbido antes de que una voz masculina pregunte desde el otro lado:

-¿Quién?

Presiono el botón y respondo con voz firme.

-Eros Snif. La señorita Ferrer me espera.

Hay un breve silencio, seguido de un sonido de estática.

-Un momento, por favor.

Apoyo la cabeza en el respaldo del asiento y miro de reojo el reloj del tablero. Estoy puntual, ni un minuto antes ni después. Un sonido metálico me avisa que la reja se está abriendo. El mecanismo es impecable; los portones se deslizan con elegancia hasta dejarme el paso libre. Meto primera y avanzo por el largo camino empedrado que conduce a la entrada principal de la mansión.

A pesar de haber venido aquí en varias ocasiones, la vista siempre es impresionante. Los jardines están meticulosamente cuidados, con arbustos podados en formas geométricas y fuentes de piedra que brillan bajo la luz del sol. Me estaciono frente a la escalinata que lleva a la entrada principal, apago el motor y salgo del auto.

No llego a tocar la puerta cuando esta se abre de inmediato. Una empleada, vestida con un uniforme impecable, me sonríe con educación.

-Buenos días, señor Snif -me saluda con amabilidad-. La señorita Maritza ya baja.

-Gracias -respondo, entrando en la casa.

El interior es tan majestuoso como siempre. Los techos altos, las lámparas de cristal y el mármol pulido reflejan la luz natural que se cuela por los ventanales. No termino de admirar el lugar cuando escucho risas y el sonido de pasos apresurados bajando por la gran escalera de caracol.

Miro hacia arriba justo a tiempo para ver a Trixie corriendo con energía, con Maritza siguiéndola de cerca. La pequeña se desliza por los escalones como si fuera una carrera, con una sonrisa de pura diversión en el rostro.

-¡Gané! -exclama Trixie al llegar al final, levantando los brazos con orgullo.

-Bien, ganaste -admite Maritza con un suspiro, claramente sin energía para seguirle el ritmo.

Sonrío con diversión.

-Hola -digo, llamando su atención.

Trixie gira su cabeza hacia mí y su cara se ilumina con emoción. Lleva un pantalón de mezclilla color mostaza y una camisa blanca de manga larga, con unos tenis rojos que resaltan su look. Su cabello castaño está recogido en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos enmarcando su carita alegre.

Maritza, por su parte, luce impresionante sin siquiera intentarlo. Lleva una camisa color crema de mangas largas, ajustada en las muñecas con un lazo elegante. Su falda negra llega a la mitad del muslo, y usa unas medias que simulan calcetas escolares, cubriéndole las piernas hasta un poco arriba de la rodilla. Unos tenis blancos completan su atuendo, dándole un aire casual pero encantador. Su cabello negro está suelto, aún ligeramente húmedo, dejando caer mechones brillantes sobre sus hombros.




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