El sol brilla en lo alto del cielo, filtrando su luz a través de los árboles del zoológico. La brisa cálida acaricia nuestros rostros mientras recorremos los senderos empedrados entre los diferentes hábitats. Trixie corre de un lado a otro, sus pequeños pies apenas tocando el suelo con cada salto de emoción. Se detiene frente a la zona de los koalas, apoyando sus manitas en la baranda mientras observa con fascinación cómo una madre koala abraza a su cría sobre una gruesa rama de eucalipto.
-¡Mami, mira! -exclama con asombro-. ¡Se abrazan igual que nosotros!
Maritza sonríe y se inclina un poco para mirar a su hija.
-Sí, amor, así como tú y yo -responde con ternura, acariciándole el cabello.
Yo, que camino a su lado, no puedo evitar admirar la escena. La manera en que Maritza la observa, con esa dulzura tan natural, con ese amor incondicional reflejado en su mirada, hace que algo en mi pecho se apriete.
Seguimos caminando, disfrutando del paseo. Varias veces, nuestras manos se rozan en el camino, pequeños contactos fugaces que, aunque accidentales, dejan una corriente eléctrica recorriendo mi piel. Finalmente, después del tercer roce, reúno el valor para tomar su mano con suavidad, entrelazando mis dedos con los suyos.
Ella no se aparta.
Al contrario, sostiene mi mano con la misma firmeza, sin necesidad de mirarnos ni decir nada. Simplemente seguimos así, disfrutando del momento, caminando juntos como si el mundo entero se redujera a este pequeño instante de conexión.
La voz emocionada de Trixie nos saca de nuestro ensueño.
-¡MAMI, MAMI!
Nos detenemos y la encontramos de pie frente a una enorme jaula de vidrio, donde un majestuoso lobo gris está recostado, observándola con
(...)
Salimos del acuario y caminamos por el zoológico en busca de un helado. Maritza, con ese tono meloso pero insistente que usa cuando algo se le antoja, mencionó que quería uno, y como siempre, terminé cediendo. No es que me moleste; de hecho, disfruto verla feliz por cosas tan pequeñas.
La heladería está cerca de la zona de los monos. Es un lugar acogedor con mesas al aire libre y un aroma dulce que inunda el ambiente. Pedimos nuestros helados y tomamos asiento en una mesa apartada. Mientras disfruto del mío, noto que una mesera no deja de mirarme de forma insinuante. Su sonrisa coqueta, la manera en que inclina la cabeza cada vez que se acerca a nuestra mesa, e incluso cómo se muerde el labio al pasar junto a mí, son señales demasiado evidentes.
Intento ignorarla, pero el ambiente se carga de tensión cuando Maritza se da cuenta. Su ceño se frunce y, aunque no dice nada de inmediato, el brillo asesino en sus ojos es inconfundible.
-Oye, Eros -su voz es dura, con una clara nota de molestia.
Levanto la vista de Trixie, a quien estoy limpiando la mejilla llena de helado.
-Dime.
-Pide la maldita cuenta. Nos largamos.
Maritza no está de humor para tonterías, así que hago una seña a la mesera para que nos traiga la cuenta. Ella se acerca con una sonrisa provocativa y deja la nota sobre la mesa. Pero, además del total, deja un pequeño papel doblado junto a ella y, con una mirada descarada, me hace la seña universal de "llámame".
El sonido seco de las manos de Maritza golpeando la mesa resuena con fuerza. Se pone de pie bruscamente, su silla se desliza hacia atrás con un chirrido y, sin decir una palabra más, sale del lugar con pasos decididos.
-Zorra -suelta Trixie sin filtros antes de seguir a su madre.
La mesera abre la boca, sorprendida y ofendida, pero no tiene oportunidad de responder. Yo solo suelto una carcajada baja, divertido por la actitud de mi pequeña cómplice. Tomo el papel con el número de la chica, lo arrugo sin siquiera mirarlo y lo lanzo a la basura junto con las servilletas sucias. Dejo el dinero en la carpeta de la cuenta y salgo en busca de mis chicas.
Las encuentro minutos después frente a la jaula de los jaguares. Trixie está apoyada en la baranda, fascinada por los felinos que caminan con gracia dentro de su hábitat, mientras que Maritza permanece de pie con los brazos cruzados y la mirada perdida en un punto cualquiera, su ceño fruncido en una clara muestra de fastidio.
Sonrío divertido y me acerco despacio, deslizando mis manos alrededor de su cintura, abrazándola desde atrás con suavidad.
-Muñeca, ¿estás celosa? -mi voz es un susurro juguetón, dejando que mi aliento choque contra su cuello.
Ella se estremece, pero no dice nada. Sin embargo, en lugar de disfrutar mi cercanía, me suelta un codazo en el estómago, obligándome a separarme con una risa ahogada.
-No -responde con frialdad, aunque la rigidez en sus hombros la delata.
Me inclino y, con dos dedos, tomo su barbilla, obligándola a girar el rostro hacia mí. Quedamos a centímetros de distancia, nuestros labios apenas separados por un suspiro.
-¿Segura? -murmuro con picardía.
Sus ojos se clavan en los míos, desafiantes.
-Sí.
Sonrío con malicia y suelto su rostro con suavidad.
-Bien, entonces iré a recoger el número de la chica. Creo que lo dejé en la mesa...
Doy un paso atrás fingiendo que me alejaré, pero apenas he movido un pie cuando siento su mano aferrándose a mi muñeca con firmeza.
-Ni se te ocurra -su voz es una clara advertencia.
Río bajo y vuelvo a inclinarme hacia ella.
-No lo haré, muñeca... Además, contigo me basta y me sobra.
Sus labios se curvan en una sonrisa involuntaria, y es todo lo que necesito. Acorto la distancia entre nosotros, rozando apenas sus labios. Su respiración se entrecorta, y en el siguiente instante, nos dejamos llevar. La beso con suavidad, un beso lento, dulce, cargado de todo lo que no decimos en palabras.
Pero el momento se rompe abruptamente.
-¡MAMÁ!
El grito de Trixie nos hace separarnos de golpe.
Nos giramos al instante y el mundo parece detenerse.
Una mujer desconocida tiene a Trixie agarrada del brazo, jaloneándola con fuerza. La niña llora, asustada.
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Editado: 15.07.2026